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El estante de lo insólito

Helio Flores: La permanencia de El Hombre de Negro

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Ilustración Manjarrez / @Flores Manjarrez

“Combinar cantidad con calidad es algo que muy pocos logran. Que de 300 cartones hechos al año haya 250 muy buenos, yo creo que sólo lo consigue Helio Flores, el xalapeño que –para mí– es lo mejor que se ha dado en México en la caricatura política. Y estoy hablando de toda la historia de la caricatura mexicana.” Eduardo del Río, Rius.

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etrás de una cabellera abultada, con líneas infinitas de cruces como los propios sombreados de sus trabajos, con esa mirada que escudriña tras bifocales prístinos, el caricaturista xalapeño ve cosas particulares donde otros sólo siguen la crónica de los acontecimientos. Detrás de un discurso simple, él aprecia una línea política que probablemente modificará acontecimientos centrales de la vida nacional. Se acostumbró a ver entre líneas y a comprender que los subtextos pueden ser la verdadera historia; que la industria, la política y las decisiones claves de una nación pueden no estar asentadas en el papel que circula fácilmente en la emotividad de los discursos, en la sonrisa de un camarada líder que parece franco y juega con la inocencia profunda de un pueblo desinformado, desinteresado y perezoso. A ese pueblo hay que sacudirlo y decirle que está equivocado, que la sospecha es obligada y la profundidad de la nota no le será entregada fácilmente. Ha logrado que muchos vean más allá de la nota. Es uno de los mejores, y se llama Helio Flores.

La caricatura como discurso

En México la caricatura tiene una profundidad poco calculada en otros países. Acaso España, Francia, Argentina, Italia, Inglaterra o Estados Unidos se han impactado con un cartón que cimbre su cúpula con una denuncia.

Para nuestro país, la caricatura tiene un peso muy importante, medido especialmente desde el periodo prerrevolucionario, cuando desde espacios como El Hijo del Ahuizote se atacaba al régimen de Porfirio Díaz. Una mayoría analfabeta no podía acceder a los artículos de fondo ni a los reportajes (normalmente leídos en voz alta por alguien instruido en reuniones de tertulia familiar o en cafés), de manera que eran los cartones políticos los que presentaban el editorial de un medio.

Muchos brillantes dibujantes ayudaron a construir una cultura crítica que era resumida en unos cuantos trazos; es decir, lo que los periodistas investigaban y denunciaban, los caricaturistas lo decían en una viñeta que podía ser tanto o más demoledora que un puñado de cuartillas. Desde entonces han pasado por la prensa nacional caricaturistas formidables, con un sello distintivo en su trazo y con una particular forma de presentar las cosas.

A Helio Flores le ha tocado correr en paralelo con dos generaciones brillantes, con figuras como Rius, El Chango García Cabral, Naranjo, Helguera, Abel Quezada, Carreño, El Fisgón, Rocha, Ahumada, Magú, Efrén o Alberto Isaac.

Egresado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Veracruzana, Helio realizó estudios en la Escuela de Artes Visuales de Nueva York, y es el único mexicano que ha ganado en dos ocasiones (1971 y 1988) el Grand Prix de Salón Internacional de la caricatura de Montreal, Canadá, considerado el máximo galardón del gremio (equiparable al Nobel).

Además, Helio ganó el Premio Nacional de Periodismo en 1986, 1996, 2001 y 2003, que igualmente pudieron darle otras 10 veces sin que nadie pudiera discutirlo. Con reconocimientos por cartones o trayectoria en Turquía, Cuba, Grecia, Bulgaria, Canadá (además del Grand Prix) o la extinta Yugoslavia, es un artista que ha buscado ser una voz de contrapeso en su tiempo.

El Hombre de Negro

Helio Flores creó un personaje que, desde la viñeta mínima al cartón exhaustivo o aún la historieta, aparece como una conciencia que anuncia algo que no admiramos en la simple contemplación del dibujo; se trata de El Hombre de Negro, un ser con una suerte de naturaleza omnipresente en los sucesos que se narran. Capaz de estar en la crítica o la remembranza histórica, a veces parece la conciencia de lo onírico en algunos de los momentos en que su autor lo coloca.

