Opinión
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La mujer es la esclava de los esclavos
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ace 60 años se instituyó el derecho de las mujeres mexicanas al sufragio. En aquellos tiempos los señores congresistas temían que con el avance de la civilización las mujeres se interesaran por asuntos ajenos a su hogar, a su familia y que los abandonaran, por eso había que mantenerlas fuera del juego democrático.

Enriqueta Tuñón Pablos resume en interesante publicación los avatares para lograr el voto femenino (El derecho de las mujeres al sufragio en: Espinoza G. y Lau Jaiven A., Un Fantasma recorre el Siglo, UAM, 2011). Siendo Miguel Alemán presidente del país en1946 cumplió su promesa de campaña al enviar iniciativa para modificar el artículo 115 para que las mujeres pudieran votar y ser votadas en el ámbito municipal. El candidato destacaba la participación de las mujeres en los momentos de crisis como un mérito, aunque insistía en que ellas tienen características propiamente femeninas que no se perderían al otorgarles derechos cívicos, sino que, por el contrario, enaltecerían los ámbitos políticos. Les pedía una especie de garantía para asegurar la reproducción de la familia, que no dejaran de ser en el hogar la madre incomparable, la esposa abnegada y hacendosa, la hermana leal y la hija recatada. Otorgar su voto no pondría en riesgo su papel en el hogar, porque se entendía que administrar un municipio era como organizar una casa más grande. Pero la única razón contundente para negar los derechos cívicos a las mujeres era de tipo electoral, la duda sobre su comportamiento en las elecciones: los políticos no podían prever controlar y manipular con eficacia el accionar político femenil dado que se trataba de más de la mitad de la población, que carecía de preparación política y de la educación cívica necesarias.

Como primer orador, el diputado Aquiles Elorduy, del Partido Acción Nacional, se opuso de manera contundente: “El hogar mexicano es el hogar selecto, perfecto, donde la ternura llena la casa y los corazones de los habitantes gracias a la mujer mexicana que ha sido y sigue siendo todavía un modelo de abnegación, de moralidad, de mansedumbre, de resignación (…) Ciertas costumbres venidas de fuera están alejando a las madres mexicanas un tanto cuanto de sus hijos, de su casa, de su esposo. Las señoras muy modernas juegan más que los hombres y no sólo a la brisca o al tute, sino al póker, despilfarran, aun a espaldas de los señores maridos, buenas fortunas en el frontón (…) Fuman que da miedo (…) los jefes mexicanos de familia tenemos en el hogar un sitio en donde no tenemos defectos. Para la mujer mexicana, su marido, si es feo es guapo; si es ignorante es un sabio; porque quiere enaltecer, a los ojos de ella misma y de su familia, al jefe de la casa. Si vamos perdiendo los hombres –y aquí está la parte egoísta– las pocas fuentes de superioridad, por lo menos aparente que tenemos en el hogar, vamos a empezar a hacer cosas que no son dignas de nosotros. Ya no hay méritos mayores en el jefe de familia, como no sea que gane dinero para sostener la casa y, en muchas ocasiones, lo ganan ellas a la par que los hombres. De manera que, si en la política, que es casi lo único que nos queda, porque en la enseñanza también son hábiles y superiores; si vamos perdiendo la única cosa casi aparatosa, que es la política, las cuestiones externas de la casa para que nos admiren un poco; si vamos a ser iguales hasta en la calle, en las asambleas, en las Cámaras, en la Corte Suprema, en los tribunales, en los anfiteatros, etcétera, etcétera, pues, entonces que nos dejen a nosotros, que nos permitan bordar, coser, moler y demás (…)”.

La idea de la mujer moderna, autónoma y con preocupaciones e intereses propios aterró a los legisladores. Durante el sexenio alemanista se expresaron dos posiciones encontradas entre los grupos feministas: las que estaban agradecidas al presidente por haber reformado el artículo 115, mujeres cercanas a la esfera del poder, y por otro lado las antiguas dirigentes del Frente Único Pro Derechos de la Mujer, quienes con una posición más crítica seguían solicitando la reforma al 34 constitucional para obtener el derecho al voto federal. Las condiciones no estuvieron dadas sino hasta el año de 1952 en que las feministas comprometieron la igualdad de derechos políticos de las mujeres con Ruiz Cortines, entonces candidato a la presidencia. Para octubre de 1953, y pese a las trabas de los panistas, se publicó en el Diario Oficial el derecho de las mujeres a votar y ser votadas en cargos de elección popular.

¿Hasta dónde participamos las mujeres del actual juego democrático? Muy limitadamente. Según la Encuesta Nacional contra la Discriminación, levantada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM en 2011, 6.8 por ciento de las mujeres (3.4 millones), piden permiso para saber por quién deben votar y más de 15.3 por ciento (7 millones) avisan sobre su voto, al grado de cambiarlo si no es de la preferencia del esposo, padre o varón de la familia. De acuerdo con los resultados de los comicios de 2012 la mayoría de los jóvenes y de los electores con mayor nivel educativo votaron por Andrés Manuel López Obrador para presidente; en cambio, la mayoría de las mujeres con baja escolaridad, mayores de 30 años y habitantes del medio rural, lo hizo por Enrique Peña Nieto.

John Lennon afirmó con dureza: “La mujer es la esclava de los esclavos, y si no me cree, eche una mirada a la mujer con quien usted se encuentra. Si no quiere esclavizarse le decimos que no nos ama, si es real le decimos que se cree hombre, mientras la sobajamos la hacemos creer que está por encima de nosotros…¡La mujer es el negro del mundo, gritémoslo! Todos los días la insultan en la tv y luego nos preguntamos ¿por qué es insegura? Cuando es joven matamos su voluntad de ser libre, y mientras le pedimos que evite mostrarse muy inteligente la calificamos de estúpida”.

Twitter: @GabrielaRodr108