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Ver día anteriorLunes 11 de septiembre de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Recuperar la sed
L

a mitad de los mexicanos perdieron la sed. En su lugar, tienen la necesidad compulsiva de satisfacer su adicción a algún refresco de cola. No los calma un vaso de agua. Necesitan la mercancía.

Dar a nuestros deseos y necesidades la forma de un producto comercial, de una mercancía, es uno de los efectos más dañinos y profundos de la sociedad capitalista. La sed ilustra bien el desafío, porque incluso el agua se va volviendo mercancía y es motivo de despojo y violencia; forma ya parte de la lucha social devolverle su carácter sagrado y asegurar su acceso libre, al tiempo que reconstruimos la sed como deseo de agua.

No es accidente o descuido que México haya conquistado el primer lugar mundial en el consumo por persona de refrescos de cola. La cifra es espeluznante: 163 litros anuales por persona, medio litro diario, frente a un promedio mundial de 22 litros. Como hay muchos que no los toman, la cifra implica que muchos adictos consumen más de un litro al día, lo que afecta por igual su salud y su economía.

Llegar ahí no fue un proceso natural: se trata de un resultado inducido que ilustra bien la medida en que el sistema político está al servicio del capital. No sólo tuvimos un presidente que había presidido la principal compañía productora de refrescos de cola. Además, las clases políticas no pudieron emplear los recursos legales para detenerla, a pesar de las presiones públicas. La corporación utiliza hoy el sistema legal mexicano de modelo para otros países: le permite seguir impulsando el consumo.

Este consumo se relaciona claramente con otros. El paladar de niños y niñas, desde que son bebés, está siendo educado para que prefieran lo dulce y queden atrapados en ciertos consumos. La consecuencia es clara. Se reconoce ya la diabetes como una epidemia. Y hay una previsión abominable: una de cada dos de los niños y niñas nacidos desde 2010 en México serán diabéticos… si las cosas siguen como van.

A final de cuentas, de eso se trata: de impedir que las cosas sigan como van. Y esto exige no sólo librarnos de apetitos, impulsos, actitudes y prácticas que han sido moldeados para beneficio del capital. Exige también transformaciones profundas en los empeños emancipadores.

El movimiento obrero luchó siempre por la jornada laboral, los salarios, las condiciones de trabajo y los empleos. Todo esto tuvo valor y sentido…pero atrapó la lucha en la lógica del capital y contribuyó a la expansión capitalista. El obvio debilitamiento del movimiento obrero se explica en parte porque ha mantenido esa inercia.

Tiene obvias ventajas que los trabajadores se hagan cargo de las empresas y se reapropien de los frutos de su trabajo, pero no es suficiente. Mientras sigan enchufados al mercado, para vender lo que produzcan y adquirir lo que les hace falta para vivir, seguirán atrapados en la lógica dominante. La lucha anticapitalista no puede reducirse a la cuestión de la propiedad de los medios de producción, aunque ésta siga siendo fundamental.

No basta, siquiera, distinguir en la mercancía el valor de uso del valor de cambio. Los usos de las mercancías corresponden a deseos y necesidades moldeados ya por el capital, según la lógica de la máxima ganancia. Lo que hace falta es organizar las actividades humanas prescindiendo por completo de la noción de valor y concibiendo los frutos del esfuerzo sin tomarlo en cuenta.

Se trata de reconquistar la creatividad humana y combatir todas las formas de la enajenación, la manera en que las actividades mismas y sus frutos se nos hacen extrañas, se nos enajenan…y comienzan a dominarnos.

Recuperar libertad y sentido no es un acto que pueda realizarse a escala global, nacional e incluso regional, entre otras cosas por el pluralismo de la realidad. Si bien el desmantelamiento del sistema capitalista tendrá que ser global, para liquidar su efecto perturbador y destructivo, ha de empezar en pequeña escala, en barrios o comunidades, bajo patrones culturalmente diferenciados. En esa escala puede abandonarse la lógica de la máxima ganancia para el capital como determinante de la actividad productiva y de los deseos y necesidades.

Nada de esto ha de verse hoy como un ejercicio teórico, una mera especulación, o como una sugerencia utópica. Alude a procesos en curso. Esto es lo que han empezado a hacer muchos grupos, tanto en el campo como en la ciudad, ante la ola destructiva del capital. Lo hacen a menudo por razones de estricta supervivencia. Retoman sus formas propias de comer, aprender, sanar, habitar, jugar, amar… Re-conocen sus propios deseos y necesidades, que habían extraviado en la forma de mercancías. Re-aprenden o inventan formas de intercambio en que ya no cuenta el valor, y en que el uso se acomoda a la forma de algún nosotros que no se había perdido o acaba de crearse. Recuperan la sed, especialmente la de justicia, destrozada por el mercado y el estado, que toma de nuevo la forma de tradiciones en que no es posible comprarla. Y sí, este párrafo puede parecer misterioso. ¿Cómo quitarle su misterio? (Por cierto, los pequeños productores, muchos de los cuales están ya en ese camino, producen actualmente 40 por ciento de los alimentos del país… Y todo está presente en Juchitán).