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El cambio
E

l lunes pasado se cumplió un año de una jornada electoral en el cual la voluntad popular se expresó en las urnas, de manera apabullante, por el cambio.

Aquel voto por el cambio se manifestó principalmente contra la corrupción y la impunidad, contra los excesos del poder y de los privilegios; se pronunció por una mayor seguridad, por la no violencia, pero también fue un voto contra la desigualdad y por una mejor distribución de la riqueza.

La desigualdad en México se hace presente no sólo en lo económico y lo social. Se hace visible en sus múltiples formas y facetas, como en el racismo y el clasismo de nuestra sociedad, y se vuelve más palpable en el origen de las personas, en los rasgos físicos o en el color de la piel.

Porque esa desigualdad en el país es, a mi juicio, el origen y la raíz más profunda de todos los otros vicios y fenómenos sociales que se han incubado a lo largo de décadas y que hoy nos laceran.

Y porque esa desigualdad se traduce, al mismo tiempo, en la falta de oportunidades que mantiene en la marginación a la mitad de la población mexicana y a 10 millones más en situación de pobreza extrema.

Esa desigualdad es la que nos ha arrastrado a la violencia irrefrenable que hoy padecemos y la que ha sumido a millones en el peor de los estadios: la desesperanza.

Desde su primera postulación como candidato, hace más de 13 años, Andrés Manuel López Obrador identificó esa ausencia de esperanza en que viven millones de mexicanos, sus necesidades más apremiantes, sus reclamos y sus vagos anhelos de prosperidad. Supo entender esa realidad, pero sobre todo fue empático y halló la manera de comunicarse y de conectar directamente con esos segmentos de la población. Ahí se fincó, en mucho, el triunfo arrollador de hace exactamente un año.

Hoy, tras siete meses de gobierno, el Presidente de México se encuentra sin duda frente a una serie de problemas y retos enormes, que van desde una lentísima curva de aprendizaje de la administración, que –a decir del propio mandatario– ha mostrado falta de criterio y falta de sentido común en la aplicación de algunas políticas restrictivas del gasto, hasta la violencia y la inseguridad que no dejan de crecer; la migración en las fronteras o la marcha de una economía a la que muchos ven sostenida por alfileres.

Pero hoy López Obrador goza también de muy altos niveles de popularidad. De acuerdo con las encuestas más recientes es el presidente de América Latina con la mayor aceptación: 66 por ciento de los mexicanos aprueba su trabajo. Él lo sabe y lo aprovecha.

Uno de los grandes aciertos del Presidente, a decir de algunos analistas, es que ha sabido sincronizar su agenda con las preocupaciones más sentidas de los ciudadanos que sufragaron por el cambio: combate a la corrupción, austeridad, seguridad, economía y, desde luego, los programas sociales enfocados al bienestar.

Devolver la esperanza a los desfavorecidos ha sido premisa fundamental del lopezobradorismo. Por el bien de todos, primero los pobres, es el lema original del movimiento que él mismo instauró hace más de una década y que ahora es sin duda uno de los ejes del actual régimen.

Más allá de lo inmediato, de aciertos o desaciertos, de dudas o cuestionamientos y del desgaste inevitable que genera el ejercicio cotidiano de gobierno, resulta clarísima –casi obsesiva– la determinación de López Obrador y de su Cuarta Transformación de reducir los niveles de pobreza e intentar cerrar la brecha de la desigualdad.

Desde luego no será fácil. La deuda es histórica y el desafío, brutal. Un avance, aunque fuera incipiente, representaría el verdadero cambio de régimen propuesto por López Obrador y por el que millones votaron hace un año. Ni más ni menos.