Opinión
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Anna y Jean-Luc: loco amor de celuloide
A

mores dentro y fuera de la pantalla, entre el chisme y la idealización romántica de parejas emblemáticas-paradigmáticas-simbólicas tan hermosas como intensas, son parte de la historia y la histeria del cine. Unas más reales que otras, todas pasto de la curiosidad, el morbo y la publicidad: Chaplin-Goddard, Fellini-Masina, Bogart-Bacall, Marilyn-Miller, Cocteau-Marais, Taylor-Burton, Polanski-Tate, Allen-Keaton (Farrow), Pitt-Jolie y un etcétera que se extiende con largueza, más ahora que el consumo de historias es voraz e incesante, con especial interés en adulterios, que vende tanto como las bodas, las lunas de miel y los divorcios en el orbe estúpido de los Famosos. Reales algunas, sobreactuadas casi todas.

Las musas y Galateas que propicia la cultura patriarcal son parte del mejor y el peor cine de los pasados 100 años. En ocasiones encarnan una zona fundamental del genio y la creación, como la vida-obra de John Cassavettes y Gina Rowlands, o las protagonistas de los azotes místicos, existenciales o conyugales de Ingmar Bergman. Una de las más encantadoras, por real, honesta y fructífera, es la relación de Jean-Luc Godard y Anna Karina en el primer lustro de los años 60. Sucede en el corazón mismo de la Nueva Ola francesa, uno del periodos más influyentes en la cinematografía mundial, cuya huella marcaría al nuevo cine alemán, al cine mexicano, y hasta la renovación de Hollywood, que antes diera origen a buena parte del bagaje de la Nouvelle Vague, y que ésta se esmeraría en deconstruir y reinventar a la francesa.

La historia de Jean-Luc y Anna recuperó alguna notoriedad con el reciente fallecimiento de ella a los 79, y el cumpleaños 89 del cineasta, quien siendo uno de los de mayor edad del grupo, ya enterró a todos (Chabrol, Roehmer, Truffaut, Resnais, Rivette) y sigue filmando, arisco, provocador y lúcido como siempre; nunca para cualquiera, su cine plantea todas las preguntas que importan. Aquel fue un amor de la vida real que inspiró y caracterizó la primavera de esa hazaña cinematográfica que fue su movimiento, cimentado por los 10 años previos de la revista Cahiers du Cinemá, donde los futuros cineastas debutaron como críticos, y antes de filmar ya había desarrollado una teoría, una idea de lo que el cine sí es, y dieron la piedra de toque para el concepto cine de autor, que por entonces no existía claramente.

Verónica, Ángela, Nana, Odile, Natasha, Marianne: Anna Karina protagoniza, y cabe decir que con su presencia cocrea el ciclo fundacional de Godard, enseguida de Sin aliento (1959), una de las operas primas más deslumbrantes del cine. Él conoce a Anna mediante un comercial de jabón Palmolive, donde ella aparece en una tina cubierta de espuma. Es 1959, ella tiene 19 años y él le propone una parte pequeña en Sin aliento, que Anna rechaza. Ni papelitos, ni desnudos, decide la principiante actriz de origen danés. Será hasta El pequeño soldado (1960) que ella lleve el papel femenino principal, pero la película es censurada por su tratamiento de la guerra de Argelia, y sólo podrá estrenarse en 1963, así que para fines prácticos Anna se da a conocer con Una mujer es una mujer (1961), película al calor de la cual contrae matrimonio con Jean-Luc y les cae el mazazo de los tabloides y el escándalo, sobre todo a ella, señalada por seducir al director por oportunismo o algo peor.

Aún hoy resulta fascinante la relación entre la cámara y la actriz. Vemos a Godard enamorándose, y a ella seduciéndolo con un bellísimo candor. A partir de entonces, Anna encarnará a la mujer libre, o sometida bajo protesta, en un mundo dominado por los hombres. Serán sus hermosos ojos, su boca, su piernas flacas, lo que llene de magia las películas iniciales de Godard. Canta, baila, es un estuche de monerías que florece a través de la mirada de su jardinero enamorado.

Una mujer es una mujer disuelve las fronteras entre lo documental, la comedia musical y el cuestionamiento de la narrativa tradicional y del papel asignado a las mujeres en la sociedad. Vivir su vida (1962) se inicia con una larga secuencia del rostro de Anna, su perfil clásico, su frente pícaro, triste, dubitativo. El cineasta enamorado de la mujer, y ésta le corresponde. Los amantes se crean en público. Como pocas veces en el séptimo arte, los vemos enamorarse.

Seguirán Banda aparte (1964), Alphaville (1965), y ya en crisis de pareja, Pierrot el loco (1965), genial contrapunto para Sin aliento (otra vez con Jean-Paul Belmondo) y suerte de despedida a un gran amor que ambos consideraron eterno a lo largo de sus vidas y de las entrevistas. (Seguirá también el tema, pues se acabó el espacio, pero no la historia.)