Flores demostró con ese personaje que es mucho más que un gran dibujante, alguien con aquello que no se enseña en clase o libro alguno; es un creador con un talento fuera de serie, una conciencia crítica de los sucesos políticos que elige para hacer su manifestación artística.

Para hacer un apunte crítico de su obra y su momento hay que ver que Helio Flores trabaja con una técnica que combina el dibujo clásico (proporción, profundidad, volumen, geometrismo, movimiento…) con los efectos depurados en la historieta de alto nivel (distorsión, punto de fuga, atrezzo, ambientación, splash page, símbolos de representación…) y la formalidad de la caricatura tradicional (el retrato magnificado, la deformidad, los escenarios y poses no realistas, los elementos figurativos y fantásticos…).

Es la ejecución de un oficio, con los elementos que considera propios, desde la definición de una angulación, hasta el tipo de sombreado y personajes que selecciona para la representación (que no son necesariamente los personajes públicos conocidos de los hechos), y hay un proceso de filtración del curso de los acontecimientos con la reflexión social. Se trata de subrayar para todos lo que parece entendido para pocos, desde un desbalance de pagos hasta una definición ejecutiva (como seleccionar al candidato) o la privatización de una paraestatal.

Un sexenio inolvidable

La producción de cada cartón político implica, ante todo, una postura intelectual, una mirada severa que pone su capacidad artística y sus medios (en apariencia elementales en cuanto a los materiales necesarios: un cierto tipo de papel, lápices, carboncillos, estilográficas, difuminadores…) a la altura de lo indispensable para generar un cartón: la información. Pero mientras el artista plástico organiza y/o violenta sus materiales en el pulimento artesanal de su concepción, es decir, de la idea sobre lo que su obra será, el proceso creativo de un creador como Helio Flores tiene necesariamente un camino directo de ejecución una vez que el concepto está definido. Su obra, sin embargo, no es simple.

Desde el sacudimiento político, las conclusiones forenses, las revueltas intestinas del grupo en el poder o las observaciones internacionales del acontecer mexicano, el sexenio de Carlos Salinas de Gortari fue siempre controversial.

De su correr nació entonces un libro especialmente apreciado por los sectores informados de México: Un sexenio inolvidable (Ed. El Universal, 1994), afortunada antología de los cartones que Helio Flores hizo durante la controversial administración salinista. Un total de 239 cartones publicados en distintos medios condensaron el compromiso periodístico del dibujante, quien incluyó todo lo destacado (privatizaciones, EZLN, el magnicidio de Colosio) y recordaba lo que otros casi olvidaban (como el asesinato de Manuel Buendía).

En un cartón brillante, Helio colocó un letrero a lo que quedaba por vender: la soberanía misma, representada por la campana de la Independencia. Una imagen muy dolorosa y en extremo crítica al gobierno reinante.

Un legado en blanco y negro

Helio ha sido una de las inteligencias periodísticas más claras de su tiempo. Saber ver y entender el discurrir siempre inasible del presente (no hay distancia para historiar los hechos, no hay elementos para pronosticar sus efectos) es una de las cosas que el artista Helio Flores mejor ha hecho. Sorprende ver la claridad con que hizo señalamientos de cosas que la mayoría veía distinto. Años después de su publicación, muchos de sus trabajos muestran la visión precisa de un cartón que parecía el mero apunte de la noticia por morir. Llegó un presidente y una época en México que dieron material de sobra para el análisis y la crítica; Helio estuvo puntual para consignar esa dura realidad del país.

El libro Helioflores: 50 años de cartones, crítica y humor (Universidad Veracruzana/El Universal, 2011) es una joya antológica con parte de lo mejor de su obra, cada vez más necesaria de entender y reconocer en nuestro complicado presente. Helio Flores cubre como creador, innovador, transgresor y ejecutante de gran maestría los puntos para considerar a un artista a la altura de su historia y en el nivel de maestría en la ejecución de su disciplina. Un eterno al que alguna vez le preguntaron que cuándo iba a trabajar, si se la pasaba dibujando. Afortunadamente, lo sigue haciendo.