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Gorbachov apoya a inconformes y pide la dimisión del jefe de la Comisión Central Electoral

Decenas de miles protestan en Rusia por fraude electoral y exigen la salida de Putin

Durante varias horas ciudadanos de clase media desafiaron la nieve y temperaturas de 5 grados bajo cero

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Panorámica de la manifestación del sábado en Moscú contra los últimos resultados de las elecciones parlamentarias. Decenas de miles se manifestaron por nuevos comicios, aumentando la presión sobre Vladimir Putin, quien busca un nuevo mandato como presidente de RusiaFoto Reuters
Corresponsal
Periódico La Jornada
Lunes 26 de diciembre de 2011, p. 30

Moscú, 25 de diciembre. El mayor mitin de protesta desde la disolución de la Unión Soviética en 1991 reunió en esta capital, el sábado anterior, a más de cien mil rusos inconformes con la alteración de resultados en las últimas elecciones legislativas y con la intención de Vladimir Putin de perpetuarse en el poder.

La policía y los medios bajo control del Estado siguen cometiendo el error de querer minimizar la magnitud del malestar en la sociedad al decir que asistieron sólo 29 mil personas.

Argumentan que es el número que registraron los arcos detectores de metales, pero omiten que, por órdenes superiores, dejaron de contar cuando pasaron cerca de 60 mil y no menos de 40 mil inconformes se quedaron del otro lado de las vallas de seguridad, llenando casi completa la avenida Sájarov.

Lo cierto es que, aun con cifras aproximadas –los organizadores hablan de 120 mil participantes–, el mitin del sábado superó en asistentes a la anterior protesta del 10 de diciembre, que juntó hasta 85 mil personas en la Plaza Bolotnaya.

En esta ocasión, a diferencia de aquella, en que el malestar se centró en denunciar el fraude electoral, las críticas principalmente estuvieron dirigidas contra Putin, y hasta la televisión al servicio del Kremlin lo reconoció en sus noticiarios.

En ese contexto, el secretario de prensa de Putin, Dimitri Peskov, volvió a dar la cara este domingo al declarar, con poca fortuna, que su jefe toma nota de las demandas y sin embargo, son muchos más los rusos que lo apoyan.

Tal vez Peskov tenía en mente –habrán pensado quienes escucharon sus declaraciones– a 99.92 por ciento de los electores que, se dice, votaron por el partido de Putin en Chechenia, o a los que se supone son seguidores suyos en otras quince o veinte regiones con votación igualmente extraña.

Por no hablar de quienes votaron por otros partidos y sus sufragios acabaron engrosando artificialmente el resultado del oficialista Rusia Unida, según se queja en tribunales la oposición, o de los millones de rusos que escogieron como forma de rechazo la abstención.

En ese contexto, no parece muy oportuno hablar de apoyo mayoritario al Kremlin ni de pretender que el mitin del sábado pasado representa a la minoría. Porque el grueso de esas cien mil personas no militan ningún partido, sino son ciudadanos de clase media, que durante cuatro horas y media, desafiando la nieve y temperaturas de 5 grados bajo cero, salieron a la calle para exigir ¡Putin vete ya!.

Hasta Mijail Gorbachov, quien no pudo asistir al mitin como orador, declaró a una emisora que Putin debe retirarse de la política: Tres mandatos: dos como presidente y uno como primer ministro, son más que suficientes. Lo mejor que puede hacer es irse ahora.

El ex presidente soviético respaldó las demandas de los inconformes, en particular la dimisión de Vladimir Churov, presidente de la Comisión Central Electoral (CCE), que también pidió el Consejo de Derechos Humanos adjunto a la presidencia rusa, en un duro documento, por perder la confianza en dicho funcionario.

Uno de los organizadores del mitin, Vladimir Ryzhkov, leyó un proyecto de resolución, cuyos puntos –no dar a Putin un solo voto, libertad para los presos políticos, anulación de las elecciones, nuevos comicios, registro de partidos de oposición, renuncia del presidente de la CCE, etcétera–, recibieron la entusiasta aprobación de los presentes, pero en el fondo se trató de una simple formalidad, más allá de la voluntad de volver a salir a la calle cuando haga falta.

La gran diversidad de planteamientos de quienes hicieron uso de la palabra –de los más radicales como Aleksei Navalny que amenazan con tomar el poder por la fuerza o los más conciliadores como Ksenia Sobchak, ahijada de Putin por cierto, o Aleksei Kudrin, ex ministro de finanzas cesado hace poco y silbado durante su intevención, que piden elecciones limpias y no desean una revolución–, confirmó que los inconformes no se supeditan a ningún partido.

Son parte de un movimiento espontáneo que nace en el seno de la sociedad y que, por ahora, sólo quiere dos cosas que hacen coincidir a los distintos discursos y acentos ideológicos: realizar elecciones limpias y evitar que Putin se convierta en mandatario vitalicio.