Opinión
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Arte y tiempo

Nihil (Nada)

P

artiendo de la concepción filosófica del nihilismo y de su etimología, la escritora danesa Janne Teller publicó, apenas en 2000, su novela corta Nada. De tal manera tocó las estructuras en pleno inicio del siglo XXI que, casi increíblemente, fue prohibida en países tan avanzados como Francia y Dinamarca. Pese a esa prohibición, o quizás en parte por ella, la novela se convirtió en un éxito mundial y en México, la muy joven dramaturga Bárbara Perrín Rivermar hizo una formidable adaptación para teatro, que es de asistencia obligada y se está presentando de jueves a domingo en los horarios de costumbre en el teatro El Granero Xavier Rojas, atrás del Auditorio.

La trama, aparentemente sencilla, tranquila y hasta simpática y graciosa en un principio, comienza cuando el primer día de clases Pedro, estudiante preadolescente o adolescente en el mejor de los casos, igual que sus compañeros, decide abandonar la escuela, subirse a un árbol de ciruelas (árbol símbolo de la terquedad), y desde allí declarar que a partir de ese momento no hará nada porque nada tiene sentido y, por tanto, hacer algo, cualquier cosa, es igual a no hacerlo porque ninguna cosa o acción significa nada. Es decir, nada tiene significado.

Por supuesto, tal actitud trastoca totalmente los valores apenas en construcción de sus compañeritos, que, confundidos, empiezan a hacer acciones y acumular objetos que, dicen, demuestran que las cosas sí tienen significado. Así, en un galpón abandonado comienzan a reunir su montón de significado.

Claro, las cosas que tienen significado lo tienen para quien las posee y, obligado por las circunstancias, las va aportando al montón. Lo que comenzó casi como un juego y una forma totalmente despreocupada de dar algo que fuera significativo para quien lo dona, paulatinamente va adquiriendo características siniestras y cada vez más difíciles de cumplir por lo que implican, ya no sólo para el donante y el grupo, sino también para el entorno social que empieza a verse afectado, aunque todavía no lo sepa y, menos se entere, que lo está siendo por un puñado de muchachitos no mayores de unos 14 años.

Manejando muy inteligentemente un tono que por momentos raya en lo fársico, la directora, Mariana Giménez, aligera el “ crechendo” del horror que de otra manera sería inaguantable, y provoca risas y sonrisas mientras lo terrible, hasta llegar al asesinato, se ilustra en escena.

Producto de una sociedad en decadencia que todo, absolutamente todo, lo convierte en mercancía, el montón de significado adquiere precio, se cotiza y, desde luego, se vende al mejor postor. La ignominia es NADA.

Con una enorme economía de medios y perfecta adaptación a la misma del equipo técnico, y un excelente trabajo de actores en el que todos se desenvuelven en calidad de pares, Lila Avilés, Andrea Riera, Lucía Uribe, Leonardo Zamudio, Pablo Marín y Raúl Briones, cumplen con total acierto los diferentes roles que les correspondieron, más de dos o tres a cada uno. El trabajo de la directora es aquí también un acierto.

¿Existen en realidad y son defendibles los valores que nos han sido inculcados? ¿Vale la pena preservarlos? NADA puede ser una respuesta.