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¿El ídolo copió al discípulo?
J

air Bolsonaro jamás ocultó su idolatría por Donald Trump, y trata de imitarlo sin límite. Como su mentor y guía, ignoró la pandemia, llamó al Covid-19 gripecita, instó a todos a mantener una ‘vida normal’ y se opone a las medidas de aislamiento social.

Contra toda evidencia defiende el uso de la cloroquina contra el coronavirus (el pasado jueves llegó al colmo de decir que se trata de ‘un regalo de Dios’), pese a que incluso Trump abandonó su defensa.

Tal como Trump, su imitador persiste en la postura de negar lo que dice la ciencia y desprecia a los débiles que usan mascarilla. No sin razón, los dos presiden los países con mayor número de víctimas fatales de la pandemia: más de 200 mil en Estados Unidos, más de 145 mil en Brasil. Son ejemplos redondos de conducción criminal frente a una enfermedad devastadora.

La vida, en todo caso, tiene sus ironías: ahora le tocó a Trump seguir a su más dedicado imitador. Él y su mujer, Melania, fueron alcanzados por el Covid-19, como había ocurrido con Bolsonaro y Michelle.

Hay, sin embargo, diferencias profundas entre ídolo y discípulo; para empezar, la edad: Trump tiene 74 años, su reflejo tropical 65. Además, es obeso y, por ello, más susceptible a que la enfermedad se agrave. Y, ah, sí: no usó cloroquina.

Es un descerebrado como su imitador, pero peligrosísimo, al menos para Brasil; aunque más allá de las fronteras es sólo una figura patética.

Otra diferencia: Trump es candidato a la relección y es imposible saber qué consecuencias sufrirá junto al electorado a partir de la noticia de que él, que jamás adoptó alguna medida preventiva, está infectado.

Y ese punto es vital para el aprendiz de genocida brasileño: una victoria del demócrata Joe Biden llevaría a un vuelco drástico en las relaciones bilaterales.

De la vejatoria sumisión frente a Washington se pasaría a una nueva etapa, de claro alejamiento o quizá antagonismo.

En el debate del pasado martes, Biden externó duras críticas a la cuestión ambiental en Brasil. Mencionó la posibilidad de sanciones económicas y también se dijo dispuesto a dar recursos a entidades no gubernamentales para combatir la devastación.

Bolsonaro contestó al día siguiente negando lo que es obvio, palpable y visible.

Luego sustentó la necesidad de preparar las Fuerzas Armadas frente a eventuales amenazas de alguna potencia extranjera que pretenda hacer alguna tontería por aquí.

En sus más desvariados delirios, Bolsonaro hizo alarde de una fuerte amistad con su ídolo. Nunca obtuvo siquiera vestigios de ventaja en la relación bilateral –todo el revés– por la sencilla razón de que tal amistad nunca existió y porque Trump ignora olímpicamente a su imitador.

La eventual victoria de Binden tendría duras consecuencias en las relaciones con Brasil. La manera en que Bolsonaro miente con relación a lo que ocurre en la Amazonia y en la vasta área del Pantanal, mientras su gobierno avanza en la anulación de una serie de medidas de protección al ambiente, no será ignorada como ocurre con Trump.

En septiembre hubo un aumento de 180 por ciento de incendio en el Pantanal, la mayor región inundada del mundo y que abriga flora y fauna riquísimas que están siendo diezmadas. Fueron 8 mil 106 focos, una marca histórica.

Lo más dramático es que el gobierno firmó hace dos meses un decreto para prohibir rigurosamente quemas en la región. Una vez más, queda claro que la hipocresía es parte de los hábitos cotidianos del ultraderechista que preside este pobre país.

La acción descontrolada y predatoria de madereros y mineros en reservas indígenas y áreas de protección ambiental en medio a la pandemia provocará reacciones de Washington, en caso de una victoria del demócrata, tal y como el mismo Binden dejó más que claro en una serie de duros pronunciamientos sobre el tema.

Las mentiras delirantes de Bolsonaro ya no pasarán en blanco como ocurre con Trump, cuyas preocupaciones transcurren a millas marítimas de distancia de todo lo que se refiere al medioambiente.

Al Trump tropical le queda una esperanza: que su ídolo se alivie. Y que, tal como ocurrió con el derechista británico Boris Johnson, quien también fue a parar a una unidad de terapia intensiva por Covid-19 tras desdeñarlo, recupere popularidad.

No deja de ser una esperanza para el aprendiz de genocida, quizá la única.