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La fiesta de las ilusiones
E

stamos hechos de tal manera que cada una de nuestras conductas causa su propia contradicción. Un alegre día de fiesta puede asimismo convertirse en un triste momento que es penoso vivir. La última manifestación de este fenómeno fue ilustrada perfectamente durante las fiestas de fin de año: Navidad y Año Nuevo.

Mientras algunas personas se regocijaban de poder celebrar espléndidas cenas de medianoche en familia o en compañía de amigos, otras se lamentaban de tener que afrontar lo que veían más bien con la mirada ansiosa de quien es condenado a una ejecución que teme. Pero, los más sorprendentes son quienes toman simultáneamente las dos actitudes: se regocijan por la mañana, se lamentan por la noche, y no logran salir de la contradicción donde se sienten encerrados entre el Infierno y el Paraíso. Ciertos individuos pueden incluso pasar en la misma hora de la risa a las lágrimas. No hay nada nuevo qué observar, así es desde que la especie humana se agita en sus contradicciones.

Así, para algunos, sortear las festividades navideñas y de fin de año es una epopeya que es preferible evitar, pues no es fácil ganarla. ¿Cómo escapar a la invitación de la suegra, a la cena de la abuela, al cóctel de la empresa donde se labora o a la posada de los vecinos?

Quedarse tranquilamente en casa, con un buen libro o frente a la pantalla de televisión, es también un riesgo grave. La lectura no impedirá los sentimientos de culpa, por no ir a devorar el pavo de la tía o a saciarse con los manjares de la nueva cocina que ha decidido practicar la cuñada. Tampoco borrará la sensación de ostracismo, causada por un mal carácter digno del personaje Alceste, de Molière. La televisión, a su vez, sólo acentuará la impresión de aislamiento con sus imágenes de las celebraciones de medianoche, para recibir al nuevo año, en cada capital del mundo de un lado a otro del planeta, del oriente hacia el poniente, con los mismos espectaculares fuegos pirotécnicos y figuras dibujadas con rayos láser. Sin contar un peligro aún más grave: los presentadores de los noticieros que informan, casi con el mismo tono de voz, simulando entusiasmo o alarma, de los regocijos de fin de año y de las catástrofes naturales, los atentados terroristas, las guerras, los accidentes de autos y los asesinatos en familia.

Muchas otras personas se preparan con entusiasmo para las fiestas, decididos a celebrarlas hasta el agotamiento físico y, a veces, también financiero y moral. Las desveladas se acumulan y el estómago se recarga de abundantes manjares de difícil digestión.

Los regalos que deben ofrecerse, para lo cual es necesario primero comprarlos, se multiplican, pues no debe olvidarse a nadie: hijos, padres, tíos, sobrinos, ahijados, compadres, abuelos, vecinos, el cartero, el de la basura, los amigos más o menos íntimos, las relaciones que deben conservarse. Pero el entusiasmo es parte de la fiesta: las ilusiones lanzan su espejismo muy alto y se olvida la sabiduría popular que nos advierte de su peligro, pues entre más altas son las ilusiones, de más alto se cae.

Fechas peligrosas que deben al mismo tiempo enfrentarse y gozarse. Las trampas son variadas, repetitivas o novedosas. La escena conyugal, la tía que se pone a recordar los queridos difuntos, la discusión política, el niño que rompe sin querer su nuevo juguete, el chiquillo que hace una rabieta porque Santaclós no le trajo el que deseaba, el pavo quemado, el visitante engorroso.

No importa. Como los años anteriores y los próximos, es preferible aceptar las reglas del juego y festejar la Navidad y la llegada del nuevo año con optimismo. Después de todo, siempre es conmovedor el final de un ciclo y el prometedor inicio de otro. Tal es, acaso, ésa la magia de estos ritos anuales que se abren, no como una caja de Pandora, sino como la botella de champán que se destapa y de donde, junto con la espuma de burbujas, brota el genio capaz de cumplir los deseos más extravagantes, los más simples.