Editorial
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Economía: los agoreros ante la realidad
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sta semana se publicaron varias estimaciones preliminares sobre el crecimiento de la economía mexicana en 2022: la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) lo situó en 2.9 por ciento del PIB, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en 3 por ciento (cifra coincidente con la del sector privado), mientras el Fondo Monetario Internacional (FMI) lo calculó en 3.1. Además, según el Inegi, la actividad productiva hiló cinco trimestres consecutivos al alza. Se considera que estos avances se lograron gracias al impulso del sector manufacturero por la relocalización de las cadenas productivas (fenómeno conocido como nearshoring), una recuperación del mercado laboral más rápida de lo esperado y la solidez macroeconómica de las finanzas públicas, entre otros factores.

Por todo ello, aunque 2023 será difícil por la continuidad de la inflación, las altas tasas de interés, las dislocaciones globales generadas por la guerra en Ucrania y las reacciones de Occidente ante el conflicto, así como por la incertidumbre sobre el desempeño de la economía estadunidense, un reporte del banco HSBC ubica más señales positivas que negativas para México en este año, y aventura que la inversión extranjera directa podría alcanzar 40 mil millones de dólares. En suma, la realidad ha propinado una clara derrota a los agoreros que pronosticaron una y otra vez el inminente e inevitable hundimiento del país a causa de las políticas económicas de la Cuarta Transformación.

Los resultados muestran la pertinencia del manejo económico, pero también la del proyecto: no se trata sólo de la disciplina innegable en el gasto gubernamental, sino de su reorientación hacia las dos grandes vertientes de la inversión pública, la social (con un presupuesto que supone la proporción más alta del PIB en la historia) y la de infraestructura, con obras que detonan empleos y posibilidades de desarrollo en varias regiones, con énfasis en el históricamente rezagado sureste.

Tal es el caso del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, la refinería Olmeca, el Tren Maya, el Corredor Transístmico, las Universidades para el Bienestar, las sucursales del Banco del Bienestar; la rehabilitación de puertos, aeropuertos, instalaciones hidroeléctricas y refinerías que habían sido abandonadas para ceder el mercado al capital extranjero y la construcción y restauración de carreteras, hospitales y recintos culturales, entre otras. Lo anterior, aunado a la llegada de capitales extranjeros compensó con creces la merma causada por el sector empresarial que, ya sea por prejuicios ideológicos, por temor a una crisis interna que nunca llegó o por ambas cosas, ha sacado sistemáticamente su dinero del país.

Por otra parte, no puede perderse de vista que los ámbitos económico y financiero son particularmente sensibles a las predicciones vertidas por agentes clave como los medios de comunicación globales, las agencias calificadoras, los organismos multilaterales (en particular, el FMI y el Banco Mundial), los grandes bancos de inversión, organizaciones patronales y algunos multimillonarios aislados que son también figuras mediáticas.

No es inusual que los pronósticos de estos actores se conviertan en profecías que se cumplen a sí mismas: si el FMI dice que la moneda de un país caerá, los ciudadanos reaccionan haciendo compras de pánico de dólares, y la moneda efectivamente cae. Por ello, debe destacarse el fracaso de la campaña impulsada por la oposición política, sus analistas y comentócratas –reproducida a nivel internacional por un puñado de trasnacionales cuyos intereses se han visto afectados por la determinación de defender la soberanía y frenar el saqueo, para instalar la idea de que México se encaminaba a una catástrofe de grandes proporciones.

Debe reconocerse, pues, una doble fortaleza de la economía, la cual no sólo logró sobreponerse a la adversidad desastrosa del contexto mundial, sino que desmintió la campaña de rumores, predicciones catastrofistas y mentiras simples, a cuyos autores no importó el daño que pudiera infligirse a los bolsillos de las mayorías si con ello se obtenían réditos político-electorales.

Esta fortaleza habla también de una madurez de la opinión pública, que ya no se deja manipular de manera tan fácil, y también, quizá, de una pérdida de poder mediático de entidades que por décadas han usado sus pretendidas habilidades predictivas como arietes contra proyectos políticos con los que no están de acuerdo. Cabe felicitarse de estos cambios, y de haber alcanzado un alza del PIB por encima del promedio histórico en medio de unas condiciones tan difíciles como las que se han presentado en los tiempos de la pospandemia.