Opinión
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La Muestra

Aquel querido mes de agosto

Foto
Fotograma de la cinta de Miguel Gomes
E

n el corazón serrano portugués, cada año se celebra el tradicional festival de Pardieiras, encuentro musical que reúne a la gente de varios pueblos y a los muchos trabajadores emigrados que para la ocasión retornan puntualmente al terruño natal.

Hasta el pequeño poblado de Arganil llega un reducido equipo de cine, con el propósito de rodar una película de ficción sobre los amores contrariados de una joven cantante y de su primo guitarrista. Con esta premisa, el realizador lusitano Miguel Gomes (La cara que mereces, 2004) se libra en Aquel querido mes de agosto a una fusión muy original y festiva del documental y el relato de ficción. La cinta queda así dividida en dos partes: la primera refiere los preparativos del rodaje, el modo en que el equipo se familiariza con el lugar y sus habitantes, y la selección entre estos últimos de los actores no profesionales que habrán de encarnar al guitarrista, a la cantante y a su padre posesivo, al tiempo que filma el festival y su larga sucesión de bailes regionales y canciones que relatan, a la manera de una comedia musical, anécdotas locales e historias de amor cercanas a lo que relatará la cinta en preparación.

La segunda parte se centra en la historia sentimental, con ocurrencias tan surrealistas como la referencia a un secreto en la familia de la joven: la desaparición de su madre, a la que según se rumora habrían secuestrado unos extraterrestres.

El anecdotario regional es todavía más fértil y en él figura Moleiro, el tonto del pueblo que cada año se arroja sin gran riesgo al vacío desde el mismo puente, o las rivalidades de vecinos expresadas mediante canciones entrecruzadas; salen también a relucir rencillas, amores frustrados y reconciliaciones, todo en el marco de la devoción a la patrona de la región, Nuestra señora de los Milagros y los Remedios, o alternando con el lucimiento musical de algún lugareño en el karaoke.

La narración de Gomes es muy libre, con saltos temporales ingeniosos y reflexiones sobre cuestiones técnicas que pudiendo ser farragosas se vuelven fascinantes por el modo en que el director involucra a los espectadores en el proceso de la realización de la película. Hay en particular una discusión sobre problemas de ambientación sonora, específicamente sobre los sonidos fantasmas en el cine, que tiene un poder evocador sin equivalente alguno en las múltiples miradas que este quehacer ha podido lanzar sobre su propia elaboración, de Fellini a Truffaut, hasta un reciente Charlie Kaufman (Nueva York en escena/ Synechdoque, New York).

Lo que se inicia como una crónica de la vida rural y sus festividades (con una trivial historia de amor como pretexto narrativo), se vuelve paulatinamente un elocuente elogio al oficio de hacer cine y de jugar, de manera libre y fantasiosa, con una realidad poblada de ficciones. En la medida en que el espectador se libra a su vez a este juego con los recursos de su imaginación, su recompensa se ve acrecentada.

Aquel querido mes de agosto es una narrativa original capaz de perturbar y entusiasmar, en dosis muy parejas, a los públicos más diversos.