Cultura
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Rayuela
 
Periódico La Jornada
Sábado 8 de junio de 2013, p. 5

Impronta, parteaguas, icono, referente, piedra de toque, son expresiones que se pueden sumar a las miles que se han juntado en el avión (como se denomina en México) a ese navío imaginario, esa rayuela, ese juego que se baila de a saltitos sobre un solo pie, arrojando un tacón de zapato y luego alcanzarlo con un plié forzado, ese artefacto de la mente que nos fue incorporado a la educación sentimental hace medio siglo exactamente.

El mundo celebra los 50 años de la aparición de Rayuela, de Julio Cortázar. Alfaguara pone a circular una edición conmemorativa.

Recuerdan los editores en la contraportada que Rayuela cambió la historia de la literatura así como sacudió la vida de miles de jóvenes en todo el mundo.

Y es que en efecto, la vida es diferente después de leer Rayuela. Para los melómanos, por ejemplo, nos regaló muchos hallazgos, muchas joyas discográficas que corríamos a comprar, el libro bajo el sobaco, de inmediato.

Los jóvenes hoy día siguen ese impulso instantáneo, aunque hoy no salen corriendo a la tienda de discos: abren de inmediato SuTubo (YouTube) y conocen el jazz más exquisito, la música de Mozart más íntima, las piezas de cámara más suculentas.

También con Cortázar descubrimos a Mondrian, a Paul Klee y a muchos pintores y escritores y escultores y rincones de París y Buenos Aires que hoy forman parte del imaginario colectivo de la comunidad mundial de cronopios que nos distinguimos unos a los otros, sabemos quién es cronopio y quién no lo es, porque los cronopios llevamos una flamita flotando sobre la crisma, que solamente otro cronopio puede ver.

La frase inicial, ¿Encontraría a la Maga? Es desde entonces un abracadabra, un passapartout, el Fileas Fogg que todos llevamos dentro.

Releer Rayuela es una actividad común, una costumbre de cronopios, ante la mirada inquieta de los famas y los esperanzas.

Releamos Rayuela, en su medio siglo.

Con autorización de Alfaguara, ofrecemos a los lectores de La Jornada algunos fragmentos de la memoria: el apéndice que acompaña esta edición conmemorativa, donde Cortázar mismo cuenta la historia del libro que buscó el más allá de todas las fronteras.

Pablo Espinosa

Usted cree que yo puedo quizá llegar a ser un novelista. Me falta, como me dice, un peu de souffle pour aller jusqu’au bout. Pero aquí, Jean, intervienen otras razones, y éstas estrictamente intelectuales y estéticas. La verdad, la triste o hermosa verdad, es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género. Yo creo que la novela psicológica ha llegado a su término, y que si hemos de seguir escribiendo cosas que valgan la pena, hay que arrancar en otra dirección. El surrealismo marcó en su momento algunos caminos, pero se quedó en la fase pintoresca. Es cierto que no podemos ya prescindir de la psicología, de los personajes explorados minuciosamente; pero la técnica de los Michel Butor y las Nathalie Sarraute me aburren profundamente. Se quedan en la psicología exterior, aunque crean ir muy al fondo. El fondo de un hombre es el uso que haga de su libertad. Por ahí se va a la acción y a la visión, al héroe y al místico. No quiero decir que la novela deba proponerse esta clase de personajes, porque los únicos héroes y místicos interesantes son los vivientes, no los inventados por un novelista. Lo que creo es que la realidad cotidiana en que creemos vivir es apenas el borde de una fabulosa realidad reconquistable, y que la novela, como la poesía, el amor y la acción, deben proponerse penetrar en esa realidad. Ahora bien, y esto es lo importante: para quebrar esa cáscara de costumbres y vida cotidiana, los instrumentos literarios usuales ya no sirven. Piense en el lenguaje que tuvo que usar un Rimbaud para abrirse paso en su aventura espiritual. Piense en ciertos versos de Les Chimères de Nerval. Piense en algunos capítulos de Ulysses. ¿Cómo escribir una novela cuando primero habría que des-escribirse, des-aprenderse, partir à neuf, desde cero, en una condición pre-adamita, por decirlo así? Mi problema, hoy en día, es un problema de escritura, porque las herramientas con las que he escrito mis cuentos ya no me sirven para esto que quisiera hacer antes de morirme. Y por eso –es justo que usted lo sepa desde ahora–, muchos lectores que aprecian mis cuentos habrán de llevarse una amarga desilusión si alguna vez termino y publico esto en que estoy metido. Un cuento es una estructura, pero ahora tengo que desestructurarme para ver de alcanzar, no sé cómo, otra estructura más real y verdadera; un cuento es un sistema cerrado y perfecto, la serpiente mordiéndose la cola; y yo quiero acabar con los sistemas y las relojerías para ver de bajar al laboratorio central y participar, si tengo fuerzas, en la raíz que prescinde de órdenes y sistemas. En suma, Jean, que renunció a un mundo estético para tratar de entrar en un mundo poético. ¿Me hago ilusiones, terminaré escribiendo un libro o varios libros que serán siempre míos, es decir con mi tono, mi estilo, mis invenciones? A lo mejor sí. Pero habré jugado lealmente, y lo que salga será así porque no puedo hacer otra cosa. Si hoy siguiera escribiendo cuentos fantásticos me sentiría un perfecto estafador; modestia aparte, ya me resulta demasiado fácil, je tiens le système, como decía Rimbaud. Por eso El perseguidor es diferente, y usted habrá pensado en él al leer estas líneas tan confusas. Ahí ya andaba yo buscando la otra puerta. Pero todo es tan oscuro, y yo tan poco capaz de romper con tanto hábito, tanta comodidad mental y física, tanto mate a las cuatro y cine a las nueve... Para subir a la Santa María y poner proa al misterio hay que empezar por tirar la yerba a la basura. Y con este mal anacronismo cierro este capítulo que sin embargo estoy contento de haber escrito para usted, como una confidencia y un anuncio.

Foto
Julio Cortázar (1914-1984)Foto Archivo

De una carta a Jean

Barnabé, 27 de junio

de 1959

Casi he terminado Rayuela, la larga novela de la que te he hablado varias veces. Como es una especie de libro infinito (en el sentido de que uno puede seguir y seguir añadiendo partes nuevas hasta morir) pienso que es mejor separarme brutalmente de él. Lo leeré una vez y enviaré el condenado artefacto a mi editor. Si te interesa saber lo que pienso de este libro, te diré con mi habitual modestia que será una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana.

De una carta a Paul

Blackburn, 15 de

mayo de 1962

¿Querés una anécdota? Rayuela no se iba a llamar así. Se iba a llamar Mandala. Hasta casi terminado el libro, para mí se seguía llamando así. De golpe comprendí que no hay derecho a exigirle a los lectores que conozcan el esoterismo búdico o tibetano. Y a la vez me di cuenta de que Rayuela, título modesto y que cualquiera entiende en la Argentina, era lo mismo; porque una rayuela es un mandala de-sacralizado. No me arrepiento del cambio.

De una carta a Manuel

Antín, 19 de agosto de 1964