Opinión
Ver día anteriorLunes 6 de enero de 2020Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El miedo como instrumento
T

al parece que todos los avances de la humanidad en el anterior siglo de poco han servido ante las actitudes e instrumentos de las grandes potencias, cuando de la lucha del poder se trata.

Cuando el mundo es un reguero de pólvora, un solo evento puede otra vez desencadenar la guerra. En medio de fuertes tensiones geopolíticas y regionales, Donald Trump ordenó la muerte de Qasem Soleimani, general iraní de enorme peso específico y pieza clave de la frágil relación entre potencias en Medio Oriente. La respuesta de Irán, una teocracia que como pocas naciones ha significado un reto estratégico para EU, fue tan críptica como amenazante: responderemos en el momento y lugar adecuados.

Cuando esa posición se lleva al contexto estadunidense con una justificada y crónica paranoia a partir de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el resultado es el miedo como ingrediente de la atmósfera electoral. En medio del proceso de impeachment (juicio de destitución), Trump recurre a lo que tantas veces ha dado resultado a los presidentes de su país al enfrentar la reelección: dibujar un enemigo externo, lejano, bosquejar la guerra, unir a los ciudadanos frente a la amenaza difusa. Vietnam, Afganistán e Irak, por citar ejemplos relativamente recientes, tuvieron este efecto en la política electoral estadunidense.

En otras palabras, la muerte de Soleimani tendrá consecuencias globales, pero atañe a un objetivo estrictamente electoral, coyuntural y local. Detrás de esta hipótesis en la que el temperamento del presidente Trump le hizo tomar una decisión arrebatada que sus antecesores habían evadido, es bastante ingenua. Implica ignorar el ciclo electoral y el componente del miedo, del pánico colectivo, del impacto noticioso en cada votante sobre la eventual respuesta iraní. Implica también pasar por alto la cíclica y poderosa industria de la guerra en Estados Unidos, la retórica trumpista y la predecible postura de su base dura de votantes ante una circunstancia como la que ha detonado la muerte de Soleimani.

La bala que Gabrilo Princip disparó al archiduque Francisco Fernando de Austria, en 1914, mató a media Europa al detonar la guerra. No fue el asesinato per se del heredero de los Habsburgo, sino el contexto que le precedía. Hoy, no es la muerte de Soleimani, sino el clima de tensiones políticas, sociales, comerciales y migratorias que preceden su asesinato. El terrorismo como fenómeno global del siglo XXI, hace dispar y relativa nuestra idea de la guerra. No se trata de una convencional entre Estados donde hay ganadores y vencidos, sino esta desenfrenada carrera por perseguir una sombra que acecha siempre blancos civiles, inocentes, ajenos al conflicto; y la justificación que eso brinda a las potencias para que sus intereses regionales imperen.

Es incierto aún afirmar que el mundo está a las puertas de una nueva guerra, pero lo que es un hecho es que Trump ya hizo su parte. Si Estados Unidos es atacado o no, o si deciden unilateralmente declarar la guerra a sus enemigos, para efectos políticos electorales y mediáticos el caso es el mismo: el miedo se ha instalado –otra vez– en el centro de la agenda; el miedo estará nuevamente en la boleta y lo hará del lado de Trump. Subestimar el efecto sicológico del miedo colectivo es no entender cómo funciona una elección como la estadunidense, o al establishment sin nombre, sin bandera.

Hoy como ayer recordar la historia es de gran utilidad, y habrá que ser muy analíticos en las reacciones de los países ante la misma receta estadunidense que vuelve a marcar una política exterior, que tal parece se niega a evolucionar.

George W. Bush es el vivo ejemplo de una administración forjada en la guerra. La convulsa administración de Trump había generado en los recientes años un clima de confrontación, encono entre las agencias de inteligencia y seguridad, y ahora ha apretado el botón a la espera de la respuesta del adversario. El mundo puede haber perdido tranquilidad en este nuevo año, pero el mandatario ganará en el terreno electoral. La historia de Estados Unidos del siglo XIX a la fecha fortalece el vaticinio.