Opinión
Ver día anteriorLunes 29 de noviembre de 2021Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Aprender a morir

¿Para dónde hacernos?

P

ásele, a peso, a peso los virus. Llévese la versión más reciente de la temible amenaza nunca antes vista en el planeta: ómicron, el virus de letalidad aún no calculada, pero ya oportunamente difundida. Santígüese u organice novenarios entre familiares y amigos, pero rechace imitaciones o aproximaciones obsoletas, y favor de no confundirlo con la letra 15 del alfabeto griego y menos con el micrón o micra, esa modesta unidad equivalente a la millonésima parte de un metro. Nuevas restricciones dizque fundamentadas y graves trastornos de todo tipo reaparecerán en breve, pero se dice que durarán menos que los anteriores. Si bien algunos desinformados pretenden confundir al ómicron con la cuarta ola del añejo Covid-19 o con una variante sudafricana –tenemos variantes de diferentes regiones que iremos mostrando según convenga–, la realidad es que organismos tan confiables, rigurosos y congruentes como la Organización Mundial de la Salud y la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, reconocieron que el ómicron requerirá de vacunas, o lo que se le parezca, mucho más eficaces que las aplicadas para enfrentar el Covid. Afortunadamente, las farmacéuticas más prestigiadas, es decir, las más poderosas, ya trabajan a marchas forzadas para enfrentar a tan apocalíptica fuerza destructora con nuevos y más potentes inmunizadores, si bien sus efectos, como los de las vacunas previas, se desconocen.

Científicos-burócratas como Anthony Fauci, por fin reconocieron que el esquema de vacunación contra el Covid desde el principio debió plantearse con tres dosis, una vez comprobado que las dos aplicadas a buena parte de la población mundial no han bajado la incidencia de contagios, sino aumentado los casos en personas ya inoculadas. No que esas vacunas fallaran, sino que debieron aplicarse tres para que la inmunización amarrara, si no total, de perdis aproximada. Lo más grave es que locutores, opinólogos, jerarcas religiosos y funcionarios casi nos convencen de que vacunarnos es salvarnos de morir. Aquí es donde la puerca tuerce el rabo, damita, caballero, joven: ¡descrean!, pues no existe ningún medicamento contra nuestra condición de mortales, vacuna capaz de evitar a La Puntual, así que mientras la muerte llega, mejor dejar de hacerle el juego a esta pandilla de embaucadores y pensar por uno mismo.