Opinión
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Una evocación de La Tigresa
A

La Tigresa Irma Serrano la recuerdo con cariño. La entrevisté en su casa de El Pedregal y me invitó a verla salir desnuda de una gran cubeta y cantar con voz ronca: Soy la Venus de Milo. Era igual de enanita que yo, tenía una melena esplendorosa a la María Félix. Ingeniosa, contestó a mis preguntas viéndose al espejo y convirtiendo su bello rostro en una máscara. “Soy Lucrecia Borgia –sonrió– y soy prima de Rosario Castellanos” –y le devolví la sonrisa con mucho gusto. Sin maquillaje, de pequeña estatura, parecía una niña a punto de hacer la Primera Comunión, sus manitas, su cuello blanco, su rostro muy dulce no eran el de una devoradora.

–Hay que darle gusto al cuerpo, Elenita. ¿Usted le da gusto a su cuerpo?

Salí contenta de una primera entrevista en el Fru Fru, su teatro, y una segunda en su casa en El Pedregal. En La Tigresa no había ni un átomo de falsedad. Al pasar por el hall casi vacío, sobre un pedestal de mármol, un busto de Gustavo Díaz Ordaz la recibía cada noche. Aún no pasaba el 68.