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El Medioevo como aspiración
L

a duda, si es que todavía existía alguna, se despejó; la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos coartó el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, su reproducción y consecuentemente el de abortar. En una controvertida decisión que, en términos legales ha sido calificada confusa e incluso inconstitucional, en la que se anteponen los supuestos derechos de un feto a los de una persona, atropellando más de cinco décadas de lucha por mantener vigente la decisión Roe vs Wade que en 1973 ganó la protección al aborto, una de cuyas bases es la enmienda 14, que protege el derecho a la privacidad de todos los individuos y otorga igual protección de las leyes. Confirma, además, lo que pudiera ser el inicio para restringir otros derechos humanos que han sido motivo de lucha durante años, la defensa de una de las libertades más preciadas de los seres humanos, la de decidir sobre su orientación sexual y su propio cuerpo. En una palabra, confirma el regreso a las calendas, auspiciado por un grupo de individuos que, a fin de cuentas, integran la Corte Suprema más conservadora de este país en muchos años.

La decisión también será una referencia para juzgar en toda su dimensión el legado de Donald Trump, derivado del nombramiento de tres jueces conservadores que rompió el precario balance que daba a la Corte la icónica imagen de imparcialidad y equilibrio entre dos ideologías opuestas. El propio Trump festejó la decisión cuando dijo que él había sido el artífice al haber nombrado a los tres jueces que, sumados a los otros tres conservadores, posiblemente destruyeron la precaria confianza que millones de estadunidenses tenían aún en el máximo tribunal.

Es un triunfo también para uno de los más maquiavélicos legisladores que han pasado por el Senado, Mitch McConnell, quien perpetró la integración de esta Corte, incluso antes de la llegada de Trump a la presidencia, cuando como líder en el Senado negó al presidente Barack Obama el derecho a proponer uno de los jueces de esa institución, quien pudiera haber jugado un importante papel en el balance del tribunal supremo.

La lucha pasará ahora a cada uno de los estados a los que la decisión de la Corte cedió el derecho a decidir sobre la vida de los millones que han aspirado a vivir en una sociedad con menos prejuicios, más moderna, ecuménica, y menos confesional, las mujeres en primer término. La mitad de los estados, cuya mayoría es republicana, ya habían emitido normas restringiendo el aborto, en contravención de la decisión que desde 1973 lo garantizaba en el plano federal. Hoy, con su decisión, la Corte ha dado el aval a las más caras ambiciones por fortalecer el conservadurismo en el país. Los augurios no son nada halagadores para buena parte de la sociedad que creyó caminar por la vía heredada de sus antepasados más ilustrados. Hoy advierte con evidente desánimo y pesimismo cómo el tiempo no sólo se ha detenido, sino que ha retrocedido.

A la larga lista mencionada sobre las decisiones que esta Corte pudiese asestar en un futuro no lejano para cimentar el conservadurismo, están el matrimonio entre personas del mismo sexo, acción afirmativa, desregulación mercantil y financiera, inmigración, cambio climático, etcétera. Son sólo algunas de las facturas que los conservadores más rabiosos intentarán cobrar a una nación que osó desafiar a las hordas de hunos que intentan convertir al país en un reino medieval.

Paradójicamente, la decisión de la Corte abrió las posibilidades para que el Partido Demócrata recupere un liderazgo que, por diferentes circunstancias, perdió en la carrera para renovar el Congreso en noviembre. Tiene razón su lideresa en el Congreso, Nancy Pelosi, cuando figurativamente declaró que en ese mes los derechos de las mujeres estarán en las boletas de votación. El único problema para los demócratas será el lugar que en las boletas ocupen los derechos de las mujeres y cuál el de la inflación y la economía.