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Hay que luchar siempre, dice en una entrevista en la cárcel

Septiembre, clave en el caso del profesor Alberto Patishtán
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El maestro tzotzil lleva 13 años recluidoFoto Moysés Zúñiga Santiago/archivo
 
Periódico La Jornada
Martes 20 de agosto de 2013, p. 11

San Cristóbal de las Casas, Chis.

Alberto Patishtán Gómez, profesor tzotzil bilingüe, está preso desde hace 13 años por un delito que no cometió. Dentro de poco, tal vez a inicios de septiembre, se sabrá si la justicia federal es capaz de enmendar esta prolongada injusticia mantenida por tribunales, ministerios públicos, policías y gobiernos varios.

El día de los hechos incriminados, 12 de junio de 2000, el profesor Patishtán se encontraba en el municipio de Huitiupan, en una reunión con padres de familia, pues allá dirigía un albergue. Ese día tuvo lugar, a mediodía, una emboscada en el paraje Las Limas, municipio de El Bosque, donde murieron siete policías. Patishtán estaba en otro lado. Las evidencias obran en su expediente.

No importa: ha permanecido encarcelado desde el 19 de junio de 2000, acusado de participar en esa acción.

Por aquel entonces Roberto Albores Guillén era gobernador sustituto de Chiapas. Bajo su gestión se agravaron la represión y la acción de los paramilitares. Albores tomó posesión en el año 2000, después de la matanza de Acteal, en diciembre de 1997. En medio de esta violencia creciente –Chavajeval, Unión Progreso, El Bosque– suceden los hechos de Las Limas, cuya autoría material ha sido cargada íntegra sobre la espalda de Alberto Patishtán, quien según múltiples constancias no estaba allí.

Con este hombre que lleva ya tantos años de injusto encierro fuimos a conversar el domingo 11 de agosto en San Cristóbal de Las Casas, un día antes de que, en el Cideci-Unitierra, asistiéramos a la inauguración de la Escuelita “La Libertad según [email protected] zapatistas”.

* * *

Llegamos al Cereso –Centro de Rehabilitación Social Nº 5, Los Llanos– a las 11 de la mañana. Es un edificio blanco y extendido de un solo piso, una cárcel en las afueras de San Cristóbal. Atrás, la montaña verde; arriba, el cielo más que azul. Vamos a conversar con Patishtán, quien en sus 13 años de prisión ha recorrido varias cárceles y ha recalado (por ahora) en este Cereso, irónico vocablo que ha venido a designar a las prisiones mexicanas. Nos acompañan Víctor Hugo López y Pedro Faro, del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, defensores jurídicos del caso Patishtán.

Cuando nos llega el turno la puerta de ingreso se abre y, aunque esta primera puerta está al aire libre, ambos escuchamos el inolvidable ruido de los cerrojos y los candados que se cierran una vez que uno está adentro. Después, la identificación, el registro personal y tres sellos en el antebrazo. Uno en cada puerta sucesiva. Todo nos resulta familiar. Raquel estuvo presa cinco años (1992 -1997) en la Cárcel de Mujeres de La Paz, Bolivia, y Adolfo seis años (1966-1972) en la antigua Cárcel de Lecumberri, en México.

Como en toda tierra de raíz indígena –México, Bolivia…–, el universo carcelario, que siempre divide al mundo en dos clases de seres humanos: los de adentro y los de afuera, termina por tener en sus modos y costumbres sorprendentes parecidos y familiaridades. Así, nuestra conversación también resulta fácil y fluida.

* * *

Alberto Patishtán tiene visitas: están con él su hija, atenta, con la nietecita, dormida. Es hombre fuerte, mira de frente y habla pausado. Nos relata sus peripecias carcelarias.

Cuando fue detenido lo remitieron al penal de Cerro Hueco, en Tuxtla Gutiérrez. Allí vivían más de mil presos, divididos en módulos, cuando estaba previsto para un máximo de 300, y llegó a albergar hasta 2 mil 500. (El establecimiento, célebre durante 30 años por sus presos indígenas, según registró entonces La Jornada, fue cerrado en octubre de 2006). Allí estuvo Patishtán entre 2000 y 2003.

Entre las vejaciones a los presos están los sorpresivos traslados de penal, como castigo para romper su cotidianeidad solidaria con otros presos. En 2003 Patishtán fue trasladado a El Amate, reclusorio de máxima seguridad ubicado en Cintalapa, Chiapas, con más de 5 mil reos. Allí vivían cuatro o más en una celda para dos, la comida era mala y restringida y casi no permitían el tradicional recurso de los presos: los alimentos que llevan los familiares en los días de visita, tema duradero de disputa y negociación con los custodios de la entrada.

Mala atención médica y escasez de medicinas eran también norma en El Amate. Entre los absurdos de todo universo carcelario, allí no dejaban pasar a las mujeres que vinieran con falda negra, es decir, a las mujeres indígenas, esposas o familiares, que visten tradicionalmente con falda negra de lana y huipil bordado. Desquiciar la vida hasta en la ropa, no seguridad alguna, es el objeto de tanto reglamento sin sentido aparente.

A los presos un día les impusieron el uso de uniforme color naranja, según las voces, por ocurrencia del gobernador Pablo Salazar en homenaje a Los Jaguares, el equipo chiapaneco de futbol. “Nos daban una sola muda –recuerda Patishtán. Andábamos muy sucios y para poder lavar el uniforme teníamos que quedarnos desnudos o ‘entrusados’, en calzones. Un día decidimos quemar esos uniformes. Nos devolvieron entonces ropa de civil.” Alberto Patishtán trae muchos recuerdos de sus seis años en El Amate, entre 2003 y 2009. “Había amotinamientos repetidos –dice– por la comida, por las visitas, por el mal trato. En las cárceles somos también seres humanos.”

