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La Decena Trágica no fue como nos la contaron
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implifico para ilustrar: Madero era tan tonto que le dio el mando a Huerta sabiendo que lo iba a matar. Exagero un poco, porque eso es lo que dicen: contábamos hace 15 días que Bernardo Ibarrola muestra que no se ha escrito una historia militar de la Decena Trágica que se tome la molestia de analizar, confrontar, contrastar las fuentes militares para llegar a interpretaciones y conclusiones que se desprendan de ellas. Y sugiere cinco rutas para hacerlo:

Primera: armas. Tendrá que considerarse con todo detenimiento la superioridad en lo que se refiere a materiales de guerra adquirida por los rebeldes al tomar el control de la Ciudadela, que era el único depósito de armas y municiones del Ejército Mexicano, y las posibilidades operativas de ambos bandos en función de las armas que poseían.

En la Ciudadela había más de 40 cañones y 120 ametralladoras, con proyectiles y municiones de sobra. Los cañones de la época tenían un tiro preciso (lo mostraron los golpistas al destruir quirúrgicamente el reloj Turco, el reloj Chino, la casa de Madero y el diario maderista Nueva Era) de hasta 5 mil metros de alcance, sin contar con las granadas de fragmentación. Las ametralladoras podían barrer sin dificultad cualquier ataque frontal que se lanzara contra el edificio. Lo primero es lo más importante: en menos de cinco minutos, los golpistas podían destruir casi toda la Ciudad de México con sus cañones.

Segunda: personas. ¿Cuántos, quiénes, dónde? Hay que investigarlo en serio. Tercera: espacios. A pesar de la gran cantidad de estudios realizados al respecto, la Decena Trágica nunca se ha mostrado o explicado seriamente en un mapa.

Cuarta: operaciones. Los comentarios militares de la Decena Trágica, cuando se hacen, parten de comparaciones que carecen de lógica y de sentido, como muestra muy bien Bernardo Ibarrola, con una muy bien fundamentada reflexión, que nos lleva a dos conclusiones: una, la inexistencia (otra vez) de una investigación auténtica sobre los hechos; y dos, que el terror sembrado entre la población civil parece haber sido más importante para el rumbo que tomaron los acontecimientos, que las operaciones militares.

Quinta y última: explicaciones. Si una historia militar en forma sobre la Decena Trágica revelara que contra lo que nos han contado, los golpistas encerrados en la Ciudadela eran una amenaza verdadera para el gobierno de Madero, y que la situación militar llegó a un punto muerto en el que ninguno podía vencer rápidamente al otro, entonces será necesario replantear y reinterpretar mucho de lo ocurrido durante aquellos días: Madero y su gobierno en un predicamento político-militar prácticamente irresoluble. O al menos, irresoluble en el corto plazo y sin un elevadísimo costo político militar.

Con base en lo que Ibarrola ha avanzado en esas cinco rutas, sugiere (en realidad podría asegurarlo, pero como buen historiador prefiere sugerir) que si se investigara seriamente lo ocurrido en esos días de febrero, que si entendiéramos que la rebelión de la Ciudadela significó una amenaza militar real, comprenderíamos que las maquinaciones de Huerta y la ingenuidad de Madero resultan menos evidentes. Diría yo: en realidad no hay tales, al menos antes del ultimátum que se le planteó a Huerta el 17 de febrero.

Dicen que Madero gobernó con el aparato político-militar del porfiriaro. Es falso. Dicen que Madero traicionó las demandas sociales contenidas en el Plan de San Luis. Es falso. Dicen que Madero era tan tonto que le dio el mando a Huerta sabiendo que lo iba a matar, dije al principio. Es falso.

¿Cómo contarles? Madero remplazó en el alto mando del Ejército a los porfiristas por militares profesionales. Remplazó a la gendarmería y los rurales por irregulares maderistas. Remplazó a todo el personal ejecutivo de los cuatro niveles de gobierno… pero con base en una explicación que tiene más de 100 años (y que Ibarrola desglosa con agudeza en su artículo), seguimos pensando en él como el ingenuo… en el mejor de los casos.

El 9 de febrero de 1913, Madero entregó el mando militar de la Ciudad de México a quien había que entregarlo. El 17 de febrero cedió a la presión de los políticos que no entendían la complejidad de las cuestiones militares del momento, porque seguían pensando en los términos de 1871, cuando un general leal le arrebató a viva fuerza la Ciudadela a militares golpistas. Quizá entonces, ese 17 de febrero, ante un ultimátum imposible de cumplir (conquistar la Ciudadela en 24 horas), nuestro prototipo del Traidor, nuestro Chacal, hizo caso a las brujas que le susurraban al oído: salve, Victoriano: serás rey.

Y sé que sigo arando en la mar: sé que mis queridos lectores seguirán pensando que Madero era un ingenuo.

Aquí el artículo de Ibarrola: https://cutt.ly/3zjNwrj

Twitter: @HistoriaPedro