Opinión
Ver día anteriorDomingo 10 de julio de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El contaminado tema de la polución
E

ntre los temas que son motivo de inquietud, polémica y discusión en la Ciudad de México, difícilmente haya uno que supere, en recurrencia, al de la contaminación ambiental. Aun cuando ocasionalmente diferentes acontecimientos políticos, económicos, electorales o sociales ocupen la atención de los medios, el problema de la calidad del aire en el valle –en especial en la capital del país– permanece latente: cuando la naturaleza ayuda lo disipan temporalmente las lluvias y los vientos; cuando no lo hace, vuelve a convertirse en objeto de atención (y preocupación) pública. Es comprensible que así sea, en la medida en que los indicadores de calidad del aire en esa área del territorio nacional superan por mucho los niveles considerados a escala mundial como perjudiciales para la salud humana. Sin embargo, no hace falta echar mano de estadísticas o investigaciones para advertir la gravedad de la cuestión: basta con respirar el empobrecido aire de la ahora llamada megalópolis (y sus habitantes, pobres y ricos, tienen que hacerlo a diario) para interesarse inmediatamente por la contaminación, su origen, sus posibles secuelas y las medidas que se toman para combatirla.

No está de más recordar que el índice utilizado para medir la intensidad de la contaminación en la ciudad está dividido en cinco categorías que van de buena a extremadamente mala, y considera igual número de contaminantes criterios (así se denominan aquellos que son nocivos para la salud humana): dióxido de azufre, monóxido de carbono, dióxido de nitrógeno, ozono y partículas suspendidas. El dato no resulta superfluo, porque a partir de él sería posible identificar con precisión cuáles son las principales fuentes contaminantes de la que en épocas pasadas era literariamente considerada la más transparente de las regiones. Porque sucede que, a pesar de que el problema tiene larga data, no parece haber coincidencia en torno a dichas fuentes: todo el mundo asevera que los automotores contribuyen a degradar el ambiente con sus gases de combustión, y eso es verdad; pero, por ejemplo, el bióxido de nitrógeno procede de las plantas industriales y comerciales que queman distintos combustibles, y las partículas suspendidas se generan por reacciones de óxidos de azufre, nitrógeno y otras sustancias emanadas de procesos que tienen el mismo origen. El resultado de esto es que las disposiciones adoptadas para abatir los índices de contaminación se centran en el gigantesco parque vehicular de la ciudad, y las diversas fases de contingencia ambiental que a menudo se declaran sólo reducen el número de vehículos en circulación, con lo que pareciera que en opinión de las autoridades la industria no contamina. No hay, sin embargo, un estudio profundo, concienzudo, documentado, que determine cuál es la incidencia real de cada uno de los sectores que colaboran para que el aire capitalino se vuelva poco menos que irrespirable.

Para colmo de males, una problemática que debería ser abordada con la solvencia que requiere cualquier fenómeno que atente contra la salud de la población (y eso es precisamente la contaminación del medio ambiente) parece adquirir la forma de una sorda pugna de índole política. Eso es lo que se infiere, en efecto, del intercambio de opiniones entre la jefatura de Gobierno de la capital y la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente en torno a los centros de verificación vehicular y su ­funcionamiento.

Es, por decirlo de algún modo, contaminar el tema de la contaminación. Y una amenaza a la salud de la ciudadanía es lo suficientemente grave como para demandar que se hagan a un lado las consideraciones políticas, se elabore un diagnóstico serio sobre todas las fuentes contaminantes y se tomen medidas efectivas para que el aire de la Ciudad de México recupere al menos algo de su pureza.