Sociedad y Justicia
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Escasas posibilidades de ser adoptados para los 33 mil menores que viven en orfanatos
 
Periódico La Jornada
Martes 7 de enero de 2020, p. 28

Para protegerlo, a Fernando, de 13 años de edad, lo separaron de su familia. Su papá lo golpeaba constantemente y en una ocasión estuvo a punto de matarlo; con su mamá no puede permanecer porque está enferma y no tiene los recursos para cuidarlo. Ante la falta de un familiar más con quien pueda estar, fue trasladado a una casa hogar.

Él es uno los 33 mil menores que viven en orfandad en el país, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), quienes en su mayoría no logran ser adoptados.

Día con día, se enfrentan a tratar de entender su condición, no sólo porque carecen de un familiar que los proteja, sino también por los tipos de violencia que sufrieron antes de llegar a estas instituciones.

En Aldeas Infantiles SOS México, Fernando comparte las instalaciones con otros 280 menores que tienen historias similares: algunos simplemente no conocieron a sus padres porque murieron, migraron o los abandonaron; otros tuvieron que ser separados de sus familias porque sufrían violencia física, emocional y abuso sexual.

Además, son niños, niñas y adolescentes que, por su edad –mayores de siete años–, tienen menos probabilidades de ser acogidos por alguna familia y porque en algunos casos, aunque es mínima, existe la posibilidad de que se reintegren con algún pariente, pues sólo 15 por ciento logra hacerlo.

Édgar Serralde Monreal, asesor nacional de desarrollo de programas en Aldeas Infantiles SOS México, señala que la mayoría de estos niños permanece con esa organización hasta que por sí solos pueden solventar sus gastos. Aunque intentan que todos estudien y logren ser profesionistas, únicamente 20 por ciento termina la universidad y el resto se queda en el bachillerato.

El consumo de drogas, el embarazo adolescente y la calidad de acompañamiento que reciben de quienes los cuidan son algunas causas que truncan sus estudios, explica.

Tienen que afrontar el hecho de carecer de una familia, así como experiencias difíciles. El especialista expone que, sobre todo, a partir de los 13 años de edad es cuando más cuestionamientos se hacen. Todos los niños con quienes trabajamos en algún momento tuvieron una situación traumática. Eso pesa mucho en sus vidas, asegura.

Cuando Fernando llegó a la Aldea, por ejemplo, le costó mucho trabajo acoplarse a su nueva realidad. Su actitud era agresiva: cuando se enojaba rompía muebles o golpeaba las paredes. A su cuidadora no le hacía caso y le hablaba de manera grosera; no obstante, con ayuda de terapia sicológica ha logrado controlar sus impulsos y aceptar su condición.

Alejandro, otro adolescente cuyos 17 años de vida los ha pasado en este tipo de instituciones, tiene crisis constantes por su pasado. No conoce a sus padres y su único hermano vive en Tabasco. Cuando se siente deprimido es porque piensa que nadie lo quiere. Para calmarlo, su cuidadora, Claudia, trata de escucharlo y aconsejarlo. Ahora está muy apegado a mí y necesita mucho que esté cerca de él. Hemos planeado buscarle un trabajo, pero quiere que lo acompañe porque siente miedo, explica la mujer.

Juan Martín Pérez García, director ejecutivo de la Red por los Derechos de la Infancia en México, expone que, de acuerdo con diversos estudios, la vida de los niños que están en instituciones puede considerarse de sobrevivencia, es decir, permite tener lo básico: comida, techo y cierta seguridad.

En esos espacios, la experiencia cotidiana, que se basa en relaciones humanas y vínculos emocionales, se reduce dramáticamente.

Destaca que el contexto internacional y nacional de los derechos humanos establece que debe garantizarse que los niños y niñas vivan en familia.

En los casos de orfandad no siempre se cumple, pues quienes quieren adoptar van en busca de un mercado y como tal, quieren un producto a su gusto. Se prefiere siempre a varones, bebés de piel blanca y sin alguna discapacidad.