Allí se fueron conociendo presos políticos diversos: maestros de la CNTE, bases de apoyo zapatistas, militantes de La Otra Campaña, otros de la OCEZ-Venustiano Carranza, y fueron trabando relación con los presos comunes y sus múltiples problemas: “Yo diría –estima Patishtán– que hasta 50 por ciento de esos presos que he conocido están de balde, sólo por ser indígenas y pobres. Para ellos la defensa es muy difícil: los defensores públicos tienen hasta 40 casos cada uno a su cargo. Sus defensas son muy débiles”.

* * *

En 2005 los presos organizados comenzaron a publicar un periódico: La Voz del Amate. Hablábamos de los problemas de los presos, teníamos mucho tiempo para platicar y conocer, y así con todos esos problemas se fue haciendo una voz. Eso recoge el periódico, verdadera y duradera hazaña en ese universo. Alberto Patishtán ahí donde va, organiza. No es el único, pero él así es.

En 2005 los presos políticos armaron un plantón de protesta en un espacio libre, lejos del área central del penal. No entraban a sus celdas y se cubrían de la intemperie con unos toldos hechos con bolsas de plástico cosidas y unas mantas con sus demandas. Los guardias desmantelaban el toldo y las mantas y al otro día los presos ponían otros. Cuando les decían que lo quitaran, los presos respondían: Quítenlo ustedes. Esto, vez tras vez, era una forma de resistencia que sin violencia explícita dislocaba los términos del mando carcelario. Vinieron, después, varias mejoras en el trato carcelario. Patishtán enfatizó que los presos comunes les dijeron que la próxima vez ubicaran su plantón en el mero centro del penal, para que ellos pudieran ayudarlos.

En 2008, 14 presos –entre ellos Patishtán– hicieron una huelga de hambre por la libertad. Duró 41 días. Trece de ellos, escalonadamente y dispersos, salieron libres. Quedó Patishtán, con el argumento de que es un preso federal. La memoria quedó. En 2009 hubo huelgas de hambre de presos comunes pidiendo la revisión de sus expedientes. En 2011 una nueva huelga, pero ya no exigieron la revisión, sino la libertad lisa y llana reclamada como derecho.

* * *

Preso trashumante entre cárceles, en 2009 Patishtán pide su traslado al Cereso Nº 5 de Los Llanos y allí lo conducen en abril. Sin embargo, no lo dejaron quieto. En octubre de 2011 lo llevaron al Cefereso de Guasave, Sinaloa, en un gran traslado de reos organizado por Genaro García Luna, el hoy prófugo por sí mismo. Fue el primer viaje en avión de mi vida, nos dice. A otros los trasladaron a las Islas Marías.

La vida en el penal de Guasave es terrible, recuerda Patishtán. Nomás de llegar a todos los recién ingresados los acalambran a punta de ofensas y de gritos. Allí estuvo nueve meses, a dos presos por celda, y sólo tenían derecho a patio una hora a la semana. Sí, una hora a la semana, y entretanto encerrados de a dos o en solitario. Cuenta Patishtán: “En la celda sólo había una ventanita en lo alto. Había que subirse uno por vez, para mirar el campo que de allí se divisaba. La llamábamos ‘la televisión’. Allí, para ocupar el tiempo, aprendí a escribir con la mano izquierda y, como podía, me escribía cartas a mi mismo. Cuando estuvimos con otro preso descubrí que en la celda también habitaba un grillito: ¡ya éramos tres! También cantábamos las Alabanzas del Señor con otros presos del mismo pasillo, cada quien desde su celda. En fin, luchábamos como podíamos”.

* * *

En julio de 2012, mediante un amparo, Patishtán fue regresado al Cereso Nº 5 de Los Llanos. Pero entre tanto se le presentaron graves problemas de la vista. Los médicos del penal le diagnosticaron glaucoma y el respectivo tratamiento. El diagnóstico era erróneo y la vista empeoraba, a riesgo de quedarse ciego. El 4 de noviembre de 2012, también por gestión del Frayba, nueva revisión y diagnóstico: un tumor en la base del cerebro. Operación riesgosa pero posible. Otra lucha con funcionarios y médicos para lograrla: Sabía que la jugada era de águila o sol: o me extirpaban con éxito el tumor o ahí nomás quedaba. Intervino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para el traslado al Hospital de Neurología en el Distrito Federal. Finalmente, lo operaron con éxito. Y aquí está, conversando con nosotros y mirándonos con ojos de inteligencia y algo de risa.

Nos vamos. Pasaron ya varias horas. Llega la hora triste del domingo en las cárceles, cuando los de afuera se van y los de adentro se quedan con sus respectivas soledades. Alberto Patishtán se despide y la sonrisa no se le quita. Tres frases nos dice:

Lo que más indigna en la cárcel es el desprecio con que nos tratan.

Las acusaciones sin pruebas son lo más tremendo, porque no puedes hacer nada.

Hay que luchar siempre, porque motivos nunca faltan.

Terco y tenaz, este Patishtán. Tal vez por eso no lo quieren dejar salir. Queda aún un frágil recurso para que este hombre recupere la libertad que se le debe desde hace tantos años. En septiembre próximo lo sabremos.