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Relatos del ombligo

El tesoro de un amor que yace en Corpus Christi

D

urante el virreinato en la Nueva España los conventos se convirtieron en refugio para muchas mujeres que, al carecer de derechos civiles y jurídicos, encontraron en la reclusión dedicada al dios que trajeron los españoles a México, seguridad, ocupación y hasta orgullo para sus familiares que, al tener a una hija en el convento, ganaban prestigio. Aunque no tan costoso como la dote de matrimonio, barato no era mandar a una hija de monja, menos si el convento en cuestión contaba con comodidades y lujos para sus ocupantes y, si bien en la Nueva España había conventos en los que profesaban novicias de distintas clases sociales, hasta el siglo XVIII ésta era una posibilidad negada a las mujeres indígenas que tenían como única posibilidad conventual servir y atender, casi en esclavitud, a religiosas peninsulares, criollas, y –pocas– mestizas.

En 1720, por indicaciones del virrey Baltasar de Zúñiga y Guzmán, comenzó a construirse frente a La Alameda, a cargo del arquitecto Pedro de Arrieta, el convento de Corpus Christi; fue el primero en aceptar a mujeres indígenas –hijas de caciques- como monjas, lo que ayudó, casi 200 años después de la conquista, a impulsar un tardío debate -que hoy continúa- sobre el mundo indígena en la entonces Nueva España.

Don Baltasar de Zúñiga y Guzmán, duque de Arión y marqués de Valero, fue el segundo hijo de una familia de la nobleza española. De él podemos decir que se convirtió en un exitoso político siempre al servicio de la monarquía, y que ocupó, entre otros, los cargos de consejero de Indias, virrey de Navarra, de Cerdeña y, tras su nombramiento, en 1715, fue el trigésimo sexto virrey de la Nueva España, y el primero en hacerse cargo de esta posición sin haber contraído nupcias, a pesar de tener, para aquel entonces, 57 años cumplidos.

La soltería de don Baltazar le permitió dar rienda a su conocida –y también criticada– afición de acompañarse por distinguidas damas a quienes muy bien trataba, aunque de ellas fácil se aburría. Relata Artemio del Valle Arizpe, en su crónica Ojos, herido me habéis, que en una ocasión el virrey asistió a una misa solemne en Catedral donde cruzó miradas con una joven que, sin conocerla ni saber su nombre, lo enamoró como nunca antes le había sucedido. Quedó tan embelesado que durante un buen rato no supo más de sí, ni tampoco de ella, porque la perdió de vista.

A las pocas semanas, mientras descansaba en uno de los balcones de Palacio, el virrey se percató de que, al interior de un carro tirado por caballos, paseaba por la Plaza Mayor, suntuosamente vestida y enjoyada, la misma dama que había visto en Catedral y que ocupaba sus pensamientos día y noche. Al preguntar la identidad de su enamorada supo que, de nombre Constanza Téllez, tenía una razón de peso en portar tan finas ropas y alhajas: estaba tomando tres días de libertad del claustro para dejar de ser novicia y profesar.

Ante tal noticia, el virrey tuvo tal decaimiento que perdió la voluntad de asistir a sus tan gustadas fiestas y gozosos paseos; casi no hablaba y se la pasaba meditabundo. Supo que Constanza cambió su nombre por sor Marcela del Divino Amor, y que vivía en el convento de Santa Isabel –justo donde hoy se levanta el Palacio de Bellas Artes. El duque de Valero no se conformó con la realidad que le tocó enfrentar; tenía muy en claro que, de una manera u otra, no sepultaría aquel sentimiento que tanta vida le generaba, así que, sin desafiar la sagrada vocación religiosa de sor Marcela, decidió que no por ser ella monja, y menos siendo él virrey, se perdería de amarla; de alguna manera tendría que sublimar su deseo de tenerla siempre cerca.

Se dice que Don Baltasar fundó el convento de Corpus Christi para que ahí viviera sor Marcela, a quien colmó de regalos. También se sostiene que la verdadera razón fue para dar gracias por haber sobrevivido, justo un día de Corpus, a un atentado perpetrado por un joven militar que habría escapado del hospital de San Hipólito –donde recluían a los enfermos mentales–, lugar al que en un acto de clemencia, el virrey lo regresó en vez de condenarlo a la muerte.

Haya sido como haya sido, sor Marcela del Divino Amor se trasladó del convento de Santa Isabel al de Corpus Christi, donde recibió las atenciones del virrey de Zúñiga y Guzmán hasta 1723, cuando regresó a España para ser nombrado presidente del Consejo de Indias. En 1727 don Baltasar murió; en su testamento dejó, en clarísimas instrucciones, su voluntad de que le extirparan el corazón, lo introdujeran en un pequeño cofre de plata y lo enviaran a reposar eternamente en el presbiterio del templo de Corpus Christi para que estuviera lo más cerca posible de la mujer a la que, por tenerlo prohibido, no pudo amar con el cuerpo, y tuvo que conformarse con hacerlo únicamente con el pensamiento.

El cofre de plata con el corazón del virrey de Zúñiga y Guzmán fue hallado en 2005 durante una restauración; en él se lee en latín el epígrafe: Donde esté su corazón, estará su tesoro, corazón que prefirió estar sin cuerpo que lejos de su amor, y que, paradójicamente, yace en Corpus Christi, hoy sede del archivo general de notarías de la Ciudad de México.