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El biólogo Greco Hernández se suma a los cronistas del 68

El autor de La noche interminable: Tlatelolco relata odisea familiar tras la matanza del 2 de octubre

Elena Poniatowska
 
Periódico La Jornada
Sábado 15 de septiembre de 2018, p. 2

Nada tan impresionante como leer en La noche interminable, libro del biólogo Greco Hernández, que en la mañana del 3 de octubre de 1968, después de la matanza de Tlatelolco, la madre del autor, Consuelo Ramírez, recorrió delegaciones, hospitales, morgues y ‘‘volteaba cadáveres, decenas de cadáveres y al ir viendo los cuerpos iba diciendo: ‘No es, no es, no es, no es’”.

Levantaba la cabeza bocabajo de algún muchacho tomándolo por los cabellos y la dejaba caer porque no era. Día y noche buscó a su hijo, regresaba a ver a sus vástagos más pequeños y volvía a salir en esta búsqueda atroz hasta que pudo enterarse por un amigo militar que ya no buscara entre tantos cuerpos amontonados, que su hijo estaba en Santa Martha Acatitla. Sólo entonces y ya quebrada, Consuelo Ramírez pudo llorar.

Muchos quedaron en el anonimato

¿Quién es Greco Hernández, nuevo cronista de la masacre del 2 de octubre? El movimiento estudiantil de 1968 tuvo numerosos protagonistas y muchos quedaron en el anonimato. Recordamos figuras como la de Raúl Álvarez Garín, el gran líder indiscutible del 68; al entrañable Salvador Martínez della Rocca El Pino; a Félix Hernández Gamundi, el más claro y coherente; al guapo norteño Gilberto Guevara Niebla, de quien era muy fácil enamorarse; a Roberta Avendaño La Tita; Ignacia ‘‘la Nacha’’, que por cierto no ha concedido ninguna entrevista; a Eduardo Valle El Búho, a quien todos identificaban por sus anteojos y por el inesperado giro que dio su vida; a Luis González de Alba, científico y escritor; a Pablo Gómez, dedicado a la política, y a tantos más cuyos nombres y apodos pasaron a la historia gracias a su heroísmo, las fotografías que les tomaron, los artículos y libros que, en su momento, publicaron Carlos Monsiváis, Julio Scherer García y otros que dedicaron cientos de páginas de análisis del movimiento estudiantil, como Sergio Zermeño, a quien respeto y admiro, también resulta inolvidable

Lo novedoso de Greco Hernández es que entre todos los célebres nunca figuró un muchacho proveniente del mercado de Tepito, ninguno totalmente proletario como este miembro de la familia Hernández Ramírez que decidió jugársela con los muchachos del 68.

Mi hermano Cutberto contaba pedacitos y callaba

¿Recordarán los estudiantes encarcelados a una familia Hernández Ramírez que los procuró y les llevó comida? En su espléndido libro La noche interminable, publicado por Siglo XXI Editores, Greco no menciona a los líderes del movimiento conocidos y ante el cuestionamiento responde sin titubear.

–No hablo de ellos adrede. Quise escribir un testimonio en el que no figuran los ya reconocidos sino el lumpen al que pertenecí. Mi hermano Cutberto –protagonista del libro, porque pertenecía a la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) del Instituto Politécnico Nacional– fue encarcelado; nunca vio a los dirigentes ni mi madre se acercó a ellos, nadie nos conoce. Nunca cruzó palabra alguna con un líder como Raúl Álvarez Garín; mis padres tuvieron que ver con los chavitos, primero en huelga y luego encarcelados, a los que llevaban comida al Poli y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

‘‘Mi familia era activista de pueblo e iba con naranjas y tortas para regalarlas. Mis padres tenían un puesto de ropa usada y de fierros viejos en el mercado de Tepito que tiene tres grandes mercados: el de la comida, el de materiales eléctricos y zapatos y el de ropa usada y fierros viejos y, en época de Navidad, el de juguetes ‘‘que se venden a lo bestia”.

Cuberto, Sadoc y Greco (en ese tiempo muy pequeño) vendían ropa usada; se colgaban pantalones y sacos en el hombro y atajaban a media calle a un posible cliente: ‘‘¿Saco esport o traje negro, pantalón de casimir?” ‘‘Mira, te queda que ni pintado; pruébate este chaleco”. En Tepito había miles de chácharas y triques a la venta. También prostitutas en las calles Toltecas y Peñón con sus labios pintados y sus ‘‘miradas impasibles”. ‘‘Sus vidas –escribe Greco– eran la pedacería amontonada y revuelta de ellas mismas”.

