Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 30 de junio de 2013 Num: 956

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Tres cuentos

Dos miradas a
la obra de Rulfo

Juan Manuel Roca

Clic en los ojos
Febronio Zataráin

Vestigios y el
inicio del silencio

Juan Domingo Argüelles
entrevista con Javier Sicilia

¿Quién le teme a
Wilhelm Reich?

Gérard Guasch

Llamaradas: monólogos
de Franca Rame
y Dario Fo

Esther Andradi

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Columnas:
A Lápiz
Enrique López Aguilar
La Jornada Virtual
Naief Yehya
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Prosaismos
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Luis Tovar


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La tormenta de Snowden: filtraciones,
espionaje y paranoia (I DE II)

Un mundo felizmente vigilado

El mundo sería un lugar más seguro si pudiéramos saber qué piensan y qué hacen nuestros vecinos, amigos, enemigos y la gente con la que nos cruzamos en la calle. Si sólo pudiéramos conocer sus planes y complots. Pero dado que no contamos con videntes o precogs capaces de anticipar el comportamiento ilícito, como en Minority Report (2002), de Philip K. Dick, la opción restante es espiar a todos todo el tiempo en busca de actitudes sospechosas, patrones inusuales y relaciones inquietantes. ¿No vale la pena renunciar a la privacía a cambio de la seguridad?

Paranoias

La revelación de que la National Security Agency (NSA) y sus contratistas civiles en turno han estado monitoreando las comunicaciones telefónicas (nacionales e internacionales), así como el uso de internet de millones de cibernautas, no debería llegar como una gran sorpresa. Cualquiera sabe que con la misma facilidad con que nuestra información personal es vendida, intercambiada y explotada con fines comerciales, puede ser usada con fines políticos. Un estado paranoico necesita crearse la ilusión de verlo y escucharlo todo para sostener una fantasía de seguridad. Ahora bien, un estado que quiere aparentar ser paranoico debe crear la apariencia de una vigilancia indiscreta, omnipresente y amenazante, necesita intimidar con el espectro del acoso. Así, el dilema sería saber si el régimen Obama es paranoico o sólo quiere crear esa ilusión.

Control de daños

Hoy todo mundo conoce el nombre de Edward Snowden, el exasistente técnico de la CIA, ingeniero de sistemas de la NSA y analista de Booz Allen que no terminó la preparatoria y a los veintinueve años tenía un sueldo de 200 mil dólares al año, vivía en Hawaii y tenía una novia muy atractiva, sexy y aficionada a pole dancing. Snowden se volvió un héroe planetario por su elocuente y valeroso acto de filtrar a la prensa la información acerca del programa PRISM de espionaje masivo de la población (vigente desde 2007) así como otras iniciativas no menos escandalosas (desde intervenir las comunicaciones del expresidente ruso Dmitry Medvedev hasta espiar al gobierno chino). Primero el Congreso y después el propio Obama reconocieron la existencia de los programas de vigilancia y aseguraron que habían servido para impedir alrededor de cincuenta ataques terroristas en veinte países, algo que la canciller alemana Angela Merkel pareció confirmar al hablar de la célula Sauerland que supuestamente planeaba lanzar ataques terroristas contra estadunidenses en Alemania. Sin embargo, Merkel no se veía plenamente convencida de las bondades del programa y enfatizó la necesidad de equilibrio entre el respeto a la privacía y la seguridad. Los presuntos ataques “frustrados” incluyen el ataque en Mumbai, en 2008, que cobró 166 vidas y que de ningún modo fue frustrado, y un supuesto ataque a Wall Street en 2007 que nunca fue más que una conversación entre sospechosos (uno de ellos un informante del FBI) y la idea fue desechada.

Modestia

Si algo resulta fascinante es la noción de que estos sacrificados políticos y valerosos espías prefieren, como Superman, callarse respecto a sus temerarias intervenciones para proteger al mundo y no desean informar al público de su valentía, los riesgos corridos o su eficiencia, con tal de no preocupar a nadie. Este sacrificio y ejercicio de modestia contrasta con el tono estridente de intimidación y pánico que domina el Zeitgeist estadunidense desde el 11 de septiembre, en donde cualquier pretexto es útil para alarmar al público y hasta las más ridículas e inverosímiles conspiraciones chifladas son presentadas como asuntos de vida o muerte (¿cómo olvidar el cuento del taxista que quería prender fuego a las tuberías de combustible del aeropuerto Kennedy para hacerlo estallar?).

Olvido

El escándalo provocado por Snowden ha puesto a Obama y su gobierno en una situación incómoda, casi humillante, al obligar a la Casa Blanca a cambiar el discurso y situarlos en desventaja en las recientes reuniones con el primer ministro chino y con los líderes europeos. Asimismo, puso en evidencia que las empresas Microsoft, Yahoo, Google, Facebook y Apple han sido cómplices silenciosos de un aparato de vigilancia masivo. Snowden dijo que lo peor que podía ocurrir sería que, una vez que pase el escándalo, el asunto sea olvidado y nada cambie. A juzgar por el impacto que han tenido otras revelaciones recientes (como el hecho de que la guerra e invasión de Irak fueron lanzadas con base en propaganda y mentiras), podemos ser muy pesimistas y anticipar que nada sucederá.

(Continuará)