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No sólo de pan...

De replantear la estrategia

A

propósito del Día Mundial de la Alimentación (16 de octubre) Silvia Ribeiro, como de costumbre, nos ilumina sobre nuestro tema común y en su artículo de ayer cita conclusiones de la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, activa desde 1945), cuyas recomendaciones proclives a la ideología neoliberal han producido una paradoja denunciada esta vez por la organización mundial Vía Campesina (https://tinyurl.com) sobre el hecho de que, por un lado, la producción mundial de alimentos sería suficiente para el abasto de todos los habitantes del planeta, y del otro, que sólo alcanza a un tercio de la población global en graduaciones descendientes, debido a los sistemas de producción y distribución. La solución, según la organización civil, es que se necesitan, entre otros, el “cambio radical hacia la agroecología... la producción de alimentos de calidad, reactivar la biodiversidad... exclusión de los alimentos de los acuerdos de libre comercio (subrayado nuestro), etcétera”. Y concluye Ribeiro: ... para enfrentar el hambre, cambio climático, destrucción ambiental y social, las crisis de salud, la verdadera soberanía alimentaria desde y con las comunidades campesinas e indígenas es la única solución.

Conclusiones que nos identifican plenamente y satisfacen nuestro derecho al reconocimiento por habernos opuesto a la inclusión del maíz en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte desde 2002. En la coyuntura presente, cuando el aparato rector de la política agraria de nuestro país muestra preferencia por la lógica neoliberal y sigue recomendaciones como las del Grupo Consultor de Mercados Agrícola (GCMA) (La Jornada, 17/10/22) sobre la necesidad urgente de paquetes tecnológicos que garanticen mayor productividad del maíz dado que México produce este grano 35 por ciento debajo de la media mundial, es más que nunca urgente hacer un frente activo contra las causas del desastre humano en nuestro campo y empezar a apoyar todas las iniciativas dispersas sobre la producción de policultivos, contra los transgénicos, que sí ha avanzado, pero también contra los fertilizantes químicos que disfrazan con incrementos temporales de la producción el deterioro tal vez irreversible de la matriz que produce: los suelos.

Pero, sobre todo, es urgentísimo apoyar el saber campesino en vez de creerse que por haber nacido en una urbe y asistido a clases cuyo contenido de textos y contextos es de suyo supremacista, llevan el mensaje divino de una tecnología apta para otras latitudes y productos, pero fatal para nuestro territorio. Éste, que resiste desde hace siglos, pero donde una parte cada vez más escasa de cuyos habitantes conserva el saber verdadero de los cómo, los cuándo, los cuánto de los productos alimenticios milenarios, dio civilizaciones de las que nos enorgullecemos y bajo las que nos cobijamos con la más absoluta y penosa ignorancia de su verdadero valor; este territorio es el que debemos salvar, con nosotros y nuestros descendientes en él.

Entre las Universidades del Bienestar Benito Juárez, como la de Calkiní, en Campeche, fundada en 2019, uno de cuyos resultados apareció ayer en estas páginas con siembras de salud con base en plantas útiles y medicinales sobre una hectárea, reciclando conocimientos ancestrales en jóvenes estudiantes y maestros respetuosos del saber antiguo (pese a haberse formado en escuelas de agronomía occidental) deberán fundarse otras, muchas más que se enfoquen sobre las milpas tradicionales de las distintas regiones y biosferas, con monitores respetuosos y humildes (aunque tengan doctorados) ante los verdaderos maestros, y si es que su vocación es de verdad patriótica y su formación realmente informada.

Porque no se puede ser buen ciudadano ni profesional de cualquier especialidad, sin sentido social, ético y humano, nuestra obligación es unirnos en una cruzada por recuperar nuestros sitios sagrados, donde nuestros ancestros y saberes fueron sacrificados y sus símbolos suplantados, para recuperar los fundamentos de cualquier pueblo: soberanía territorial (suelos y subsuelo, aguas, costas, vegetación), y soberanía alimentaria fundada sobre las milpas, donde no sólo se produce lo que necesitamos, sino también arroja excedentes para el intercambio de bienes. Sin olvidar la soberanía cultural basada en el autorrespeto transmisible generacionalmente.