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Mar de Historias

Nocturno

E

n cuanto abre la puerta del auditorio el maestro Humberto percibe el característico olor a polvo y humedad. Lo emociona, entre otras cosas, porque le recuerda el momento en que dio allí las primeras clases de solfeo a sus alumnos. De entonces a la fecha ¿cuántos discípulos habrá tenido? Lo derrota la imposibilidad de saberlo.

Cauto para no tropezar, se acerca al apagador y enciende las luces que iluminan el escenario. En el centro está el piano. Su piano, aunque ya no pueda tocarlo porque, según dice, lo traicionaron sus manos. Se corrige: Los años.

Elige la primera butaca de la última fila. Desde allí tiene una visión panorámica del auditorio que hoy visita por última vez. Ya no le parece tan grande, pero sigue considerándolo como un terreno conquistado. De pronto se abre una puerta lateral y entra Simona, la conserje, que se piensa obligada a justificar su presencia: Voy a hacer la limpieza. Según indicaciones del prefecto, todo debe estar impecable para el festival de fin de año. Antes se realizaba a mediados de diciembre, en la noche. Ahora, por cuestiones de seguridad, se lleva a cabo durante la última semana de noviembre y por la tarde. Al maestro Humberto le parece que a esas horas la música se escucha menos íntima.

Le gustaría pedirle a Simona su opinión al respecto. Desiste. Sabe que a esa mujer le arrancará, cuando mucho, un monosílabo, quizá ni eso. Oye el paso irregular de la trabajadora que va subiendo a la galería. Durante los festivales se llena con un público muy diverso, ajeno a la escuela: desconocidos, desocupados ociosos que se dejan atraer por la música o el cartel de Entrada Libre que se cuelga en la reja de la escuela. Su directora quiere evitar a los intérpretes la angustiante visión de un auditorio semivacío.

A pesar de la hosquedad de Simona, el maestro Humberto siempre ha sentido hacia ella simpatía y respeto; además le inspira confianza. Si no temiera interrumpirla iría tras ella para decirle cómo se siente ahora que está a punto de separarse de la escuela. Llegó allí hace años, cuando aún tenía esperanzas de integrarse a una orquesta y alcanzar el nivel de solista. No fue así y él terminó conformándose con ser maestro de música en la secundaria. Ama su trabajo aunque la mayor parte de sus alumnos se haya mostrado indiferente a sus esfuerzos por despertar en ellos la vocación musical.

II

¿No me escuchan? Un do no es lo mismo que un re o un fa. Óiganme. Do-re-mi-fa-sol-la-si-do. ¿Cuántas veces pronunció esas frases? Tampoco lo sabe. Pero con frecuencia, para demostrarles a sus alumnos cuánta belleza puede lograrse dándoles a las notas su justo valor, se ponía a tocar su obra predilecta: el Nocturno No. 2, de Federico Chopin.

Olvidado del tiempo, embebido en la música, no oía la chicharra llamando al recreo, ni las risas y las carreras de sus alumnos ansiosos por escapar del auditorio. Para ellos significaba una cárcel; para él un espacio donde podía sentirse libre a través de la música. La que ya no puede interpretar porque, según se lamenta, lo han traicionado sus manos.

Las mira, las ejercita tecleando sobre sus rodillas algo del Nocturno que tanto le gusta. No es fácil interpretarlo. Para eso se necesitan conocimientos, años de práctica y dejarse llevar por algo indefinible, misterioso, que lo abarca todo. La idea le despierta la necesidad de acercarse al piano y deslizar las manos por el teclado.

Movido por el impulso, se levanta y se dirige al escenario. Antes subía apresurado, complacido de que las miradas lo siguieran hasta que tomaba su sitio frente al piano. Su piano. El instrumento pertenece a la secundaria, como el resto del mobiliario, pero lo siente suyo.

Le conceden ese derecho de propiedad los años que ha pasado pulsándolo con la esperanza de imbuir en sus estudiantes la emoción que sentía al interpretar, en especial, el Nocturno No. 2 de Chopin. Ninguna música lo expresa de una manera tan intensa y viva, por eso –aunque sabe muy bien que es imposible– le gusta imaginarse que la obra fue escrita para él.

III

Sentado frente al piano, el maestro Humberto se frota las manos. Espera que sus dedos no lo traicionen en un día tan significativo para él. Respira hondo, se vuelve hacia las butacas desiertas, hace una leve reverencia y empieza a tocar la música que tan bien conoce y le recuerda experiencias hermosas. Por ejemplo, la mañana en que una de sus alumnas, ignorando el llamado al recreo, se quedó escuchándolo. Al final la joven aplaudió con entusiasmo y se fue, quizás avergonzada de su reacción, antes de que él pudiera identificarla.

Sintió curiosidad por saber cuál de todas sus alumnas era ella, pero nunca logró enterarse. Aunque con el tiempo perdió interés por develar el misterio, algunas de las veces que entró en el auditorio para tocar a solas tuvo la impresión de que ella seguía allí, escuchándolo arrobada.

Sin poner atención empieza a jugar con el teclado y termina por reproducir en desorden fragmentos musicales que asaltan su memoria. Aún no lo traiciona, en cambio sus manos... Las pone a prueba acudiendo una vez más al Nocturno. Al término de su interpretación escucha aplausos. Es Simona que, desde la mitad del pasillo, le habla de prisa: Supe que se va de la escuela. Me alegro de haber estado hoy aquí para decirle lo mucho que me gusta su forma de tocar.

Cohibido por el inesperado elogio, él le responde sin mirarla: Agradezco mucho sus palabras: son una muy bella despedida. Esforzándose por disimular sus emociones, el maestro se pone de pie, baja la tapa del piano y se queda mirándola unos segundos: su gesto es el de quien se despide de un amigo. Luego recorre con la mirada el auditorio que hoy visita por última vez y se encamina hacia la escalerilla. Mientras desciende vuelve a escuchar los aplausos aislados de Simona.