Opinión
Ver día anteriorDomingo 2 de septiembre de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
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No sólo de pan...

De miedos y precauciones

L

os miedos alimentarios siempre han acompañado a los seres humanos, porque la alimentación humana no es sólo lo que viabiliza la vida, sino lo que construye la cultura. Pues, más allá de la determinación geográfica de los alimentos, la experiencia repetida en su obtención produce en el imaginario conceptos distintos para un mismo medio natural. Así, los pueblos construyen ideas sobre lo que es propio para ingerirse y lo que degrada a quien lo ingiere, calificando a otros pueblos por lo que comen, en una escala de aprecio o de desprecio. Si los jitomates no pueden ser ingeridos entre la casta brahmánica hindú por el color, que recuerda la sangre, los jainitas no comen seres vivos con sistema nervioso, como los animales, y, de las plantas, sólo comen lo que no afecte su posibilidad de renovarse. Sin hacer hincapié en las prohibiciones alimentarias de los judíos y musulmanes, podemos evocar las fobias de comunidades enteras hacia los hongos a causa de su crecimiento en la sombra y la humedad, o hacia las texturas blandas de los cartílagos y las vísceras, o hacia los aromas de ciertas frutas y especias… Si los huitlacoches estremecen de horror a los europeos por el negro de los granos de elote parasitados por el muy comestible Ustilago maydis, en cambio sabemos que el hongo Claviceps purpurea del centeno y otros cereales vitales produjeron locura, muerte y hambrunas en ese continente. Más recientemente, recordemos las conservas y el miedo al botulismo. O las fechas de empaque y caducidad obligatorias en el etiquetado de productos para tranquilidad del consumidor, aunque al terminar las dos grandes guerras del siglo XX los europeos devoraban el contenido de latas oxidadas de mermeladas y patés.

El miedo alimentario del siglo XXI son los transgénicos. Los argumentos nos bombardean, pero no se trata de elegir entre pros y contras, sino de adoptar el principio de duda y precaución, no necesariamente sobre los avances científicos relacionados con los descubrimientos del ADN y sus cadenas de genes que el ingenio humano ha llegado a manipular, sino sobre el concepto de competitividad agrícola entre países del neoliberalismo, cuyo discurso sobre la inocuidad de los OGM corresponde al hecho de que en este sistema no se producen alimentos sino mercancías y lo que importa es la productividad. Así sea a costa de la desaparición de cadenas alimenticias con consecuencias impredecibles para la naturaleza, o la desaparición de la diversidad botánica que siempre y por algo existió. ¡No importa obtener más mercancías por área cultivada, volvamos a obtener mayor diversidad de productos por m2! ¡Fuera el maldito glifosato cancerígeno que, con la anuencia de los gobiernos, engrosan el capital!