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Nosotros ya no somos los mismos

Confusión y enmienda sobre prolífico autor

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“Propongo el derecho de la ciudadanía a opinar no sólo sobre su Constitución, sin la presencia de ‘Oidores de la Audiencia’, sino simplemente sobre su nombre, lema, logo, gentilicio. ¿CDMX? ¿Así lo decidieron ustedes? ¡Quién soy yo para criticar cuatro sonoras e impronunciables consonantes!Foto Carlos Ramos Mamahua
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e entrada, primero entono un doble mea culpa; expreso luego, aunque con retraso, unos obligados agradecimientos y, finalmente, contesto una pregunta.

El lunes 16 de mayo, al hacer referencia a ese prolífico autor de libros de texto (de los más variados saberes) G.M. Bruño incluí dentro de la vasta relación de su obra un catecismo de la doctrina cristiana que, extrañamente, no era de su autoría. La cortedad de vista que una de mis abuelas reciclables me pronosticó, como justo castigo a mi obsesión por fisgonear, en la oscuridad de mi recámara de puberto, las típicas revis-tas de peluquería de la época, se ha cumplido ( Vea, JaJa, Confeti. Luego vendrían Bellezas de Cinelandia y otras más, cuyo nombre ahorita no recuerdo y no puedo citar porque no hay quien me ayude a levantarmi colchón). Pues el caso es que confundí el catecismo citado con otro pilar de mi férrea estructura moral: el catecismo del padre Jerónimo Martínez de Ripalda, un jesuita vasco educado en Salamanca. De su cartilla se hicieron traducciones a muchas lenguas indígenas y no es exagerado afirmar que en ella se educaron la mayoría de españoles e hispanoamericanos, no sólo durante la Colonia, sino hasta los días recientes. Lo cierto es que aunque existe el catecismo mencionado, el que tengo enfrente es el otro. Disculpas a ustedes, a Bruño y a Ripalda.

Y ya que hago esta aclaración aprovecho para cumplir lo ofrecido a los sobrevivientes de mis compañeritos lasallistas, en general a todos los egresados lasallistas, aunque no hayan sido mis compañeros. Resulta que el prolífico autor de nuestros variados libros de texto, enlos que estudiamos las más variadas disciplinas, G.M. Bruño, no existió. Lamento ser tan anticlimático en la develación de un misterio que se ha mantenido durante cien años, si no en la más absoluta secrecía sí en un ámbito de confidencialidad tan cuidado que estoy convencido que del millón de pupilos lasallistas que existen actualmente, la mayoría ignora mi osada afirmación anterior. Consultados algunos sobrevivientes que habitan en Saltillo, Torreón y Monterrey, no tenían idea del asunto y hasta hubo quien me contesto: Ortiz, ya no hallas ni que inventarle a nuestros venerables maestros.

