
Ana García Bergua
Las lecciones del elevador
El elevador es el tubo digestivo de los edificios.
El insomnio es como un elevador; el sueño siempre termina descendiendo al cubo oscuro y helado de la noche que no se termina.
El elevadorista es un viajero frustrado. Hay elevadoristas que anuncian la salida a los pisos del edificio con enjundia de ferrocarrileros, pero siempre regresan a la planta baja: de ahí su melancolía.
La reja con que antaño se cerraban los elevadores los convertían en jaulas momentáneas, y a los elevadoristas les daba el gusto de ser carceleros de dos minutos, o pajareros.
En los elevadores la gente practica el amor breve y los besos prometedores. Las caricias apresuradas y los coitos de cinco minutos son de elevador.
Hay gente provisional que toda su vida sostiene conversaciones de elevador.
Cuando uno se asoma al cubo del elevador, puede ver la guarida oscura y tétrica del monstruo que duerme colgado de sus hilos.
Los elevadores de los hoteles tienen sus perversiones; se detienen en todos los pisos para provocar que nos equivoquemos de cuarto y después esperan a ver con quién subimos o bajamos en la noche.
El elevador es la única habitación que va hacia uno.
En realidad, la música de los elevadores son los carraspeos y los murmullos sincopados con la campanilla que suena al abrirse la puerta.
Los elevadores de los hospitales transportan gente en vertical y en horizontal. Por educación, la gente se esfuerza por no mirar a los enfermos en camilla que los enfermeros arrastran al elevador, como si estuvieran en el ángulo equivocado.
Hay elevadores que visitan pisos pares o nones y nunca coinciden, como deben hacer muchas parejas de divorciados.
Todos los elevadores tienen algo de cohete y de submarino. Algunos infortunados tienen algo de supositorio.
Los espejos de los elevadores son la última oportunidad del desaliño y la libertad. En ellos practicamos la cara que llevaremos puesta a la visita.
Hay gente tan tímida que actúa todo el tiempo como si se encontrara en un elevador, rodeada y observada por desconocidos transitoriamente amables y posiblemente peligrosos.
Muchas veces uno quiere apretar el botón rojo de la alarma, aun cuando haya salido del elevador. Incluso, en ocasiones, el de la planta baja cuando pierde piso.
Hay vidas de santos, vidas de héroes, vidas de náufragos y de elevadoristas, en las que entran y salen desconocidos a perpetuidad.
Aunque también descienda, el elevador debe su nombre a las buenas intenciones.
Existe una especie de impudicia en los elevadores de cristal cuyo interior todo mundo ve. Quienes viajan en ellos ofrecen el espectáculo del ascenso de las almas y el suicidio en cámara lenta.
Cuando el mundo se termine, los elevadores seguirán subiendo y bajando para la eternidad.
El elevador te atrapa y luego te suelta, como el adulto al niño. Por eso es peor la amenaza de quedarse atrapado en él que en otras partes.
Hay quien pretende que los elevadores lo esperen por siempre, con todo y gente adentro.
Piso a piso, los pasajeros del elevador que se abre tienen siempre el aire de haber sido sorprendidos in fraganti.
La angustia en el elevador atestado: siempre hay alguien que pregunta si cabe una persona más.
Entre la pequeña multitud que se aprieta en un elevador, la mirada busca todo el tiempo la salida.
El tablero del elevador se enciende como un termómetro de las alturas.
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