Opinión
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Para el año nuevo
C

on el viento en popa, el gobierno se prepara para un receso y ponerse a tono con las incertidumbres que acosan desde ahora a la economía mundial. Como nunca, son sabias las consejas que sobre la economía política han resucitado al calor de la Gran Recesión y su secuela. Una de éstas, debería convertirse en la consigna maestra de la conducción gubernamental del Estado: en lo tocante a la economía política, hay que tomar muy en serio a la política.

Tomar en serio la política es condición necesaria para abrir camino a una buena economía y no al revés, como fútilmente pregonan los náufragos de la idea neoliberal, cuya supervivencia y predominio, que no hegemonía, tienen una explicación fundamentalmente política. La economía que se quiso refundar a lo largo del último tercio del siglo pasado colapsó y sus implicaciones sociales se extienden ahora a unos sistemas políticos convulsionados que llevan a muchos pensadores serios a preguntarse nada menos que por el futuro de la democracia, cuando no por los factores y fuerzas que podrían dar al traste con el edificio de libertad tan duramente construido por casi dos siglos.

No somos ajenos a tales tribulaciones y los dilemas que las perfilan están inscritos en el cogollo de nuestra evolución política. Por eso son vectores de fuerza que implican las decisiones económicas y financieras primordiales, las que emanan o se inspiran en el mercado y, desde luego, las que se configuran en los corredores del poder del Estado, hoy por hoy abiertamente instalados, de nuevo, en los pasillos, salones y comedores de Palacio.

Las exploraciones no apocalípticas con que Carlos Payán recibió la gran distinción de la Medalla Belisario Domínguez del Senado, no requieren de dispensa de la curia romana. Pueden y deben proferirse y discutirse con laicismo y en serio, vistas como el marco obligado de referencia para la elaboración de un discurso político que pueda aspirar a estar a la altura de los nuevos, poco halagüeños mundos que la post-crisis nos depara.

Honrar, honra y el reconocimiento a Carlos Payán honra a lo senadores y permite pensar que después del bochorno de hace unos años, la distinción retoma su curso republicano y respetuoso de la memoria histórica. Felicitaciones pues al poeta jornalero y a quienes desde el Senado pudieron enderezar la medalla.

La política democrática con la que estamos comprometidos no ha dado señales claras de que, como lo mandaría dicha memoria, cultiva y fortalece en su seno una clara y abierta sensibilidad ante una cuestión social abrumada por cuotas inicuas de desigualdad y magnitudes vergonzo-sas de pobreza urbana y rural. Es como si los actores principales del drama político de la transición, la alternancia y la consolidación democráticas, hubiesen entendido que el costo a pagar tenía que ser la posposición del encaramiento de tal cuestión, a pesar de las mil y una llamadas de atención y emergencia provenientes de los funestos sótanos donde se cuece la economía política real, la que tiene que ver directa e inevitablemente con la distribución social del esfuerzo invertido en la producción. Y, claro está, con su concentración.

En los primeros años del tránsito a la democracia se renunció a la justicia social y se aceptó sin chistar la justicia del mercado que suele ser todo menos justa, incluso en sus propios términos. Al empezar a enmendar este penoso entuerto democrático, con una tímida revisión del salario mínimo y el despliegue de programas y medidas con leves efectos redistributivos, el gobierno ha topado ya con las supercherías del vetusto canon, que advierten sobre los supuestos efectos negativos del salario mínimo sobre el empleo o la futilidad de las decisiones en materia de asistencia social y protección de los vulnerables.

El debate apenas se asoma, pero hay que insistir: la piedra de toque está en el Estado y en el corazón de la economía política del conjunto nacional, es decir, en el empleo, la acumulación y la redistribución. En los derechos, las finanzas públicas y la elaboración y aplicación de la política económica y social del Estado, radica siempre el secreto de un buen gobierno y una mejor sociedad.

Próspera y justa, sin miedo ni servidumbre al mercado y con un gobierno comprometido con la expansión económica y la creación ininterrumpida de oportunidades y nuevas fuerzas productivas.

Tenemos el derecho a suponer que todavía hay tiempo. Y que podemos hasta inventarlo.