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Ver día anteriorLunes 28 de enero de 2019Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Nosotros ya no somos los mismos

El sospechoso incendio // Pruebas incómodas // Se filma la escena // Un bebé en San Lázaro

E

ra ya urgente que pusiera patas arriba mi baúl mundo y desempolvara cientos de notas que desde hace mucho allí conservo, por la convicción de que más allá del tiempo transcurrido aún vale la pena compartirlas con ustedes. Comienzo con las más recientes.

La Iglesia de San Pedro y San Pablo fue, en 1822, la primera sede de la originaria Cámara de Diputados. Luego, de 1829 a 1845, se trasladó a Palacio Nacional. Tal vez este es el origen de los infundados rumores que hasta la fecha tan injustificadamente persisten en el sentido de que las decisiones que el Poder Legislativo toma, en el ejercicio de su constitucional autonomía, en realidad se originan en Palacio Nacional. Posteriormente los legisladores se vieron en la necesidad de trabajar en la academia de Bellas Artes de San Fernando, en Querétaro, y luego de vagabundear por algunas entidades, entre ellas Coahuila; finalmente, en 1872, se acomodaron tras bambalinas, diablas, telones y camerinos del majestuoso y mítico teatro Iturbide (Allende y Donceles).

En 1909 se produjo un terrible incendio que acabó con valiosísimos archivos que registraban momentos muy importantes de nuestra historia. Esas conflagraciones se volvieron costumbre, pero olvidemos los que no pasaron a mayores y recordemos tan sólo el ocurrido durante la LIV Legislatura, el 5 de mayo de 1989. Mucho se ha especulado sobre el móvil del mismo, pues nadie se creyó el peritaje de la PGR emitido 36 horas después: un corto, que se hizo largo, en una alfombra. El objetivo era –sonora vox populi– acabar, accidentalmente, con los paquetes electorales allí resguardados. El intento fue fallido. (Nada de vergüenzas, a la CIA y la DEA le ha pasado esto desde Cuba, Irak, Irán, Siria y, esperemos, Venezuela).

El dirigente del PAN, Abel Vicencio Tovar, y el diputado Leopoldo H. Salinas lo calificaron como el desesperado esfuerzo por desaparecer las pruebas documentales e incontrovertibles del histórico fraude electoral de 1988. ¡Como que tenían razón! Pero el Vesubio estalló el 20 de diciembre de 1991. Durante la sesión de ese día el jefe de la bancada priísta, en un gesto que sorprendió hasta a sus propios cofrades, subió a la tribuna y con la convicción y el talante de quien sabedor de que el potaje de lentejas que le ofrecen en una centelleante escudilla bien vale una gubernatura, propuso la destrucción de esas contundentes pruebas documentales. El apoyo del PAN, dividido como en pocas ocasiones, lo encabezó su Júpiter tonante y tronante, a quien por acciones como éstas se le denominó The Godfather.

¡Qué clase hombres éstos! Burlaron la ley y se escabulleron de la justicia, aunque, al tiempo, en la historia se les reconocieron sus méritos como delatores y testigos protegidos. Al de enfrente se le otorgó una dación en pago ( datio pro soluto), con una inmensa y bellísima porción del territorio costero el país. Al tameme simplemente se le dio la bisutería de una candidatura que jamás pudo convertir en gubernatura. Lo cierto es que los autores de esta infamia tienen sus derechos a salvo para demandar al celebrado compositor José Guadalupe Esparza, a quien se debe la famosa consigna musical: ¡Que no quede huella, que no quede huella! Popularizada por Bronco, Lucerito y la jacarandosa Yuri. Todos estos largos recordares me vinieron a la mente cuando leí del reciente sketch, escenificado en el ahora conocido popularmente como San Lázaro. Encabezaron el elenco la muy famosa (en su entidad), diva hidrotérmica doña Martha Cecilia Márquez y el actor de carácter (y galán otoñal), don Porfirio Muñoz Ledo. Veamos una minicrónica de la sesión de la Gran Comisión, celebrada a mediados de este mes.

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▲ La legisladora Martha Cecilia Márquez, quien subió a tribuna en San Lázaro con su bebé.Foto Yamín Ortega Cortés

Silencio, luces, cámara, acción. Toma única, interior, día, corre video. Tercera llamada: empezamos (como ven, anotamos las fórmulas clásicas del inicio de una producción para que libremente ustedes escojan). Desde su curul, la senadora pide la palabra, se le concede. Ingresa al pasillo y se dirige a la tribuna. Su atuendo llama poderosamente la atención: de la garganta a la cintura va cubierta con una manta de color rosa que no deja ver si se protege de un aire colado o se trata de un accesorio muy avant gard de su vestimenta. De acuerdo con su sexo y clase (perdón don Carlos –M–, ahora hay más sexos que clases), los legisladores opinaron: “¡Qué bonita pashmina, tápalo, mantilla, poncho, keskeme, rebozo! Alguien intrigado pregunta: ¿Qué envuelve la senadora? ¿Será un pájaro, un dron, una botarga? Durante el tiempo de la legisladora en tribuna, nadie pudo constatar qué envolvía esa rosada mantita. Luego se supo que se trataba de su bebé. Le habían otorgado la palabra precisamente en el momento de lactancia. Seguiremos luego.

En este preciso momento recibo una fatal noticia: el resuello se suspende, la mente se obnubila. La tristeza brota por los poros, pero no se evapora, nos empapa. El hecho no tendría siquiera por qué sorprendernos y, sin embargo, nos acogota. A nadie le gusta que se nos vaya la alegría, la mujería de bien. Hemos perdido una bronca y estimulante forma de asumir la vida honesta y de a de veras. Preservemos el derecho a ser, como se quiere ser. Sigues con nosotros, Alejandra Mora Rossbach y Ortiz.

Twitter: @ortiztejeda