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El misterio de las calles
C

ercana a la calle donde habito, la de Bièvre parte del Sena y termina en el bulevar Saint-Germain. En innumerables ocasiones he recorrido sus 150 metros. A la mitad de esta callejuela se extiende un pequeño jardín, hoy llamado Danielle Mitterrand, el cual separa un edificio de una casa de dos pisos. En el inmueble, visité muchas veces al gran estilista y amigo Tan Giudicelli. En la casa adquirida por el ex presidente François Mitterrand, cuando la callejuela era aún refugio de marchantes de chatarra, pude platicar con Danielle, quien no dejaba de mostrarme su interés por México y por la suerte del subcomandante Marcos. A un extremo de esta callecita vivía la encantadora viuda del escritor Max-Pol Fouchet, autor de Le Mexique que j’aime. Al acompañarla a su puerta, noté que madame Fouchet echaba una mirada de reojo, huidiza, hacia las rejas de un terreno baldío cubierto de matas. Una señora de su edad podía temer un ladrón al asecho.

Esta calle, una de las más antiguas de París, toma su nombre del río Bièvre, cuyo cauce fue cubierto hace tiempo. La historia de la callejuela remonta al siglo XI. Parte del viejo laberinto de esta ciudad, es estrecha y oscura. Los edificios que se levantan en sus aceras arrojan sus sombras a lo largo del callejón. El mismo jardín es umbrío. El callejón debe haber conocido periodos de esplendor y de miseria. Todavía hace medio siglo, las paredes de sus edificios eran leprosas y sus habitantes pululaban en los cuartos tan numerosos como mugrientos. El espacio del jardín estaba ocupado por una barraca vetusta demolida para permitir a François Mitterrand la apertura de una ventana en su estudio. Hoy es uno de los callejones donde el metro cuadrado es de los más caros de París.

Las viejas calles tienen sus fantasmas y sus historias, como bien narra en estas páginas Juan Becerra Acosta en sus Relatos del Ombligo sobre las de la Ciudad de México. Misterios y leyendas de París tienen sus calles. A finales del siglo XII, un ilustre proscrito llega a París y se instala en la calle de Bièvre, cercana a la de Fouarre, donde asiste, sentado en la paja como otros estudiantes, a los cursos de filosofía del profesor Sigier, de quien habla en el Canto X de su Divina come dia. Dante Alighieri tiene 29 años en esa época.

Más tarde, en el siglo XVII, la calle acogerá a la célebre envenenadora, la marquesa de Brinvilliers, temida incluso por su amante y cómplice, pues el círculo de gente envenenada no paraba de extenderse alrededor de la joven aristócrata, quien asesinaba a cuanta persona pudiera sospechar de su virtud.

Muchas son las historias ocurridas en esta callecita solitaria. La más misteriosa es la del terreno baldío. Un caminante puede preguntarse cómo se halla al abandono un terreno donde podría construirse un caro edificio de departamentos. Si la curiosidad cosquillea al paseante, podrá mirar a través de las rejas y descubrir, si tiene suerte, un auto cuya placa lleva los números 666 atribuidos al diablo en la numerología. La leyenda cuenta la maldición del gitano de la calle de Bièvre. Un viticultor hereda un bistró en esta callejuela y se instala con su joven esposa en ese lugar. Celoso, descubre a su mujer con un gitano que le lee las cartas, ataca al hombre acompañado por su perro. Antes de huir, el extranjero apunta con uno de sus dedos al animal y murmura un conjuro. El perro muere días después. Cuando el bohemio reaparece en el lugar, el cantinero lo insulta y lo agrede. El gitano apunta su dedo entre conjuros balbuceados hacia el celoso, quien morirá pronto. Cuando la mujer se fuga con el lector de buenaventura, el bistró queda al abandono, lugar temido por los vecinos. En 1943, los alemanes envían unos soldados a inspeccionar el bistró. Todos morirán enseguida. Se decide demoler la construcción. A la fecha, no puede ser vendido sin especificar la historia en el contrato. De lo contrario habría vicio escondido, para no decir diablo al acecho.