Cultura
Ver día anteriorDomingo 15 de julio de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Vox Libris
Prins
Foto
▲ El escritor argentino César Aira (Coronel Pringles, 1949), el 13 de septiembre de 2017, en la sede de Ediciones Era.Foto Jesús Villaseca
Periódico La Jornada
Domingo 15 de julio de 2018, p. a16

Desde el título, Prins, la novela más reciente de César Aira, encierra un misterio, no faltan el humor, el ingenio y una mirada irónica hacia el mundo. El narrador argentino forja la historia sobre un viaje sorprendente, descabellado y delirante, lleno de laberintos subterráneos y puertas secretas que podría ser elementos de ‘‘un legendario y terrorífico edificio gótico inacabado’’. Con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, La Jornada ofrece a sus lectores a modo de adelanto un fragmento de esta obra disponible en librerías

Pasé sin más al aspecto práctico de la cuestión. ¿Dónde procurarme el opio? Tenía sobrados motivos para creer que no lo vendían en los kioscos. Las autoridades llevaban adelante enérgicas campañas contra la comercialización de las sustancias que ellos mismos habían puesto fuera de la ley. Se había entablado una feroz competencia en la materia, seguramente por motivos electorales, presupuestarios, de prestigio, y en general demagógicos. Todos querían ser los más implacables y lucirse ante una opinión pública a la que no dejaban de azuzar con el temor a los estados alterados de la conciencia. Participaban en esta carrera las agencias internacionales, las nacionales, provinciales, municipales, concejos comunales, comisiones vecinales, y así siguiendo hasta casi llegar al individuo. Las agencias mayores decían disponer de más recursos, más alcance territorial, más personal; las menores afirmaban que trabajando sobre poblaciones reducidas las podían vigilar más de cerca. Puesta en los términos más simples, la alternativa puede plantearse así: ¿quién ejerce con más eficacia el poder, el que lo hace sobre muchos o el que lo hace sobre pocos? Es indudable que quien preside la vida de un millón de hombres no podrá evitar las fugas, las rebeldías secretas ocultas en la gran cantidad. Mientras que el que tiene a un solo hombre bajo su férula podrá mantener sobre él la vigilancia más estricta.

Yo me mantenía por completo ajeno a estas escalas de represión, las veía desde lo alto de mi torre de marfil. Pero no se me ocultaba que si quería poner en práctica mi plan tendría que enfrentarme a ciertas dificultades. Me desalentaba la perspectiva de tener que recurrir a las redes clandestinas donde se conseguían esos productos. No sólo por la previsible catadura de malhechores de los proveedores, ni por miedo a la policía, sino por las reglas de comunicación que tendría que aprender, las contraseñas, los nombres. Como ya dije, mi antigua profesión de escritor había dejado rastros en mí. Uno de ellos era la invencible aversión a los lenguajes cifrados. Tenían algo de tabú para mí, un tabú que empezó siendo estético: me habría disgustado que me confundieran con los que usaban en sus escritos algo parecido a los lenguajes cifrados con pretensiones de originalidad, pretensión ruidosa y vana que orillaba lo vulgar. Con el tiempo se volvió carne en mí. Llegué a supeditar mi supervivencia en el mercado editorial al uso de las palabras en su acepción más corriente y llana, y si debía optar entre dos palabras me quedaba con la que tuviera una única acepción. La mera idea de que entendieran algo distinto de lo que yo había querido decir me producía escalofríos. Y verme en mi edad madura obligado a aprender esos léxicos torcidos, a decodificar fórmulas de hampones, me hacía vacilar en mi proyecto. No era la primera vez, ni sería la última. Como se verá en esta narración, las vacilaciones abundaron. El camino del opio fue una verdadera prueba de fuego para mi perseverancia. Pero creo haberla superado.

Más allá del pensamiento, en los hechos debía emprender caminos torcidos para llegar a donde estuviera el opio. Una vez allí sí, hacer la transacción a cara de piedra, por señas, y volver a encerrarme en mi código genético lo antes posible. Pero para llegar tendría que seguir rastros, pistas que me susurrarían al oído labios impuros, dar vueltas por los corredores oscuros del submundo.

