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Juan Carlos Rulfo plasma en cinta el miedo y amor que había en las cartas enviadas a los enfermos de Covid-19
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▲ Fotograma de la película Cartas a distancia.
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Periódico La Jornada
Lunes 1º de noviembre de 2021, p. a11

Morelia Mich., Hace más de año y medio cuando la gente se tuvo que refugiar en sus casas por la emergencia sanitaria provocada por el virus Covid-19, la voz creativa del cinedocumentalista Juan Carlos Rulfo le susurró que tenía que hacer algo ante el evento, no podía quedarse ahí. El resultado de esa propulsión imaginativa es Cartas a distancia, que vio la luz en la reciente entrega del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) y que compite en la sección de documental mexicano.

Cartas a distancia es un valioso testimonio que retrata la forma en que la pandemia transformó las dinámicas de comunicación, traslado, trabajo e interacción. A través de las misivas que envían familiares a sus enfermos, se construye una historia acerca del aislamiento, el miedo y el amor.

Al principio, Rulfo no tenía claro qué iba hacer, pero la pandemia se fue acercando hasta que de repente la Ciudad de México se quedó vacía, cuando por lo general está atascada, hecha un desastre, un caos, aunque para mí es estéticamente fascinante. Entonces me di cuenta de que ese vacío también me resultaba seductor y todo comenzó con una toma aérea del Zócalo sin gente.

Cuando el director de En el hoyo pensaba qué hacer con todo lo que pasaba llegó la guionista Melisa del Pozo, quien había visto en la clínica 27 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) cómo los familiares pedían al personal médico que hicieran llegar cartas a sus enfermos de Covid. Melisa se enteró de todo ese asunto, porque el camillero Jorge es su amigo y él le contó. Todo este aspecto literario, volver a tomar la palabra, informarte por medio de las misivas de la situación que estaba viviendo la sociedad, no tanto lo mediático e infodémico, nos mostró por lo que pasaba la gente.

Precisamente, que los familiares hicieran el esfuerzo para enviar una carta, un mensaje en un botella de agua para su paciente fue uno de los motores que dieron forma a este trabajo de Juan Carlos Rulfo.

El también director de Del olvido al no me acuerdo reflexionó: Que todo sucediera tan de repente fue otro de los motivos, porque una película por lo general requiere un desarrollo del proyecto, una planeación, un guion, buscar financiamiento... esto no podía esperar, tenía que arrancar ya. Entonces nos fuimos a las rejas de la Clínica 27, yendo y viniendo a otros puntos de la ciudad para ver las otras historias. Así lo hicimos con un equipo interdisciplinario, con lo mínimo para estar en la calle, cuidarnos mucho, no exponernos.

Al mismo tiempo al equipo se le acercaba la gente, le contaba por lo que estaban pasando, qué mejores ingredientes para este trabajo. Es ahí donde me di cuenta de que esta infodemia de los medios se quedaba vacía ante la necesidad de las personas de comunicarse. La película viene a ser nuevamente eso: acercarse a la gente.

La sociedad está polarizada

Ya con las puertas abiertas y la confianza de las personas todo fluyó, porque, comentó el cineasta, en México no conocemos a nuestra gente, no estamos cerca de ella. La sociedad está polarizada, con miedo y la pandemia dio en el clavo en ese sentido, en la separación de las comunidades, acentuó la polarización y el temor entre unos y otros.

El educado ojo de Juan Carlos Rulfo vio que la pandemia fue muy cinematográfica. Me encantó. Finalmente, esos espacios permiten observar cosas que nunca volverán a suceder y hay que saber verlas sin la nota noticiosa, amarillismo u oportunismo.

Se refirió al trabajo con Del Pozo. Contó: “Investigó muchas de las cosas para el documental..., aunque sigo con muchísimas preguntas porque generalmente la gente es mi investigadora: toco la puerta, voy a las cárceles o esas cosas.

Además, al no poder meterse a los hospitales, Rulfo utilizó la empatía con la gente; los camilleros, que servían de carteros improvisados, también fueron cineastas, porque grabaron algunas tomas de la llegada del correo a las camas de hospital y el cineasta las montó. “Ves a las personas todo el tiempo escribiendo en sus celulares, ése es su diario, su cuaderno de notas, cómo me gustaría ordeñar todos esos teléfonos. Para Cartas a distancia, les decía a las enfermeras: ‘¿cómo le fue en su día, cuénteme...?’ El problema fue que cuando les pedía que fuera natural siempre se ponían muy impostadas, comenzaban a hacer cosas. En el caso de la protagonista Berenice se soltó el chongo y con ella nos quedamos”.

Se le preguntó a Rulfo que si en ese momento pensó que era el principio del fin. Respondió: Lo vi con mis hijos, las preguntas y respuestas iban desde: ¿cuando voy a poder ver a mis amigos?, tal vez en dos meses más. La situación se ponía más cruda; ya no iban a ir a la escuela, llegó septiembre y no regresaron. Llegaron las vacaciones y fuimos por ahí cerca. Nos encerramos lo mejor posible. Después llegaron las nuevas variantes. En fin ellos, mis hijos tenían la esperanza de que las cosas se normalizaran algún día, cuándo, no se sabía.

Rulfo concluyó: “Cómo dice doña Mari en el documental: ‘Pues quién sabe nos están echando inyecciones al aire. Igual me caigo hoy y se llamaba Mari. Todo puede ocurrir, pero que me digan que no voy a poder saludar a la gente, pues cuál será la nueva vida que vamos a tener’. Y eso es un poco el punto porque esa nueva vida ya existe. ‘Aléjate de la calle, no te acerques a ese lugar y ten miedo’. Acabo de regresar de un viaje no turístico por Europa y su realidad es terrible, hay un miedo interiorizado; tu peor enemigo es el vecino porque es quien te delata. No hay desobediencia y ésta es muy importante, porque cuando se rompen las reglas es cuando hay progresiones y cambios en la sociedad”.