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Pax hispánica
L

a historia de la pérdida del norte de México en las guerras de 1836 a 1848 se presenta como una fatalidad: los libros hablan de un desequilibrio insalvable y de un destino ineludible, tan inevitable como nos pintan la caída de Mesoamérica en manos europeas. En realidad, varias veces la suerte en el campo de batalla pudo inclinarse por el bando mexicano, y la rápida ocupación de Nuevo México y California tiene una razón que casi nunca se cuenta. Dice Luis Fernando Granados: La guerra entre México y Estados Unidos (1846-48) ha sido un fenómeno extremadamente difícil de comprender porque al parecer no necesita explicación. ¿O no es un tanto absurdo imaginar que un conflicto militar entre ambos países pudo haber tenido otro resultado que la rápida y aplastante victoria estadunidense?

Con frecuencia se ha mostrado la guerra como un conflicto entre civilizaciones, como resultado del destino (manifiesto o no), de la superioridad del espíritu del capitalismo sobre el primitivo, atrasado, católico México. Pero Granados recuerda que el enfrentamiento entre México y Estados Unidos “es apenas la punta del iceberg del proceso histórico que transformó el subcontinente. De hecho, hasta que no se reconozca la centralidad de los pueblos indígenas en la configuración de América del Norte, cualquier explicación sobre la guerra de 1846-48 seguirá siendo parcial, incompleta y eurocéntrica.

Es importante tener presentes estas circunstancias pues de otro modo no se explica por qué la guerra duró tan poco tiempo, movilizó tan pocos efectivos militares, suscitó una reacción popular tan tibia en el país invadido, y cómo es que una y otra vez el ejército estadunidense estuvo cerca de ser derrotado; esto es, cómo es que uno de los acontecimientos más importantes en la historia de América del Norte se resolvió con tan poco bombo y platillo.

Las guerras posteriores en Estados Unidos (1861-65) y México (1858-67) fueron mucho más importantes en términos sociales y militares que ésta, que cambió las fronteras de América y cambiaría el equilibrio geopolítico mundial. Granados afirma que la derrota de México en esa guerra no se debió a la superioridad militar estadunidense. La guerra no se decidió en los campos de batalla ni en los salones de los políticos: Se decidió más bien en las planicies del norte y en los pueblos mesoamericanos, muchos años antes de aquella escaramuza en Carricitos [el pretexto de la guerra, en 1846]. Los responsables últimos de la transformación de América del Norte se parecían poco a esos hombres de exuberantes patillas retratados en los daguerrotipos de la época.

Desde la década de 1780 los comanches habían construido un imperio en las praderas. Las llanuras de Texas a Oklahoma eran suelo comanche. Los ejércitos estadunidenses se limitaron a ocupar la media docena de poblaciones mexicanas y a reclamar un territorio que no era de ellos, pero tampoco mexicano salvo en los mapas. La impotencia del Estado mexicano en 1846 no tiene que ver con los cuentos que se han contado, sino con los efectos de una guerra secular en que los estadunidenses acababan de aparecer como tercero en discordia (guerra que se resolvería décadas después con el exterminio del nómada, merced a la avalancha migratoria europea y al fusil rayado de repetición): La verdadera guerra por el norte de Nueva España había sido larga, sangrienta y desgastante. Y la habían ganado los comanches.

Al poniente y suroeste del imperio comanche vivían las menos organizadas pero no menos bravas naciones apaches, que en 1831, tras 21 años de firmar la paz con el imperio español (luego de que en México, Sevilla y Madrid se comprendió que esa guerra no podía ganarse), reiniciaron la guerra, ahora contra México. Cuenta Víctor Orozco: “A partir de 1831 Chihuahua vivió el conflicto armado más largo y devastador de su historia [...] el que dejó huellas y marcas más profundas. [...] no hubo esfera de la sociedad donde no se resintieran sus efectos… las guerras indias constituyen el proceso histórico regional más importante del siglo XIX […]

“Cuando se produjo la guerra entre México y Estados Unidos Chihuahua se encontró involucrado en una guerra que duraba ya cinco lustros […] la devastación de buena parte de la riqueza material y el cansancio por la violencia influyeron en el éxito de la campaña militar estadunidense”.

Estas propuestas suponen la existencia de una frontera española, lo mismo que la historia de la gran rebelión maya de 1848 a 1903 supone la dominación española de la Península de Yucatán. Es decir, supone la existencia de la Pax hispánica. En realidad, nunca existió tal cosa. Viajemos del norte al sur y al oriente: en el libro clásico de Antonio García de León encontramos la guerra permanente en la provincia de Chiapas y la frágil (a veces nula) presencia española en sierras como las de Querétaro o Nayarit y todo el oriente de la península de Yucatán.

Mientras sigamos contando la historia de este país sin los indios, los campesinos, las mujeres, los niños, los pobres, seguiremos sin entender nada.

Luis Fernando Granados, Poco ruido y muchas nueces, en Juan Ortiz Escamilla (coordinador), Guerra. Víctor Orozco, Las guerras indias en la historia de Chihuahua.