Pero resulta que en 1834, año del Señor, comenzó a existir Gabriel Marie Brunhes, quien con el paso del tiempo se convertiría en el decimocuarto (1897/1913) superior general de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Éstos, con una visión mercadotécnica muy anticipada para la época, decidieron castellanizar el nombre del superior de la orden y constituir una edito-rial que tendría como razón social el apelativo de G.M. Bruño. Era, ciertamente, una extraña editorial, pues contaba con un solo autor, pero, ¡qué autor! Se trataba de un enciclopedista en toda la línea. No había saberes que le resultaran ajenos, además de poseer la singular virtud de que a cada disciplina de la que se ocupaba le otorgaba tratamiento específico, que facilitaba la comprensión y el aprendizaje. En un santiamén (que ganas tenía de usar esta palabra), G.M. Bruño se convirtió en un célebre y reconocido autor y –ya lo dije anteriormente– en una poderosa trasnacional. El misterio –que en realidad era únicamente falta de información, pues los lasallistas nunca lo ocultaron– era una decisión interna de la orden, no muy de acuerdo con los derechos esenciales de cualquier creador literario pero, como diría el probo y casto hombre de virtud, Miguel Ángel Yunes Linares: lo consensuado mata edad, necesidad, inmadurez, ignorancia y, por supuesto, miedo, pánico y atentas sugerencias de futuro no grato (creo que a éstas se les dice: amenazas). Este voluntario acuerdo era muy simple: toda obra pedagógica que produjera cualquiera de los miembros de la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas se daría a conocer con la firma de G.M. Bruño. (El copy right entonces era como las regalías para Televisa en la actualidad: lo tomas, lo dejas o hazle como quieras). El primer caso se dio con uno de los sucesores del fundador, pero se generalizó con la obra de un ecuatoriano llamado Miguel Febres Cordero, quien pese a haber sido un autodidacta fue, a la vez, un excepcional pedagogo. Su vasta obra personal (la cual se dice no fue muy personal, pues leía libros de numerosos autores de diversos pueblos y mundos, y sus libros eran adaptaciones de obras que habían tenido mucho interés en otros países) está firmada igualmente con el seudónimo de G.M. Bruño, con lo cual tanto el nombre del autor como el de la empresa se cotizaron por los cielos, lo que es totalmente explicable, puesto que tanto Juan Bautista de La Salle como Febres Cordero ya habían asegurado su inamovilidad en la primera división de la jerarquía celestial: ambos estaban ya canonizados y, según normas de la de los Fratres scholarum christianorum son considerados venerables todos los Hermanos Superiores ya fallecidos, más todos los que siendo beatos o aquellos a quienes se ha iniciado ya, oficialmente, su proceso de beatificación. O como se diría hoy día, su ascenso a la santidad será vía fast track. Como sencillo dato que avale mis opiniones sobre el autor preferido de mi adolescencia les cuento que si bien el G.M. Bruño original murió en París en 1916, el próspero negocio del mismo nombre cobró nueva vida en 2000, cuando se fusionaron la trasnacional Hermanos Lasallistas con el Grupo Hachette, el más importante productor de libros escolares de Francia y otros países. Y terminemos todo lo relativo tanto a la hermandad lasallista como a su pedagogo ejemplar y a su noble actividad editorial. Si no corro el riesgo de provocar celos y resquemores en almas que no debieran jamás ser incitadas a cometer pecados capitales tan repugnantes como el tercero y el cuarto: la envidia y la ira. No quiero reclamos de Agustinos Descalzos, Cistercienses, Trapenses, Lateranenses (a menos que sean del viejo y entrañable rumbo de San Juan de Letrán), Mínimos recoletos, Regulares de San Agustín y los XL de Maristas o Salecianos. Podría aceptar un Capuchino con un Benedictino (es buen maridaje), sobre todo si esto se da con Bar-nabitas. Los Trinitarios me dan mala espina. Ésos le van a todas y no se definen por nadie: ¿Santo padre, hijo o espíritu santo en una sola boleta? Para qué arriesgar, ¡Vámonos a la segura con la Santísima Trinidad! Se parecen al partido político éste... éste, ¿cómo se llama el que le va a todas las ideologías y todos los colores? La orden de los llamados Padres de la Madre de Dios sí están bien picudos. ¿Quién se va a meter con los abuelos maternos del jefe máximo? Con los Dominicos y Jesuitas, la historia lo grita: ni Luzbel se atreve.

Agradecimientos pendientes: licenciada Fidelina Bautista y María Luisa Cancino, agradezco sus comentarios. Por favor mándenme su correo porque tengo algo para ustedes. Ángel Madrigal: primero contesto su pregunta: Ortiz no es mi nombre sino mi apellido. Yo como el virrey de Croix, me llamo Carlos Francisco. Nombre rimbombante originado por un disenso familiar que terminó en fatal concertación que me hizo víctima del horrendo apodo de Chacho, con el que aún me nombran algunos nonagenarios.

Según la orden del día de la semana pasada, hoy deberíamos referirnos a un sonado acontecimiento fechado el 21 de julio de 1981 y que causó tanta conmoción, como el temblor del 85 o la muerte de Pedro Infante, el 15 de abril de 1957. Ese día nació Towi, el primer panda en cautiverio. ¿Recuerdan quién, cómo y por qué ese bello animalito fue llamado así? ¿Quién era el fefe del Departamento del DF que, de acuerdo con su lúdica forma de gobernar convocó a todos los interesados en el asunto a proponer nombres para llamar al nuevo chilango? No estoy proponiendo un simple juego de trivia, sino presentando dos maneras diferentes de relacionarse con la comunidad que se gobierna. Y el derecho de ésta a opinar no sólo sobre su Constitución, sin la presencia de distinguidos Oidores de la Audiencia, sino simplemente sobre su nombre, lema, logo, gentilicio.

¿CDMX? ¿Así lo decidieron ustedes? ¡Quién soy yo para criticar cuatro sonoras e impronunciables consonantes!

Twitter: ortiztejeda