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Del Black Power al Black Lives Matter
E

n el glosario del pensamiento político occidental figuran dos palabras perturbadoras: raza y nación. Y si ambos vocablos van acompañados del sufijo que las convierte en doctrina (racismo, nacionalismo), cualquier debate teórico en torno a ellas dificulta consenso alguno.

En cambio, otras palabras del mismo glosario (con o sin sufijo), admiten cierta flexibilidad a la hora del debate. V. gr.: democracia, libertad y, por sobre todo, la que cautiva por su alcance seductor: tolerancia. Todo esto, idealmente concebido.

Pero en 1972, poco antes de la persecución de la que fue víctima, la activista y feminista Angela Davis dijo en la disertación del curso sobre Los temas filosóficos recurrentes en la literatura negra, en la Universidad de California:

Una de las más agudas paradojas presentes en la historia de la sociedad occidental es que, mientras en un plano filosófico la libertad ha sido delineada del modo más elevado y sublime, la realidad concreta ha estado permeada siempre por las formas más brutales de dependencia, de esclavitud. Para entonces, Malcolm X y Martin Luther King habían sido asesinados por la FBI, dirigida desde 1924 por John Edgar Hoover, durante 48 años ininterrumpidos.

Malcolm X (1925-65) presidía la organización negra Pro Unidad África-América; Luther King (1929-68) fue Premio Nobel de la Paz (1964), y Hoover, modelo emblemático de supremacismo racial, homofobia y anticomunismo feroz, lucía con orgullo la Medalla del Bienestar Público, otorgada en 1939 por el progresista presidente Franklin D. Roosevelt.

Dos Américas: la de los blancos (explotados o no), y la de los negros que incluía a descendientes del genocidio indígena, junto con los mal llamados latinos de origen hispanoamericano.

La primera, bendecida por la paradoja que Angela Davis señaló en su disertación. Y la segunda, resumida en el comentario de Luther King a un colaborador, luego de que los negros echaron fuego a Chicago en 1966: Creo que he cometido un error. He subestimado la profundidad del odio que existe en Estados Unidos (Julius Lester, Notas revolucionarias, Ed. La Flor, Buenos Aires, 1970, p. 96).

Julius Lester (1939-2018) fue uno de los cerebros del Black Power (expresión acuñada en 1965 por Stokely Carmichael) y estuvo presente en la primera sesión del Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra, que en mayo de 1967 se reunió en Estocolmo para estudiar las pruebas y juzgar a Estados Unidos en la guerra de Vietnam.

Creado por lord Bertrand Russell (matemático, filósofo, Nobel de Literatura 1950), el tribunal contó con la presencia de Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Isaac Deutscher y otras personalidades de la época. Y allí, el joven Lester (28 años) se confrontó con las tres organizaciones de negros estadunidenses representadas en el tribunal, que, a su juicio, eran las que más habían hecho para oponerse a la celebración del foro.

Deutscher protestó: Confío, señores, en que no introduciremos la raza en esta discusión. Y, cerrando filas con el marxista polaco, Sartre añadió: Estados Unidos no es el centro del mundo. Lester respondió al gran filósofo: “No, no es el centro. ‘Es’ el mundo”.

Sofocado, el señalamiento quedó ahí. Pero Lester escribió después: El tribunal se dirigía al gobierno de Estados Unidos, a la prensa y a Europa. Que es lo mismo que si Stokely convocara a una conferencia de prensa sobre el poder negro e invitara sólo a la prensa del Ku-Klux Klan, y esperar que ella le explicara a los negros el Poder Negro ( op. cit. p. 28).

Agregó: “El tribunal fue un acto de conciencia de los radicales europeos que trataron de afectar a la opinión pública occidental… En muchos casos, el tribunal se dividió netamente en dos sectores: los europeos contra el resto… El tribunal actuó como si la guerra fuera a ser detenida en el Boulevard de Saint Germain-des-Prés… Nunca estuve seguro de qué le importaba a los europeos. Quizá lo único, fuera su propio compromiso intelectual”.

En 1962, otro escritor negro, Leroi Jones (1934-2014), había escrito en uno de sus ensayos: A nuestra civilización occidental, alimentada exclusivamente en los últimos 500 años con la retórica humanista del Renacimiento, le es casi imposible entender las luchas de los pueblos esclavizados para liberarse ( De vuelta a casa, Ed. La Flor, Buenos Aires, 1969, p. 59).

Y entre ambas Américas, Wall Street empezó a fortalecer otra, intermedia: la del “bondadoso síndrome liberal/misionero que permite decir casi todo lo que uno quiere, siempre que no se amenace con ‘hacer’ algo (y que…) a los estadunidenses más represores dirá: ‘Estas protestas son buenas para los negocios’” ( ibidem, p. 81).

A mediados del decenio siguiente, los movimientos pacíficos o violentos de Estados Unidos habían desaparecido. Y en su lugar, el eslogan Black is beautiful ocupó el escenario político.