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Caminata migrante
Deciden regresar al saber cuánto falta para llegar a Estados Unidos

El viernes Carolina cruzó el Suchiate y a su hija le dio neumonía; si sigo, se me muere en el camino, dice

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▲ Este martes llegó al municipio de Huixtla, en Chiapas, la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos y se reunieron con integrantes de la caminata procedente de Honduras.Foto Víctor Camacho
Enviada
Periódico La Jornada
Miércoles 24 de octubre de 2018, p. 3

Huixtla, Chis., La mañana de este martes se presentaron en el ayuntamiento de Huixtla tres migrantes del éxodo y con timidez y el corazón partido le pidieron a Ángel Jiménez, secretario del municipio, que querían regresar a su país. Argumentaron que se habían dado cuenta del inmenso trayecto que les faltaba por recorrer y que, por favor, los ayudara.

Jiménez consultó con amigos de una red personas involucradas en la migración que le sugirieron contactar con la Organización Internacional de Migraciones (OIM), agencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Luego llegaron otros siete, 10, 16 más. Y cuando Ivonne Aguirre, representante de la OIM, llegó a Huixtla, ya era un grupo de casi 30 hondureños que habían tomado la decisión de dar la media vuelta y desandar el camino. Algunos con rabia, otros con las lágrimas contenidas. Y otros, como Carolina Aldámez, con paciente resignación. Es una mujer flaquita y pálida. Lleva en brazos a la pequeña Leidi Sarahí, de un año tres meses.

El viernes pasado, cuando la familia Aldámez pernoctaba en el parque central de Ciudad Hidalgo, después de cruzar en balsa el río Suchiate, Leidi empezó a asfixiarse. Una ambulancia la llevó a Tapachula, al nuevo hospital general. Llegó con 45 grados de fiebre. Le diagnosticaron neumonía. Al día siguiente la dieron de alta. Y ese mismo lunes hicieron el agotador recorrido de 40 kilómetros hasta esta población.

La niña sigue enferma. Por eso Catalina está segura de su decisión. Si sigo el camino se me muere, dice.

Ella salió de Ocotepeque, Honduras, con tres hermanas, un hermano y 12 sobrinos. Regresa sola, con sus dos niños y la incertidumbre de qué pasará con ellos cuando lleguen a su casa. Ella es madre soltera y la mayoría en su pueblo se ha desplazado por la violencia.

La OIM propone a los migrantes que quieren retornar, llevarlos a alguna parroquia donde puedan hospedarse con más comodidades que en el centro de esta población, saturada de basura y donde los migrantes del éxodo apenas encuentran espacio para moverse o estar. Mientras tanto intentará organizar la logística del retorno, en principio a San Pedro Sula.

Es una opción que les permite al menos no pasar por el filtro del Instituto Nacional de Migración, que a los integrantes de la caravana les despierta la más profunda desconfianza.

En lo que se hacen las listas entra al patio del ayuntamiento un hombre de civil acompañado de un empleado municipal.

–Licenciada, aquí mi cabo es del ejército, de la 36 Zona Militar, y quiere pedirle algunos datos.

La funcionaria declina hablar con el enviado castrense y promete a los migrantes que su información será tratada con toda la reserva debida. El militar se retira.

La gente que la rodea le agradece: Gracias, mamita, a esos les tenemos mucho miedo, dice una mujer que se identifica como Gloria.

Una chica rompe en llanto. Es que me da miedo regresar a mi pueblo, ¿qué tal si nos asesinan? Pero ya no puedo seguir el camino. Ya no puedo más.

Gloria da sus razones de regresar: “Dijeron que nos vamos a tener que subir al tren y yo a ése sí le tengo mucho miedo, de que mi hijo se vaya a caer. Al final de cuentas –señala– Honduras es nuestra tierra y la tenemos que aguantar”.