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Despertar en la IV República

Americanización de México en nuestra generación

N

uestra relación con Estados Unidos ha sido intensa y contradictoria. La americanización (influencia cultural decisiva) de México, que coincidió con la del mundo, comenzó su apogeo con nuestra generación: la de la decadencia de la Revolución. Nacimos entre 1930 y 1945 y ahora tenemos entre 75 y 90 años.

Nuestra infancia fue contemporánea con los regímenes de Roosvelt y de Cárdenas y con la Segunda Guerra Mundial. Fue una época benévola, tuvimos el apoyo norteamericano en la Expropiación Petrolera y apoyamos con mano de obra a la economía estadunidense cuando sus trabajadores se fueron a la guerra.

En nuestra adolescencia, digamos hacia los años 50, la americanización de los emigrantes mexicanos que regresaron se hizo muy fuerte en el norte y en el centro del país. Estados Unidos impulsó la industrialización y la urbanización de México, preferimos el crecimiento de las ciudades y abandonamos el campo. Primero el radio y después las revistas produjeron un alto impacto del estilo de vida del aquel país sobre el nuestro. Empezamos a copiar patrones, aspiraciones y vicios de aquella sociedad. Una influencia fuerte la resentimos en una copia servil de su mediocre televisión.

La americanización extralógica se volvió muy amplia. Las clases mas altas empezaron a enviar a sus hijos a las universidades estadunidenses y también sus ahorros a los bancos de esa nación. Washington empezó a otorgar becas a estudiantes mexicanos que no pertenecían a las clases altas. Hay que apuntar la creciente influencia mexicana hacia Estados Unidos, sobre todo a los estados del sur. Fue en la siguiente generación a la nuestra que la americanización se volvió política de Estado. Nosotros mantuvimos un nacionalismo cada vez más reactivo pero operante incluso al nivel del gobierno. Salinas decidió integrar a México a Norteamérica y someterse a sus políticas. Sin embargo, el nacionalismo no se extinguió y aún actúa. Este nacionalismo tendrá que sufrir un ajuste.

Es inevitable que aceptemos que somos socios y vecinos de la más grande potencia militar y política de la historia y que ésta ha empezado a dar señales de decadencia: ha tenido pérdidas grandes en el comercio mundial y en su hegemonía política.