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Humanidad insatisfecha
U

n fantasma recorre el mundo: el fantasma de la insatisfacción. No importa si el ciudadano es inglés, brasileño, turco, estadunidense, alemán o mexicano; hay suficiente evidencia en materia de virajes electorales en los años recientes, para afirmar que el modelo capitalista atado a la globalidad, está en crisis. Una crisis ignorada por muchos y pronosticada por pocos. Todo lo contrario: a la caída del Muro de Berlín y del mundo bipolar, se llegó a hablar del fin de la historia. Tres décadas después, la historia se reclama inconclusa y el consenso mundial de naciones con democracias liberales, fronteras abiertas, comunidades como la Unión Europea, comercio libre y ciudadanos globales, se ha topado con claros obstáculos en el camino: la concentración de la riqueza en el último cuarto de siglo y el supremacismo racial, el sincretismo cultural provocado por flujos migratorios imposibles de frenar, y una nostalgia acendrada por la época de la posguerra: el crecimiento económico, la expansión de las clases medias y el equilibrio entre industrialización-automatización del trabajo, con altísima demanda de mano de obra.

Muchos podrán argumentar con razón que se puede volver a un modelo, pero no a una época. Lo cierto es que de nada sirve ganar esa discusión si sólo se recurre, con la soberbia de la técnica económica, a la defensa a ultranza del modelo en crisis. Un modelo que en el papel y de manera normativa, permite e incentiva la competencia, premia capacidades e incentiva la creatividad; pero que –debemos reconocerlo– también ha disparado la inequidad entre ciudadanos, la distancia entre ricos y pobres, que de manera paradójica, ha coincidido con un acceso prácticamente generalizado a la tecnología. En pocas palabras, el modelo ha generado más necesidades y expectativas de las que la economía puede cumplir. Y esas promesas incumplidas las están pagando la democracia y la globalidad.

Un ejemplo de lo que está ocurriendo con la insatisfacción social a escala mundial y el cambio en los estándares y expectativas, es lo que ocurre con Amazon: esta empresa elevó cualitativamente la experiencia de compra de los usuarios (tienen lo que quieren en 24 horas a mejor precio que lo que encontrarían en otras opciones) y con ello, ha subido la vara para toda la industria. Los consumidores empiezan a considerar inaceptable esperar 48 o 72 horas, una semana, cuando hasta hace muy pocos años, el proceso les habría demandado dedicar tiempo y desplazamiento en la compra. Ese consumidor impaciente es también el ciudadano insatisfecho. Ese que no puede estar dos minutos sin señal de Internet o dejar de revisar sus redes sociales, porque se siente aislado y robado. Ese consumidor que no puede esperar a ver un capítulo semanal o diario de una serie, y la devora en apenas unas horas para empezar a buscar la siguiente. Ese consumidor que antes debía esperar por varios minutos hasta encontrar un taxi seguro y que hoy se molesta si su conductor de Uber llega un minuto tarde.

El cruce de acceso a la tecnología y crisis del modelo capitalista-global tiene un punto de inflexión: la crisis de 2008-2009. Una crisis que en México vivimos de forma menos dura que en otras sociedades, tal vez porque conocimos las de 1976, 1982 o 1995, pero que si algo dejó claro, es que la regulación, los incentivos y los pilares del sistema económico imperante, difícilmente pueden subsistir a partir de la negación. ¿O alguien estima viable que en 2050 la riqueza se siga concentrando al ritmo que lo ha hecho en los pasados 30 años?, ¿alguien estima sostenible una democracia donde en la misma calle, en la misma plaza, coinciden el hombre más rico del mundo y el más pobre?, ¿hemos calcu-lado el impacto que tendrá para la seguridad social y sus instituciones, para el empleo y el ingreso de las familias, la sustitución de las personas por la tecnología?

Queda muy claro que esta crisis del modelo capitalista no implica la reedición de un mundo bipolar, o que a pesar de su caída, detrás de la cortina de hierro se encontrara la solución. Lo que no está claro es qué sustituye a valores, modelos e instituciones que dimos por sentadas e imperecederas: desde la religión y la fe; hasta el matrimonio. Desde la democracia liberal, hasta la globalización. Ante ello, creo que lo que queda es tener una discusión no polarizante, en la que se reconozcan fallas e insuficiencias de los modelos que conocemos, así como los retos y expectativas que todos los días, se siguen acumulando. Cómo hacemos posible la satisfacción de expectativas en un marco donde la libertad y la igualdad pesen lo mismo.