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¿La Fiesta en paz?

El cartel taurino actual o la eficaz antipromoción del espectáculo

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▲ Carteles pictórico-taurinos que sepan decir y se conviertan en alimento para los ojos, expectación para el ánimo y puerta de bienvenida para el público potencial.Foto Ilustración: Antonio
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UANDO LA DESAIRADA temporada 2018-19 parece llegar a su final con las dos corridas de aniversario y la de la Oreja de Oro, veo escandalizado ya no las combinaciones de los kilométricos carteles de ocho toros más los de regalo que eventualmente pueda haber, sino la confección gráfica y tipográfica –del desorden de antigüedad de los alternantes mejor ni hablar– de esos carteles, que se supone son los más importantes.

CARTELES CON MUY pobres propuestas visuales, sin gusto ni idea de lo que implica vender un espectáculo tan colorido e intenso como el taurino, es decir, hacerlo atractivo al público desde antes de que se lleve a cabo. Temporada grande en mayúsculas grandes. Donde nacen las emociones, en minúsculas muy pequeñas, sin creérsela ni el diseñador. Tipografía en color crema, un sencillo marco dorado, una minúscula vista aérea de la Plaza México en blanco en el extremo derecho y en el izquierdo un toro negro con astas, hocico y pezuñas en dorado. Todo en un fondo de tono verde uniforme militar, pero desgastado. Ah, y las dos corridas de aniversario enmarcadas con flores en estilo art nouveau, como para amabilizar la función. Bien padre, de veras.

EN UNA POSMODERNIDAD tonta, empachada de formas e ideas apenas digeridas, la imagen gráfica de la llamada fiesta brava ha sido debilitada o prácticamente abolida, como si los mismos promotores se apenaran de anunciar el sanguinolento espectáculo, o de plano no tuvieran cara para notificar sus bien intencionados productos, o sintieran vergüenza de disponer de tantos medios y no atinar a aprovecharlos de manera más sensible y profesional, con verdadera convicción de llenar sus plazas cada tarde. Les falta pasión y orgullo para hacerlo.

LA AÑEJA FALTA de liderazgo empresarial de la Plaza México ha influido de manera negativa en el resto de las empresas, que mantienen la misma tónica cartelera como si del Circo Pitoitoy se tratara: un rejoneador con su corcel parado a dos manos, precedido por los rostros de dos, tres o más afamados diestros sonrientes, con la idea equivocada más que de dar a conocer a los actuantes, de quitar toda violencia visual o sangrienta de lo que va quedando de la fiesta. Vaya, como si para anunciar un detergente, mejor presento una esponja. Los toros, en general poco fotogénicos por su discreto trapío, ya no importan.

ANUNCIAR UN FESTEJO taurino requiere de un cartel visualmente logrado, no de simples fotografías o de un diseño gráfico amable, sino una imagen impactante y plásticamente lograda con pinceles y formas creativas, que se conviertan en alimento para los ojos y expectación para el ánimo, puerta de bienvenida para el público potencial y motivo de orgullo y esperanza de emociones para el aficionado, no con palabras sino con escenas tan logradas como estimulantes.

PERO LAS EMPRESAS, así como se han olvidado de sembrar y estimular a las nuevas generaciones toreras, de poner a alternar a los coletas que valen con los consagrados y de darle prioridad al toro bravo, también se olvidaron de promover a las futuras figuras de la pintura taurina, como si presintieran que esto ya no tiene futuro, siendo ellos, los promotores, quienes con sus erróneos criterios han cerrado el amplio horizonte de la fiesta, que no es para divertirse, sino para emocionarse a fondo con la bravura, no con los toreros-marca. ¿Se decidirán los arriesgados empresarios a convocar algún día a concursos estatales y nacionales de pintura y cartel taurinos o seguirán careciendo de empatía con la sociedad?