Podía evitar todo eso. Lo sabía, pero lo tenía en reserva. Podía obtener el dato que me llevara a mi objetivo de un salto, sin tanteos ni averiguaciones ni hacer sociedad inquietante con desconocidos. Pero me resistía a considerarlo. Me resistí hasta que, haciéndome una violencia momentánea, lo enfrenté. Se trataba del Armiño. Si se lo pedía, él me daría la información precisa. Pero vacilaba. Llevaba vacilando toda la vida. Porque al Armiño se lo podía consultar una sola vez, y yo siempre había ahorrado esa única vez para cuando precisara vitalmente un dato, cuestión de vida o muerte. En mi desorientación, en la tremenda falta de conocimientos que me aquejaba, producto de mi vida de soñador impráctico, siempre estaba necesitando un dato, pero me decía que en el futuro iba a necesitar otro con más urgencia, o más difícil de conseguir, o las dos cosas, y me abstenía. Iba por el camino difícil, preguntándole a los que no sabían, siguiendo el método de prueba-y-error, que por tratarse de mí solía ser de puro error. La misma prudencia mal entendida me aquejaba en este caso, pero la sensación de final que se había apoderado de mí desde que dejé de escribir hizo inclinar el platillo.

Foto

¿Acaso tenía algo que ahorrar para el futuro? ¿Qué futuro? Si mi plan salía bien yo podría pronunciar en serio la declaración que había impreso en uno de mis libros por pura jactancia de originalidad: ‘‘Yo no olvido nada del pasado, pero lo he olvidado todo del presente’’. Es curioso cómo las frases que uno dice sólo por lo bien que suenan terminan significando algo. Si esa flotación era mi destino, no necesitaría más información. También, aunque suene paradójico, me sacaría una preocupación de encima. Una vez agotada mi capacidad de preguntar, un mecanismo de compensación natural haría que no aparecieran en mi vida más hechos que exigieran información previa, serían ese presente sin pensamiento con el que yo tanto había especulado en términos de ficción.

Tomada la decisión (era la segunda que tomaba en el día, lo que no podía ser más ajeno a mis hábitos de indeciso crónico) entré en acción. Ya el día había transcurrido, y estábamos en el filo del siguiente: era la medianoche. Me convenía, porque el Armiño era nocturno. Creía saber dónde encontrarlo. Sólo se sentía a gusto en medio de la Naturaleza, pero estaba condenado a vivir en la ciudad. De ahí su preferencia por los parques. Habitaba uno u otro de los extensos parques intercalados, y relativamente ocultos, en el denso tejido urbano. Yo tenía el presentimiento de que esta noche se encontraba en el más próximo a mi casa. Había estado en él una larga temporada. Si seguía ahí, no tenía que caminar nada. Se trataba de un espacio verde arbolado, con largas avenidas de paraísos y casuarinas, estatuas, bancos de hierro y fuentes. En parte por estar tan cerca, en parte porque siempre estaba desierto, yo lo sentía de mi propiedad, una parte de la casa. A veces sentía que estaba adentro de la casa, como un plano mental. A ese sentimiento contribuía el curioso hecho de que por causa de su trazo locamente irregular, excepcional en el estricto damero que es Buenos Aires, todos sus lados daban a la misma calle, que no era otra que la calle de mi domicilio.

Ni la hora ni las rejas constituían un obstáculo para mí. Tampoco la precisa ubicación del Armiño en el parque, porque la conocía: el centro. Era fácil entender por qué se instalaba ahí para dormir: el centro era el lugar más apartado de los bordes, la geometría más elemental lo decía, y al ser los bordes la calle donde bullía la moderna civilización del auto y el teléfono, el que necesitaba la Naturaleza como sus pulmones necesitaban el oxígeno buscaba el sitio más lejano del borde. Lo que podía extrañar era que en la oscuridad, en una somnolencia invencible que le cerraba los ojos y hacía tambaleante el paso, un ser como el Armiño encontrara infaliblemente el preciso centro de una superficie irregular como la del parque. Un instinto superior lo guiaba. Me consta que no usaba mapa ni diagrama.

Por eso estaba seguro de poder encontrarlo. Pero no estaba igualmente seguro de saber por qué estaba tan seguro. Yo no contaba con ese instinto, soy demasiado civilizado para eso. Pero encontraría el centro sin buscarlo, iría directo a él, y al sueño del Armiño (...)

[email protected]