Opinión
Ver día anteriorDomingo 1º de junio de 2014Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
Mar de Historias

El último escalón

E

l niño vio la luz a las ocho de la mañana del primero de mayo. Su peso era bajo, su apetito nulo. A las cinco de la tarde el médico detectó nuevos síntomas que lo hicieron temer por la vida de la criatura. La madre primeriza aligeró su dolor recordando lo que le habían dicho en una clase de religión: Cuando están bautizados, los recién nacidos se van al cielo.

La abuela del bebé acudió a la iglesia de Santa Brígida en busca del sacerdote Radilla. Era muy buen orador pero algo sordo. A la hora de darle el sacramento al niño confundió el nombre elegido por sus padres, Raymundo, con el de Segismundo. La equivocación no era tan grave, dijo la abuela, sobre todo si tomaban en cuenta que el primero de mayo es el día de San Segismundo.

I

Ninguno de los miembros de la familia había llevado semejante nombre. Esa singularidad apartó a Segismundo de la cadena tejida por los Pedros, Gonzalos, Juanes, Diegos que abundaban entre los Olvera Crespo y sus ramificaciones. La distancia entre Segismundo y sus parientes no se acortó ni siquiera porque él aprendió a caminar y hablar –según lo documentaban fotos y conversaciones– a la misma edad en que lo habían hecho sus primos y consanguíneos aún más remotos.

Apenas cumplidos los seis años Segismundo empezó a observar conductas y actitudes que lo hacían parecer, más que lejano, raro en comparación a sus primos, vecinitos y condiscípulos. En la casa era silencioso y tranquilo. En el salón de clases se mostraba distraído. Por las tardes, al concluir su tarea, permanecía indiferente a los juegos electrónicos y al futbol callejero. Sus noches eran desveladas.

Esos comportamientos no inquietaban tanto a sus padres como el hecho de que a Segismundo le diera por inventar cosas y ver lo que no había: espuma de olas en el salitre, redes de pescadores en las telarañas, danzantes en las flamas, copos de nieve en las plumas que los pájaros dejaban caer sobre el pretil de su ventana. Raro. Muy raro.

II

Aconsejada por una vecina especialista en conducta infantil al cabo de once partos, la madre de Segismundo dedicó sus momentos libres a escribir en un cuaderno todas las ocurrencias de su hijo silencioso, tranquilo, distraído, indiferente, insomne. Levantar ese inventario le significaba una carga de trabajo adicional pero consintió en hacerlo porque de ese modo su vecina-orientadora sabría qué imaginaciones ocupaban la mente de Segismundo y cuál podía encender luces de alarma. En tal caso, iba a ser necesaria la intervención de un sicólogo. La madre de Segismundo estaba dispuesta a todo con tal de ver a su hijo convertido en un niño normal, pero no disponía de dinero suficiente para consultar ese tipo de profesionistas ni el tiempo para acudir a las terapias.

Además, pensándolo bien, era responsabilidad suya y de su esposo contribuir al mejoramiento de Segismundo. Supuso que lo conseguiría, para empezar, cambiando de táctica. En vez de reprocharle al niño sus ocurrencias hablaría con él en términos muy claros, hasta hacerlo comprender que las cosas son lo que son ¡y ya! Además, ¿qué era eso de quedarse viendo el salitre y las telarañas en vez de divertirse en la computadora o salir a jugar futbol con sus vecinitos?

III

La madre de Segismundo respetó el plan que se había fijado para convertir a su hijo en un niño como los otros: pasó más tiempo con él, se mostró atenta, comprensiva; fingió celebrar sus imaginaciones. Cuando el niño dejó de mencionarlas ella se sintió dichosa y le dio gracias a Dios porque su hijo ya no veía olas en el salitre, redes en las telarañas, danzantes en las flamas, copos en las plumas de los pájaros.

Satisfecha de su logro, cautelosa y paciente esperó el momento adecuado para ir a la conquista de su segunda meta: interesar a su hijo en el deporte, sobre todo en el futbol. Estaba de moda y le permitiría socializar con otros niños. Con ese propósito le regaló a Segismundo un balón. Su padre hizo lo suyo: lo entrenó y lo estimuló para que golpeara el esférico con la fuerza que le imprimían los Pedros, Gonzalos, Juanes, Diegos de la familia –para no hablar de vecinitos destructores de vidrios y plantas.

Poco a poco, Segismundo se familiarizó con el balón. En sus ratos libres lo empujaba con la punta del pie sólo por el gusto de verlo estrellarse contra la pata de un mueble o rodar escaleras abajo. Persiguiéndolo descubrió, en el centro del último escalón, una fisura. Su madre lo descubrió observándolo y le preguntó qué tanto veía: El Canal de Panamá. Tal respuesta la desmoralizó: era la prueba de que su táctica no había sido tan acertada como suponía.

Por no inquietar a su marido, acudió a su vecina y le contó la nueva ocurrencia de Segismundo. Tal vez su maestro mencionó el Canal de Panamá, al niño se le quedó grabado ese nombre y luego se le ocurrió ponérselo a la grieta. El razonamiento tranquilizó a la madre de Segismundo y la hizo suponer que el niño al fin había puesto atención en la clase. Ese detalle era un avance, la evidencia de que su hijo estaba a punto de convertirse en un niño normal; sin embargo, no bajó la guardia. Siguió observando a Segismundo.

IV

Una tarde la madre de Segismundo lo encontró vertiendo chorritos de agua en la grieta del último escalón y le preguntó para qué hacía eso. Voy a ponerle más agua al Canal de Panamá porque si no, mi barco no podrá salir. La madre no comentó nada pero a la hora de la merienda hizo que el niño repitiera aquellas palabras frente a su padre. Él las celebró con risotadas tan contagiosas que la madre de Segismundo terminó riendo hasta las lágrimas, de modo que ninguno de los dos percibió la expresión con que Segismundo los veía, ni el movimiento ladronesco con que se adueñó de dos panes y mucho menos el tono con que les dijo: Es hora de que me vaya. Adiós.

Sus padres vieron con agrado el hecho de que su hijo se fuera tan temprano a la cama. Eso quería decir que Segismundo aceptaba una de las reglas que contribuyen a la buena salud de un niño: dormir lo suficiente para levantarse dispuesto a correr a la escuela, ponerle atención al maestro y regresar a la casa.

Nada de eso ocurrió. Por la mañana, cuando entró en la recámara de Segismundo para despertarlo, su madre no lo encontró en su cama, ni debajo. Tampoco en el clóset, ni tras los sillones de la sala, ni en el baño, ni en la azotea. Inquieta, llamó a su esposo. Juntos ampliaron la búsqueda hacia las calles, los edificios, los comercios; luego, con un retrato del niño, acudieron a hospitales, delegaciones, radiodifusoras, canales de televisión. Han corrido tres años y ¡nada!

V

Ante su esposo, la madre de Segismundo se muestra fuerte, esperanzada, optimista; en soledad, recuerda las ocurrencias de su hijo una y otra vez aunque hayan sido mentiras. Ella sabe que el salitre no es espuma de olas, que las telarañas no son redes de pescadores, que las plumas de los pájaros en nada se parecen a los copos; en cambio cada día está más segura de que la grieta en el último escalón es el Canal de Panamá. Malo. Muy malo.