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Europa, crisis y unidad
L

a frágil situación económica que atraviesa el mundo ha colocado nuevamente a Europa en un predicamento, que no por familiar y recurrente deja ser preocupante. La bola de demolición que representa la alta inflación ha orillado al Banco Central Europeo (ECB, por sus siglas en inglés) a anunciar medidas para acabar con la laxa política monetaria que había caracterizado a la región euro desde hace unos años.

El mercado de bonos ha procesado las palabras de Christine Lagarde, quien a principios del mes pasado dijo que el ECB combatiría la inflación de manera determinada y sostenida afectando a los mismos. La caída de precios de los bonos ha hecho subir los rendimientos en el mercado secundario al aumentar el costo de las economías más endeudadas de la región, entre las cuales se encuentran Grecia (193.3 por ciento del PIB), Italia (150.8), Portugal (127.4), España (118.4), Francia (112.9), Bélgica (108.2) y Chipre (103.6).

Por primera vez desde la crisis de deuda de la eurozona (2009-2010), Italia ha pagado los costos más altos. A pesar de que los rendimientos de la deuda pública de ese país se mantienen muy por debajo de los niveles alcanzados en el punto más crítico de la crisis del débito soberano europeo, estos se han proyectado a su punto más alto en lo que va el año, encendiendo las alarmas en el continente.

La preocupación de los mercados y el ECB es que la reducción de liquidez en el ámbito financiero genere lo que los economistas han llamado fragmentación. En un conglomerado monetario, como el de la Unión Europea, esto puede entenderse como el fenómeno resultante de los flujos de capital que no circulan libremente entre los bancos, esto es, como la falta de negociación total de las reservas del banco central a través de las fronteras, producida por factores no técnicos. A medida que el diferencial entre de la tasa de retorno de los diversos bonos europeos se incremente, el riesgo de fragmentación se incrementa.

Como mencionamos antes, la Unión Europea se encuentra en un predicamento precisamente porque derivado de la política monetaria anunciada por el ECB para combatir la inflación, el mercado de bonos ha comenzado a dar señales de una posible fragmentación. Dicho de otro modo, el banco se encuentra en la precaria posición de tener que equilibrar el combate a la inflación mientras evita que países como España, Portugal e Italia entren en una crisis de deuda soberana que ponga en una situación delicada a la unión misma.

Durante la crisis de principios de siglo, diversos analistas señalaron que el acuerdo político y monetario que encarnaba la Unión Europea, precisaba de la aplicación de una unidad fiscal, de lo contrario las crisis serían recurrentes y duraderas. Los problemas fundacionales y amenazas que aquejaban al viejo continente en aquel entonces no parecen haberse resuelto.

Hoy, la unión enfrenta amenazas similares a aquel entonces, con la complicación adicional de que su frontera oeste se encuentra en un conflicto bélico que ha puesto en entredicho su soberanía energética y alimentaria con consecuencias inflacionarias severas.

De acuerdo con Reuters, Suiza ha tomado nota sobre los posibles riesgos futuros y busca expandir sus reservas de alimentos de emergencia para asegurarse de que no se vea afectado por la escasez de café, cereales y azúcar causadas por cadenas de suministro demasiado extendidas, el cambio climático y conflictos como el de Ucrania. El crecimiento de la población y los cambios en la producción de alimentos han hecho que el gobierno considere aumentar las reservas a seis meses de consumo, que son de tres a cuatro en la actualidad.

Si alguna lección nos ha legado el pasado reciente es que la crisis económica fue un terreno fértil para que el populismo y nacionalismo echara raíz. España, Italia Hungría, Francia –y más notoriamente el Reino Unido– han dado cuenta de que un nacionalismo antinmigrante es particularmente atractivo para construir opciones políticas, que como se reveló en el caso del Brexit, deben ser consideradas como un peligro real para la unión.

La crisis alimentaria que se cierne sobre el continente africano por el aumento en los precios de los alimentos, amenaza con detonar un problema migratorio que desplazará a millones que se sumarán a los 5.2 millones de ucranianos que salieron de su país por la guerra. De no atenderse se corre el riesgo de una crisis humanitaria en las playas del Mediterráneo europeo, se combine con una crisis económica de los países más endeudados de la región, que paradójicamente se encuentran en esa zona. Con esos problemas, el incremento en los precios de los alimentos y energéticos, supone un coctel explosivo para la región que posiblemente amenacen la cohesión de la misma. El reto que enfrenta el ECB es más importante que nunca.