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La nave del olvido
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Russell Crowe y Jennifer Connelly posan al lado del director Darren Aronofsky, en marzo pasado, durante el estreno de Noé, en Nueva YorkFoto Reuters
A

hora que se han vuelto a poner de moda las adaptaciones cinematográficas de cuentos de hadas y otros relatos fantásticos, no debe extrañar que la Biblia sea tomada también como fuente de inspiración pues, para los no creyentes, es una colección de mitos geniales. Y tal vez una de las más descabelladas en el Antiguo Testamento sea la historia de Noé, ahora llevada al cine por Darren Aronovsky, director megalómano que está a la par con su personaje. (La obsesión febril parece ser su tema predilecto.)

En una realidad que podría ser posapocalíptica en lugar de antediluviana, el protagonista epónimo desciende de la línea de Set, el hijo generalmente olvidado de Adán y Eva, cuya existencia contrasta con la violenta progenie de Caín. Noé (Russell Crowe, ya acostumbrado a estar de mal humor y gruñir órdenes) trata de mantener a su familia alejada de la maldad del ser humano. Un ecologista avant la lettre, el antipático personaje es vegetariano y su respeto por la naturaleza es total; eso se lo inculca a su abnegada esposa Naameh (Jennifer Connelly) y sus tres hijos Sem (Douglas Booth), Cam (Logan Lerman) y Jafet (Leo McHugh Carroll), así como a la adoptada Ila (Emma Watson).

En sus sueños, Noé alucina visiones de un diluvio que acabará con la vida sobre la Tierra, cosa que él interpreta como mensajes del Creador –Dios nunca es mencionado por su nombre– para que construya un arca, reúna a parejas de animales de todas las especies –idea peregrina, si las hay– y así salve lo único que valió la pena de su creación. Noé se muestra tan colérico e intolerante en su misantropía como Él, por lo cual se niega a transportar a otro humano fuera de su familia que pueda prolongar la existencia del homo sapiens, y así restaurar al Jardín del Edén a su pureza original.

Ya que la historia de Noé apenas ocupa un par de páginas del Antiguo Testamento, Aronofsky y su coguionista Ari Handel se han sentido en la libertad de rellenar el asunto con elementos inventados, como la presencia de unos Transformers de piedra que, se supone, son ángeles caídos condenados por el Creador a su estado pétreo por haber querido ayudar a los humanos. También se ha añadido una turba de malas personas, lideradas por Tubal-Caín (Ray Winstone), quien en el apellido lleva la fama, que lógicamente también querrán subirse al arca para salvar sus vidas, una vez iniciadas las lluvias torrenciales.

Ojalá la película fuera tan demencial como suena. En realidad, Noé es una película monótona, en la que domina el tono grisáceo de una nube tormentosa y los personajes discuten vestidos de lo que parecen ser remiendos de colchas sucias. Cuando parece que el realizador va a alcanzar el delirio –como en un recuento de la Creación en sus siete días oficiales– se confía en los relamidos efectos digitales de Industrial Light and Magic.

Poco hay de épico en este melodrama en sandalias. Incluso cuando el asunto parece cobrar interés, con un motín a bordo a cargo de los indignados Sem y Cam, bajo la influencia de Tubal-Caín, todo se resuelve en favor del orden patriarcal.

Los responsables de Noé han cometido el error de tomar literalmente una premisa de por sí absurda, con la solemnidad requerida por las circunstancias. Quizás Aronofsky ha deseado que el actual cambio climático brinde algo de vigencia a su relato, pero no ha encontrado el vehículo adecuado. A lo largo de su filmografía, el ambicioso cineasta siempre ha dado la impresión de querer abarcar más de lo que puede apretar. Esta vez el naufragio es total.

Noé

(Noah)

D: Darren Aronofsky/ G: Darren Aronofsky, Ari Handel, basado en personajes de la Biblia/ F. en C: Matthew Libatique/ M: Clint Mansell/ Ed: Andrew Weisblum/ Con: Russell Crowe, Jennifer Connelly, Ray Winstone, Emma Watson, Anthony Hopkins/ P: Protozoa Pictures, Disruption Entertainment. EU, 2014.

Twitter: @walyder