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▲ En el patio de mi casa, en Tepito, encontramos casquillos de balas del tiroteo en la Plaza de las Tres Culturas, relata Greco Hernández Ramírez en entrevista con La Jornada.Foto cortesía de Elena Poniatowska

Sadoc, hermano de Cutberto, hijo de ‘‘una madre que sólo había hecho la primaria y de un hombre completamente analfabeto” perteneció a la generación del rock sicodélico del pop music team que grabó Society is a shit y una canción sobre la masacre del 2 de octubre, Tlatelolco, que el gobierno requisó.

Convivió con grupos como Tinta Blanca, La Revolución de Emiliano Zapata, Three Souls in my Mind, que tocaban en hoyos funky; grupos contracultura, como Peace and Love, El Ritual, Love Army, Bandido. Los efímeros hoyos Funky se conocían por la calle donde surgían, los chavos rentaban un lugar, duraban una noche de tocada y al día siguiente habían desaparecido.

‘‘Mi hermano Cutberto –prosigue Greco Hernández–, quien vivió la masacre del 2 de octubre, me contaba un pedacito y se callaba. Mi madre, a lo largo de la vida, tampoco habló, le parecía normal ayudar, nunca se sintió protagonista.”

Cutberto Hernández era del consejo de prensa y propaganda, del Consejo Nacional de Huelga (CNH) de la ESIME del Politécnico Nacional. Hacía caricaturas para el periódico mural y El Nieto del Ahuizote, nombre que también quiso usar Eduardo del Río Rius, pero le ganó el Poli. También imprimía en mimeógrafo los volantes del CNH. ‘‘El movimiento cambió nuestras vidas”, sostiene.

Tildados de comunistas por traer el cabello largo

–¿En Tepito causó efervescencia el movimiento estudiantil? –pregunto a Greco.

–Mis hermanos que fueron estudiantes entre los 18 y los 20 años me dicen que no. A ellos los tildaban de comunistas por traer el pelo largo; les gritaban ‘‘mariguanos”. En Tepito nadie participó, sólo mis padres y un amigo de Cutberto, también vendedor de cosas usadas.

A partir del 2 de octubre de 1968 –a pesar del silencio de la prensa– afloraron rumores de jóvenes, mujeres y padres de familia muertos en la Plaza de las Tres Culturas. En la página 70 de La noche interminable aparece una información inaceptable desde todos los puntos de vista que causa la mayor indignación. Describe los tiros en la plaza, el arribo de las ambulancias a las que el Ejército no dejaba entrar, el traslado a la cárcel en camionetas, la sangre que teñía el agua y los montones de ropa desgarrada, pisoteada, los silbatazos, las carreras para escapar bajo la balacera, las órdenes de los soldados y el estruendo de las ráfagas de ametralladora que hasta el día de hoy permanecen en la mente de Cutberto Hernández. Lo indignante es el maltrato absoluto a muchachos desarmados a quienes los soldados desnudaron a bayonetazos.

‘‘A los estudiantes los despojaron de su ropa, les quitaron cinturones y agujetas e hicieron una montaña de éstos. Los soldados los apresaron en calzones, muchos de ellos casi desnudos, empapados por la lluvia. Mi hermano relata que muchos de los asistentes ni eran estudiantes, eran pueblo. Había de todo, señoras, niños, jóvenes y personas mayores bajo las ráfagas que provenían de hombres de guante blanco apostados en los pisos altos. El Ejército entró por Santa María la Redonda, hoy eje Lázaro Cárdenas. Como macabra ironía, en el cine Tlatelolco se proyectaba La trampa en panavisión y a todo color.

‘‘Cuando comenzaron los disparos, una voz advirtió desde el tercer piso del Chihuahua: ‘no corran, son balas de salva, es una provocación’, pero en ese momento se desató una balacera salvaje.

‘‘Tlatelolco se convirtió en un infierno. Entraron batallones de soldados y del edificio Chihuahua para abajo sólo se oyeron tiros de bala que retumbaban en los muros, aparadores y puertas de elevador; una plomiza ensordecedora.

‘‘En el patio de mi casa en Tepito encontramos casquillos de bala de ese tiroteo. Mi madre nos escondió debajo de las camas. Durante muchos días nos ocultamos debajo de la cama.”