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Los crímenes de guerra los inventamos nosotros
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uisiéramos que fuera de otro modo, pero la verdad es que nosotros mismos somos nuestra principal amenaza, y nosotros mismos –de una u otra forma– somos los principales responsables de muchos de los desastres y atrocidades que presenciamos.

Ya lo dijo Walt Kelly, el historietista y periodista estadunidense, por la boca de Pogo, el personaje principal de su clásica tira de prensa: Hemos encontrado al enemigo y somos nosotros (The Pogo papers, junio 1953).

De allí nuestro afán de que haya algunos ellos, los exclusivos generadores y artífices del mal, los villanos a quienes se puede echar la culpa. Por definición, los bárbaros siempre son los otros.

Desde hace unos años, el principal personaje negro es indiscutiblemente el Estado Islámico (EI), uno de esos entes que si no existiera alguien tendría que inventarlo. De hecho, tal vez fue justo lo que ocurrió. Hoy su estrella parece apagarse.

Las fuerzas estatales iraquíes retoman Faluya, uno de sus principales bastiones ( The Independent, 26/6/16); los conflictos en Europa llegan a un punto en que el miedo al EI ya no es un efectivo instrumento disciplinario de las poblaciones.

Pero siguiendo los reportes de la prensa mainstream uno se puede quedar con una impresión de que el EI solito inventó los crímenes de guerra, que todo esto viene del islam y que es lo más horrible de la historia. Desde luego, sus milicianos hacen lo suyo para legitimar esta narrativa.

Las ejecuciones masivas de soldados y civiles, las famosas decapitaciones, las quemas en vivo, secuestros y destrucciones de pueblos enteros en Irak o Siria –una pornografía de violencia convertida en arma de destrucción masiva pensada para ir live y ser colgada en YouTube– son hechas en nombre del califato islámico (Sami Moubayed analiza estos actos con detalles proporcionando el necesario contexto: Under a black flag, 2015, 256 pp.).

Pero estos crímenes, igual que los de la guerra civil en Siria a manos de los agentes de Assad o de la oposición, cuyos comandantes se filmaban sacando los corazones a los soldados assadistas, tienen todo que ver con el poder y nada con la religión (o en el mejor de los casos, escribe Moubayed, con su mala y perversa interpretación); y si bien alcanzan los más altos niveles del sadismo humano, seguramente no los sobrepasan ni constituyen ninguna novedad.

Casi cualquier episodio de la Segunda Guerra Mundial los puede hacer ver como una obra de novatos.

Curzio Malaparte (1898-1957), el corresponsal de guerra italiano en el frente oriental y en los Balcanes, un enfant terrible de la literatura y la política, tenía un gran don de captar cierto tipo de imágenes y se deleitaba poniéndolas en el papel.

En Kaputt (1944) menciona un encuentro con Ante Pavelic, el jefe del Estado fascista croata, títere del Tercer Reich. En su mesa había un cesto con algo que parecía ostras o mejillones. Cuando Malaparte le preguntó si eran las famosas ostras dálmatas, Pavelic retiró bien la tapa diciéndole con sonrisa y orgullo:

Es un regalo de mis leales ustachas. Veinte kilos de ojos humanos (p. 278).

Los ustachas, que luchaban por la Gran Croacia y la gloria de la fe católica, acostumbraban cortar la cabeza a sus víctimas con una sierra de mano; en el campo de Jasenovac, donde de manera artesanal exterminaban a serbios, judíos y gitanos, inventaron un cuchillo especial –medio guante, medio brazalete– para que el trabajo fuera más rápido.

A su vez, los ultranacionalistas serbios –los chetniks–, que luchaban por la Gran Serbia y la gloria de la fe ortodoxa, acostumbraban sacar los corazones a sus víctimas, sean los croatas o los partisanos comunistas.

Los musulmanes bosnios reclutados por los nazis –con la ayuda del Gran Muftí de Jerusalén– para la 13 División de la SS Handschar, parecían más benignos: masacraban un poco menos y luchaban no por la religión, sino por sus casas; curiosamente fueron una de las pocas unidades de la SS no involucradas en el exterminio judío.

Hasta aquí el cuento de que todo esto viene del islam.

Aparte del amarillismo y la falta de una perspectiva histórica, Robert Fisk señala otro problema en reportar sobre los crímenes de guerra: lo difícil –y necesario– que es separar la verdad de la mentira.

Repasa la historia desde el clásico crimen apócrifo de las monjas belgas clavadas a las puertas por las tropas prusianas, pasando por los crímenes silenciados y manipulados, como el genocidio armenio, la masacre de los oficiales polacos en el bosque de Katyn a manos de Stalin, los reportes iniciales sobre el Holocausto, hasta el invento israelí de una clínica palestina en Líbano que mataba civiles para dar su sangre a los milicianos, que servía para tapar la masacre real de los palestinos en los campos de Sabra y Chatila.

Y subraya: Cada atrocidad falsa sangra en el cuerpo de otro crimen real, contaminando la verdad por décadas por venir.

Este puede ser el caso de la noticia de la agencia kurda sobre 19 muchachas yazidíes quemadas por el EI, no publicitada por él ni confirmada por otras fuentes. Es probable. Pero si resultase inventada solo con el propósito de ir desprestigiando al EI, será echar agua al molino de los negacionistas de sus crímenes (CounterPunch, 10/6/16).

La fijación en los crímenes del EI es también una manera de pasar por alto los nuestros: los bombardeos de Afganistán, Irak, Libia y Siria, o los asesinatos por drones que no nos parecen bárbaros porque están hechos desde las alturas y a control remoto.

Pero a la vez, debemos evitar ver a los milicianos del EI como simples víctimas de nosotros –de Occidente– y con eso explicar su conducta; somos responsables por desintegrar Medio Oriente, pero ellos también –junto con sus infames verdugos, de los que varios, como Yihadi John, resultaron ser de origen europeo– son agentes autónomos, conscientes y responsables de sus hechos.

Alain Badiou tiene unas interesantes reflexiones sobre la subjetividad nihilista y reactiva –frente a la modernidad– de los jóvenes yihadistas que se involucran en los atentados y en otros crímenes abominables (Urbanomic, 11/12/15).

En este sentido, son autodestructivos y constituyen la principal amenaza para ellos mismos. Como todos nosotros.

*Periodista polaco

Twitter: @periodistapl