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Disquero
Los remanentes del día
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Periódico La Jornada
Sábado 9 de marzo de 2019, p. a12

Nightfall, twilight, the remains of the day…

Cuando uno escucha el nuevo disco de Alice Sara Ott, uno resulta flotando en esa línea inexistente por presente de manera tan rotunda: el anochecer, el crepúsculo, lo que resta del día…

Las primeras notas de Nightfall, que así se llama el disco, flotan y flotamos con ellas, brezos, brisa, brasas, besos…

Alice Sara Ott tiene 30 años de edad, nueve discos publicados y todo el futuro por delante.

Sobre todo, tiene claridad.

Esa claridad que ilumina el primer tramo de la noche y su resplandor perdura hasta que vuelve a amanecer.

El Disquero la dio a conocer en México hace tres años cuando grabó The Chopin Project, con el músico islandés Ólafur Arnalds, también descubrimiento de La Jornada.

Su debut ocurrió en 2009, cuando a sus 21 años grabó una obra de proporciones descomunales: los Estudios de Ejecución Trascendental de Franz Liszt.

Y al año siguiente grabó todos los valses de Chopin y en un tercer disco, El Concierto Uno de Chaikovski y el 1 también de Liszt.

Sus siguientes discos significan ascenso continuo: sonatas de Beethoven, la versión original de Cuadros de una exposición, de Mussorgsky, otra colaboración: Scandale, en esa ocasión con Francesco Tristano, después el álbum titulado Wonderland y ahora Nightfall.

En este nuevo proyecto toma tres compositores muy especiales, que fueron amigos y fundaron escuela y su secuela continúa en lecturas siempre novedosas, frescas, fascinantes, como la que reseñó el Disquero la semana pasada: en manos del pianista Cyrus Chesnut, artífice de la magia de la transformación.

El encanto del toque pianístico de Alice Sara Ott es como un perfume resultante de las combinaciones más exóticas, elegantes, exquisitas.

Los tres autores que toma Alice: Debussy, Ravel, Satie.

Con ellos forma galaxias, apartadas de la vista pero a la mano del ojo desnudo.

El track inicial, Réverie, es efectivamente un ensueño.

Esas primeras notas del disco nos sumergen en las alturas, es decir en el vaho del sueño, en ese no lugar qUe tiene sitio en la mente solamente mientras dormimos.

La música de Debussy aparece en todo su esplendor, gracias al encanto de Alice, en su país que más brilla, el de los sueños.

En realidad, es duermevela, twilight, the remains of the day…

Al escucharla, uno revive ese instante en el que nuestra respiración cobra compás tenue y en nuestra mente se enciende la pantalla de las acciones donde tomamos lugar en el no lugar, hablamos sin pronunciar palabra, escuchamos sin que nada suene, desarrollamos aventuras, sagas, sueños…

¿Cómo recuerda usted, querida lectora, amable lector, el momento en el que se está quedando dormido y es el instante en el que tiene conciencia pero ya está soñando?

Ah, pues así es el disco que hoy recomendamos.

Así suena.

Alice es bien inteligente. Su punto de partida es el territorio estilístico del género conocido como ‘‘nocturno” (los de Chopin son los emblemáticos), o bien la así llamada música nocturna (en efecto, la de Mozart). El Disquero tiene en su haber otro ejemplo, de un disco que reseñó hace años y así llegó al paraíso: The melody at night, with you, de Keith Jarrett.

Música nocturna, sí, pero en realidad es la de un instante previo, aquel en que aún estamos despiertos, el momento en que la luz es al mismo tiempo muy brillante y mortecina, plúmbago y oro, ese instante que vio el ciego Homero y que bautizó como ‘‘la aurora de los dedos color de rosa” y que es el mismo color que vemos cuando anochece…

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Twilight…

La nuit tombe…

The sun sinks down…

Es el instante de la magia. Y es el instante en el que Alice maravilla: escuchamos su piano y estamos despiertos, seguimos escuchando y estamos despiertos, flotando, brisa, brezos, brasas, besos…

Es una dialéctica amorosa. El todo es uno y el uno es todo. Como ya en el track inicial logró Alice sumergirnos en el sopor magnífico del sueño en vigilia, el transcurso del disco es un deleite.

La siguiente pieza también es de Debussy, una obra monumental: la Suite Bergamasque, con su claro de luna y sus pasajes de encantamiento. Mientras dormimos, suspiramos. Flotamos.

El segundo bloque del disco pertenece a Erik Satie: dos Gnosedias y una Gimnopedia, en sus movimientos lentos. Y entonces la magia es mayor poesía, neblina sobre la superficie del agua, ese vaporcito que empaña el espejo cuando estamos bajo laregadera…

Ay…

Y uno suspira, en medio de la magia, en el no lugar donde acontecen los sueños y al mismo tiempo en el aquí y ahora, porque estamos despiertos. Ah, apenas me percato: este disco es como el nombre del Buda: ‘‘El que despertó”. Eso.

Cuando el Buda Shakyamuni despertó, dejó atrás todo sufrimiento.

Uno escucha el anochecer, es decir el disco Nightfall, y se percata de que el instante es la felicidad. La música de Satie suena a: estoy vivo, qué alegría.

El tercer bloque del disco pertenece a Maurice Ravel, con dos sorpresas: Gaspard de la nuit, que a pesar de su nombre, no es música nocturna. Es poesía. Es el intersticio, el remanente del día.

Ya para entonces estamos en sueño profundo y nuestros movimientos rápidos oculares (REM) son leeeentos, lentos, nuestra respiración es volcánica y no es para menos porque se trata de la partitura con la que, jugando, Ravel quiso superar a Balakirev como el autor de la música más difícil de ejecutar al piano.

Ya para entonces Alice nos puso al otro lado del espejo. La Luna flota en medio de la noche oscura pero es pura dialéctica: no hay noche oscura si hay Luna flotando. Vemos con claridad, despiertos, esa lluvia de partículas metálicas de plata, delgaditas, livianitas, que danzan y flotan, danzan y flotan, daaaanzan y flotan, porque estamos bien dormidos.

El acierto artístico de Alice Sara Ott contiene su savia cultural: madre japonesa, padre alemán, lo místico y lo que aspira a lo perfecto, el equilibrio, ¿qué es un copo de nieve, un cocuyo, un colibrí, una brizna de algodón de feria, un beso flotando en el aire, sino equilibrio?

He ahí. La armonía.

Cuando termina el día y comienza la noche, cuando los remanentes de la noche son lo que queda del día, cuando está flotando un brezo, la brisa, las brasas, tus besos…

Ese momento se llama armonía.

Es cuando suena la música, cuando cae la noche, cuando se levanta la noche, cuando caen los párpados y se levantan los párpados.

Eres tú, aquí y ahora.

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