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Desde este espacio seguro, puedo contar mi experiencia

“Cuando entramos al asilo teníamos mucho miedo, era llorar y llorar, pero de tristeza, de incertidumbre. Acá se me quitaron mis miedos

 
Periódico La Jornada
Lunes 20 de junio de 2022, p. 14

No todas lo logran, sé que soy una sobreviviente. Pude escapar de mi agresor, y ahora, desde este espacio seguro, tengo la oportunidad de contar mi experiencia. Hace unas semanas, todo fue diferente. Ese día, cuando mi ex pareja, por poco y me quita la vida; cuando intentó matarme, ella tuvo la certeza que no habría un día después.

No fue así. Herida y confundida, le prometió a ese hombre que no lo denunciaría, pero sólo fue una forma de ganar tiempo, y huir. Tras la atención médica, fue canalizada a un refugio para mujeres que, como ella, se enfrentaron agresiones extremas: violencias feminicidas.

Sofía –nombre ficticio– cuenta a La Jornada, que con esa persona compartió pocos años. Dice que esa fue la primera vez que me agredió; intentó ahorcarme, me picó con un cuchillo, me rajó la cabeza con un machete, que afortunadamente no tenía mucho filo. Jamás pensé que esta persona me fuera a agredir de esa forma. Por poco, no estaría contándolo ahora.

En una visita a uno de los 75 refugios y espacios de atención de la Red Nacional de Refugios (RNR) en un estado del país, el cual se pidió no revelar por razones de seguridad para las mujeres que allí habitan, Alejandra, otra residente, también batalla para contar lo que vivieron ella y sus hijos. Como a Sofía, le cuesta recordar algunos aspectos de los hechos. Su mirada se pierde en algún punto de la habitación, que ahora comparte con sus hijos, y que es su nuevo hogar. Finalmente dice que un familiar que compartía la casa en que vivían violó a su hija adolescente. Lo denunció penalmente.

Yo sentía mucha culpa, pensaba que eso pasó por dejarla sola, porque yo me iba a trabajar, pero gracias a mi sicóloga (que le proporciona el refugio), pude verlo de otro modo, y ya no sentir esa culpa.

Comenta que “de ese agresor yo no sufrí violencia, pero temía por la vida de mis hijos; buscamos apoyo y llegamos aquí, al refugio. Si ves que se me salen las lágrimas, es porque estoy muy contenta y muy agradecida de todos los que aquí nos acompañan. Es un ambiente acogedor. Estamos agradecidos por todo.

Cuando entramos al refugio teníamos mucho miedo, era llorar y llorar, pero de tristeza, de incertidumbre. Acá se me quitaron mis miedos. Tenemos una sicóloga para adultos y otra para niños. Aquí nos sentimos protegidos. Tengo una abogada que lleva mi caso, que me asesora.

Sofía ha aprendido que como mujeres valemos mucho. Ahora entiendo que por el miedo y la manipulación no denunciamos, pero que es mejor hablar a tiempo, porque muchas mujeres por estas situaciones llegan a perder la vida.

Expone que el ingreso a los refugios es voluntario. Es un área protegida, un lugar donde podemos estar seguras, mis hijas y yo. Sé que aquí él no me puede encontrar. No puede maltratar a mis hijas, y no puede volver a maltratarme. Allá afuera sí me siento insegura.

Alejandra admite que antes sentía que no valía nada, y hoy me siento una mujer fuerte, incluso hasta mis hijos ya no son los mismos de hace dos meses, han cambiado mucho y Sofía, conmina a otras congéneres que vivan experiencias similares a darnos cuenta que tenemos derechos como mujeres, y no debemos permitir que nos violenten. Las terapias le han hecho entender que es importante aprender a quererte y a valorarte, para que cuando llegue el momento de conocer a otra posible pareja, detectar las señales que indican que la relación puede ser abusiva, y alejarse, no dejarse manipular.

 

Atención integral

Ana Wolf, directora del refugio, cuenta que aplican un modelo de atención integral “propio, que está basado en el emitido en 2011 por el Instituto Nacional de las Mujeres. Lo retomamos y trabajamos en él constantemente. Se ha estado evolucionando, adaptándolo a la población residente.

Cuenta con cinco áreas de atención: sicología para adultos e infantil, medicina, atención jurídica y educación, pero también se imparten talleres para desarrollar habilidades para el trabajo, a fin de prepararlas para cuando dejen el refugio, tengan independencia económica. Hay talleres de corte y confección de blancos (sábanas, cortinas), de ropa y compostura de prendas y reparación de electrodomésticos, pero también de bisutería y estilismo.

También llevan yoga y un taller denominado entrevista de trabajo. Este último es para prepararlas en cómo solicitar un empleo. Orientarlas en el llenado de un cu­rrículo, y las preguntas y respuestas adecuadas que deben hacer y dar a posibles empleadores.

“Se les atiende de manera integral, no es sólo resguardarlas del peligro. Trabajamos su autonomía física, económica y emocional. La violencia tiene efectos terribles en su estado de ánimo. Muchas llegan con depresión, autoestima baja, con dificultades para vincularse con sus hijos, y las niñas y niños vienen muy inmaduros, con habilidades menores a las que les corresponden según su edad, tanto en motricidad, como lenguaje y en la parte académica, eso se va trabajando.

La RNR cuenta con espacios de alta seguridad, porque a veces las mujeres que llegan han tenido relaciones con personas involucradas con el crimen organizado. A ellas se las suele canalizar a refugios en estados diferentes, para un mejor resguardo, pero la decisión de trasladarlas, también es voluntaria. Si hay saturación en alguno de los espacios, se opta por llevarlas a otro refugio.

No obstante, siempre están preparadas por si se llegara a colar un agresor. Hacen simulacros en torno a esa posibilidad. En los refugios se cuenta con videovigilancia de áreas comunes y de ingreso. Se ven muchas puertas y ventanas con protecciones, no son visibles ni están identificados con nombres en sus entradas. Estos espacios salvan vidas, y para seguir cumpliendo ese propósito, el anonimato es esencial.