Opinión
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Temblando de frío: ómicron
S

igmund Freud escribió en 1920 más allá del Principio del placer, donde introduce la punción de muerte. En él se conjuntan de manera clara y original las diferentes formas de lo que suele llamarse lo negativo: odio, destrucción, agresión y sadomasoquismo. Punción de muerte, fuerza irrefrenable que se propone reducir en forma regresiva lo más organizado a lo menos organizado, las diferencias de nivel a la marginalidad, y lo vital a lo inanimado; la muerte como fin último. Punción de muerte que, silenciosa, emerge como energía destructiva que se vuelve sobre el otro o abre lo que de sí mismo proyecta en el otro.

Pero, ¿cómo trasmutar en lenguaje esa compulsión a repetir la destrucción, si no llega la conciencia y se ve obnubilada por el odio y el rencor? ¿Cómo transmutarla en lenguaje en negociación pacífica y racional, si el instinto de muerte es un reactivo al revés, una inapropiada visión retrospectiva de lo que es y no es?

El mundo se revela con ínfulas de urbanidad electrónica suprema, pero desmentida por la disonancia de la agitación estruendosa de las masacres, el hambre, las desigualdades brutales, las ejecuciones, las caravanas de marginados tratando de entrar a las naciones ricas, el ecocidio, la corrupción e impunidad y, por último, la nube invisible que se ha llamado covid-19 u ómicron que rebasan la razón. Sensación de fracaso e impotencia, en suma repetición inelaborable de la historia que se repite sin remedio. Por lo pronto, estamos prendidos y temblorosos de las fuerzas irracionales de la naturaleza con la pandemia.

La angustia e incertidumbre por los muertos de esta misteriosa enfermedad que ha dejado millones de muertos en el mundo, las posibles y terribles consecuencias paralizan, en estado de consternación de aparente no pasa nada. Perplejos y aturdidos ante la muerte los sentimientos que nos invaden hacia una espantable sensación de vulnerabilidad extrema. Las pérdidas se tornan depresión y los abandonos generan desconfianza y desorganización. El desvalimiento y el dolor se entremezclan mientras las listas de muertos van al alza.

Sin embargo, no podemos permitir que el dolor nuble nuestra capacidad de reflexión y menos aún que el rencor oscurezca nuestro pensamiento. Quizá lo más dramático y duro de aceptar es no haber aprendido de la historia de la humanidad. Seguimos dando vueltas en la noria, instalados en la compulsión a la repetición. Nuestra gran civilización no ha servido más que para matar de manera cada vez más sofisticada.

Las naciones progresaron y su avance material sirvió para proporcionar a sus pueblos medios más poderosos y sofisticados de destrucción (covid, ómicron), en cambio, su avance moral y racional no le ha servido para sostener la fraternidad entre los humanos y sí para confirmar que en el fondo de la persona se ocultan fuerzas irracionales que compulsivamente se repiten y tienden a la destrucción. Parece indudable que la raza humana no tiene remedio y que el proceso de evolución cultural es una ilusión. Los muertos aniquilan una vez más lo construido, determinando un nuevo caos acompañado de una estela de dolor que se convierte en traumas inelaborables que en los intentos fallidos de la resolución de lo traumático tenderán a repetirse una y otra vez.

¿Cuándo será el tiempo para reflexionar y no actuar por impulsos destructivos reprimidos y desplazados en el otro? ¿Cuándo, el tiempo de asumir con conciencia y no acicateados por el odio y las fuerzas irracionales ocultas desde donde actuar?