Opinión
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Frente de rechazo
E

l primer paso hacia la campaña electoral de 2018 ha sido la formación del Frente Ciudadano por México (FCM), en el que hasta ahora participan el Partido Acción Nacional, el Partido de la Revolución Democrática y Movimiento Ciudadano. Quizá se sumarán otras formaciones más como el Panal, que ya expresó su deseo de integrarse.

La base del acuerdo al que han llegado las dirigencias de estos tres partidos no son afinidades ideológicas, ni siquiera coincidencias mínimas en la comprensión de los problemas nacionales, que las hay muy pocas. A los miembros del FCM los ha reunido el rechazo al PRI y a Andrés Manuel López Obrador. Es un comienzo, pero nada más. Los tramos más difíciles de la estrategia elegida por estos partidos están en el futuro, cuando se discutan estrategias y programas precisos de gobierno. Aunque sospecho que eso tampoco lo quieren hacer.

Sin embargo, el triángulo de las Bermudas que tienen que sortear es la elección del candidato presidencial. Ahí ha perecido más de un proyecto frentista, porque si todos los participantes en esta fórmula están de acuerdo en lo que no les gusta del gobierno en funciones o del juego político, los desacuerdos se multiplican cuando discuten lo que les gusta. Algunos panistas piensan que Ricardo Anaya es el indicado, entre los perredistas habrá quien crea que es mejor una figura independiente como Emilio Álvarez Icaza, y la verdad quién sabe qué traiga en la cabeza Dante Delgado, pero existe la posibilidad de que no le guste ni Anaya ni Álvarez Icaza.

Formar un frente es una solución al sempiterno problema de oposiciones que de manera individual difícilmente vencen al PRI. Este partido siempre ha hecho todo lo posible por dividir a sus adversarios. Sabe bien, viejo lobo de mar, que si las fuerzas no priístas se suman, su derrota está casi asegurada. Doy sólo un ejemplo, en las elecciones presidenciales de 1952 en la capital de la República el candidato del PRI, Adolfo Ruiz Cortines, recibió 135 mil 626 votos; en cambio, las oposiciones representadas por tres candidatos, el general Miguel Henríquez Guzmán de la Federación de Partidos del Pueblo de México; Efraín González Luna del PAN, y Vicente Lombardo Toledano, del Partido Popular, sumaron una mayoría de 204 mil 290 sufragios. El Frente Democrático Nacional (FDN) que se formó en 1988 en apoyo de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas es el contraejemplo de esta experiencia, pues triunfó en todas las delegaciones del Distrito Federal salvo en tres: Benito Juárez, Cuauhtémoc y Miguel Hidalgo.

La victoria de 1988 bastaría para apoyar una estrategia frentista. Sin embargo, es preciso que sus promotores tengan presente la fragilidad de un acuerdo que se basa en una negativa. La figura de Cuauhtémoc Cárdenas evocaba no sólo un momento heroico, sino al menos una idea, la promesa de un gobierno favorable a los intereses populares; ése fue el motor de la unificación de la miscelánea de grupos de izquierda en torno al FDN. López Obrador mal que bien también nos dice algo de lo que piensa hacer al llegar al poder.

El talón de Aquiles de la propuesta de Anaya, Barrales y Delgado es la pregunta de ¿cómo van a elegir a un candidato representativo de las tres formaciones y aceptable para sus respectivas bases? Este asunto se complica más porque para llegar adonde están ahora el PAN y el PRD renunciaron –o perdieron–a una identidad que por sí sola evocaba un programa de gobierno, objetivos y medios para alcanzarlos.

Estos partidos que tuvieron una personalidad fuerte, hoy se mueven en una especie de plasma ideológico que tiende a borronear sus rasgos. Supongo que lo habían previsto. Aunque parece que ni Anaya ni Barrales saben para qué sirve un partido político, eso sugiere su oferta de que las propuestas del Frente serán de la gente . ¿Qué es eso? ¿Entonces los partidos ya ni siquiera hacen propuestas de gobierno? Si ellos no saben para qué sirven los partidos, quién es quién, y tampoco a quién representan, lo más probable es que efectivamente, se vayan de frente.