Opinión
Ver día anteriorSábado 13 de junio de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Apuntes postsoviéticos

Mala noticia

J

usto un año después de haber asumido la doble función de enviada especial de la presidencia de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa y de representante de esa institución en la Comisión Trilateral (Ucrania, Rusia, OSCE), que se creó para negociar un arreglo político en Ucrania, la embajadora suiza Heidi Tagliavini tiró la toalla.

Experimentada mediadora en varios conflictos en el espacio postsoviético, Tagliavini hizo saber a sus allegados que no aguanta más. El vocero de la cancillería suiza, al confirmar la renuncia, suavizó el anuncio con el diplomático recurso de aducir razones de índole personal, pero para nadie es un secreto que la búsqueda de una solución negociada en Ucrania entró en un callejón sin salida y, a falta de avances, se percibe como inevitable, en el corto plazo, una nueva fase de guerra a gran escala y con más víctimas entre la población civil.

La OSCE y Tagliavini pusieron especial empeño en alcanzar esa meta, fracasaron en su intento de congelar el conflicto ucranio, a modo y semejanza de controversias territoriales como Nagorno-Karabaj o Transdniéster. Tampoco es motivo de satisfacción para ella que su principal logro hasta ahora –el alto el fuego acordado en Minsk– lleva al menos 400 muertos en apenas cuatro meses desde que entró en vigor.

Y lo principal: no hay manera de destrabar las negociaciones en varios asuntos clave, sin los cuales es impensable poner fin al derramamiento de sangre en Ucrania. Entre éstos, dos sobresalen: por un lado, la intención de Kiev de retomar el control sobre toda la frontera con Rusia y, hasta el momento, los separatistas no ceden los 500 kilómetros que dominan y por donde –según el gobierno ucranio– reciben no sólo ayuda humanitaria de Rusia, sino también armamento y voluntarios con comillas y sin ellas.

Por otro, y no menos importante, qué va a pasar con los territorios en manos de los separatistas –una parte de las regiones de Donietsk y Lugansk que no reconocen a las autoridades de Kiev–, que un día reclaman amplia autonomía para seguir formando parte de Ucrania y al otro vuelven a proclamar su intención de separarse. Al margen de la carencia de proyecto, lo que provoca esos vaivenes en una posición que debería ser inequívoca, no hay claridad acerca de cómo llevar a cabo elecciones ahí, aparte de que Kiev excluye de la amnistía a los dirigentes separatistas.

Los restantes entendimientos de Minsk –la línea de delimitación entre las partes beligerantes, el repliegue del armamento pesado, el intercambio de prisioneros, etcétera– se cumplen a duras penas, violándose de forma regular lo pactado, lo cual evidencia el divorcio entre el papel y la realidad.

A pesar de lo anterior, la decisión de Heidi Tagliavini –con fama de saber escuchar a todas las partes y de asumir posiciones equidistantes y equilibradas (sólo hay que releer su informe sobre la guerra entre Rusia y Georgia en 2008)–, de abandonar el proceso negociador es, sin duda, una mala noticia para la paz en Ucrania.