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Representamos la mitad del orbe; además, hemos procreado a todos sus habitantes, bromeó

Me gustaría que hubiera más mujeres cineastas: Jane Campion

La cinerrealizadora presentó en Cannes su más reciente película, Bright Star, sobre John Keats

Se exhibió también Thirst, retorcido pornovampirismo eclesiástico filme de Park Chan-Wook

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Abbie Cornish, quien interpreta a Fanny Brawne en Bright Star, y Jane Campion, al fondo, posan en la presentación de la cinta en CannesFoto Ap
Especial
Periódico La Jornada
Sábado 16 de mayo de 2009, p. 8

Cannes, 15 de mayo. La neozelandesa Jane Campion siempre ha destacado por utilizar personajes femeninos como protagonistas de sus películas; aunque a partir de El piano, con la que fue galardonada con la Palma de Oro en 1993, es posible advertir el cuidado que pone en los retratos masculinos, capaces de remover los cimientos femeninos más profundos. Es el caso de Bright Star, historia de amor, ambientada en el Londres del siglo XIX, en la que intenta acercar al espectador a la obra de John Keats, considerado como máximo exponente de la poesía romántica británica, a través de los ojos de su prometida Fanny Bawne y su profundo dolor al truncarse su compromiso por la repentina muerte de Keats, a los 25 años, sin ser aún reconocido por su talento.

Esta nueva historia femenina, presentada ayer en Cannes, ofrece una gran sugestión visual, con imágenes respetuosas y bien realizadas; conlleva una placentera inmersión en este universo poético, apoyado por una interpretación apropiada, pero lineal y de emociones muy contenidas.

Tragedia y ternura

Para elaborar el guión de Bright Star, Campion se inspiró en el libro de Andrew Motion, en varias biografías y en las apasionadas cartas que John envió a Fanny durante su noviazgo.

Fanny logró inspirar algunas de las cartas románticas más hermosas jamás escritas. Entre 1819 y 1820, John disfrutó de una estupenda explosión de creatividad que produjo algunas de sus poesías más destacadas, explicó.

“La historia es muy trágica y tierna. He tratado de mantenerme lo más apegada posible a la realidad, tratando de ser fiel al espíritu de estos dos extraordinarios personajes.

Además, con esta película, quería dar a conocer al mundo la riqueza de su poesía, recuperar el valor de ese lenguaje que muy pocos comprenden. Es como una droga, se te sube a la cabeza y se impregna, prosiguió Campion.

Y es que, aunque hoy estemos sumergidos en un mundo de computadoras y celulares, el idioma del amor sigue siendo universal, acotó.

El rodaje se llevó a cabo por completo en Bedfordshire, Londres. Hicimos mucha investigación, pero en realidad no queda mucho en pie de aquella época en toda Inglaterra. Afortunadamente, la historia se desarrolla en un par de casas y en sus verdes y extensos alrededores. Esto me ayudó a controlar la llegada de las estaciones y sus colores. Me ayudó a que el trabajo de cámara fuera un clásico acercamiento a sus intimidades y a sus emociones, sin angulaciones rebuscadas o encuadres extraños. Era importante que la audiencia no se sintiera manipulada, sino que se dejara llevar por las emociones, justificó.

Con el pelo rubio recogido a un costado, ojos claros y cara lavada, Campion no tiene apariencia de directora de cine. Se asemeja más a cualquiera de sus personajes: a alguna de las chicas de Sweetie, su debut cinematográfico, o a la sufrida joven pelirroja de Un ángel en mi mesa, o a la atormentada mujer casi voluntariamente muda de El piano.

Me gustaría que hubiera más mujeres realizadoras, al fin y al cabo representamos la mitad del planeta y, encima, hemos procreado a todos sus habitantes, afirmó con simpatía.

Disfruto siendo mujer, con esa natural feminidad nuestra, como igual debe ser genial ser hombre. Es cuestión de aceptar el sexo, las características propias de él y seguir adelante, aclaró.

Arnold, Lo Ye y Chan-Wook

Al lado de Campion, en esta competición está otra mujer talentosa: la directora inglesa Andrea Arnold, cuyo Fish Tank nos muestra, con credibilidad y sin pretensiones, la dolorosa incomunicación entre una madre y su hija adolescente, quienes habitan en los suburbios y se baten por su supervivencia. La debutante Katie Jarvis se luce al hacer verosímil la rabia, pero también la fragilidad de una quinceañera que se siente en paz consigo misma sólo cuando baila su amado rap.

La cineasta vuelve a demostrar aquí, como ya lo hizo en su opera prima, Red Road, premiado aquí en 2006, que sabe describir a seres frágiles y sin rumbo, en permanente guerra contra el mundo.

Pero las batallas humanas y emociones de Occidente parecen no interesar al cine Oriental, que en esta edición llega cargado de sangre y sexo enfermo. La película china Spring Fever, dirigida por Lou Ye, destaca por ser la primera vez que una cinta de esa nación retrate tan explícitamente el porno. Lo malo es que este desfile de imágenes excesivas están acompañadas de pretensiones líricas que son de mal gusto.

La coreana Thirst, firmada por Park Chan-Wook (autor de la premiada Oldboy), se asoma a estos temas con un retorcido porno vampirismo eclesiástico. Que un sacerdote tuviera sed de sangre, y mejor si es de jóvenes vírgenes, ya nos lo habían contado Mel Brooks, Coppola y otros. Pero que llevara la túnica, matara con su novia de cómplice y que la sangre que bebiera lo indujera obsesivamente al sexo, todavía no se había visto.