Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 17 de marzo de 2013 Num: 941

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

La entrevista perdida
con John Lennon
(y Yoko Ono)

Tariq Alí y Robin Blackburn

Emily Dickinson vista por Francisco Hernández
Marco Antonio Campos

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Columnas:
Bitácora bifronte
Ricardo Venegas
Monólogos compartidos
Francisco Torres Córdova
Mentiras Transparentes
Felipe Garrido
Al Vuelo
Rogelio Guedea
La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain
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Miguel Ángel Quemain
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Una dramaturgia para el teatro infantil

Bordar en el vacío, en la negatividad que produce la pérdida, es la tarea de Melquiades, un niño de seis años que no consigue una explicación a ese adiós sin despedida que representa la muerte de su padre y esa distancia que se crea en el corazón mismo del duelo familiar, donde cada quien elabora una versión de la ausencia que, en los inicios del penar, incomunica a esta pequeña familia integrada por una madre confundida y doliente y este niño que logra crear a un amigo con el material de su desdicha y su depresión.

Se trata de un vacío que materializa unos objetos que cobran la dimensión de lo animado, en un mundo que cada vez se vuelve más autosuficiente, que cada vez necesita menos de los demás. Es un paisaje construido con la minucia plástica de una compañía que ha crecido en el respeto absoluto a ese talismán que llamamos títere, eje de la historia que Osvaldo Valdovinos ha tomado del dramaturgo Javier Malpica para ofrecer unas hipótesis sobre el encuentro de dos dolientes que se reconcilian y crean, a partir de una ausencia que no cesará de estar presente.

Hay que hacer un reproche. La lectura del director ha hecho posible que unos objetos se animen en el cuarto estupendamente decorado de Malaquías. Uno de esos objetos es la lámpara de su buró que termina por ser la psicóloga, estereotipada y estúpida (La doctora Luz), que es una especie de torturadora que lee la mente. La oferta es muy pobre y esquemática. Sobre todo si la propia madre, en una voluntad reconciliatoria, reconoce que padecen el mismo dolor y necesitan un consuelo parecido, que ofrece la terapia.

Me parece que esa inconsistencia debe arreglarse si el propósito fundamental es ofrecer un espacio de pensamiento y no de prejuicio sobre las posibilidades de ayuda en una sociedad que puede encontrar una contención más permanente en un profesional de la mente que en un sacerdote, por ejemplo.

Trupus calacus

Trupus calacus condensa treinta y dos años de experiencia de La Troupe,  una de las compañías más sólidas de la escena mexicana. Más de treinta títeres, con un extraordinario trabajo escenográfico, además del actoral, conjuntan un estallido de luz y sorpresa, aunque el asombro dura poco. Por lo general, los niños “consumen” muy rápidamente los objetos de una primera fascinación y pierden el interés si se va convirtiendo en un pesado traste repetitivo y anodino.

El tránsito por el trabajo de títeres tienta a muchas compañías a indagar en las posibilidades del juguete teatral en gran escala, y no siempre se distingue entre las posibilidades escenográficas, la manipulación de los espacios (su desarrollo, su transformación en la escena misma) y la creación del gran guiñol.

Considero que mucho de esto le pasa a esta compañía de excelencia, que ha puesto en escena un breve episodio de la concepción maya del tiempo. Sus  niveles, su inframundo, están explorados con rigor en un recorrido que Occidente nos hizo legible a través del  mundo de Dante y sus círculos, que son una alegoría de los tránsitos del alma en un viaje que propone un permanente aprendizaje aun en esos orbes donde reescribir la vida ya no es posible.

El montaje se llama Trupus calacus y es un despliegue de experiencia, de gran manejo de los objetos, así como de un juego que logra convertir al actor en gran guiñol y no en un aparatoso disfraz donde se cuece un actor, condenado a un anonimato tan estéril como el que viven los empleados que se aventuran al interior de los monigotes que bailan frente a las farmacias del Dr. Simi.

Trupus calacus presume el rigor de una investigación que no altera la visión cosmogónica de los mayas. Sin embargo, no todo es la investigación; extraña que un despliegue escénico de tan alto profesionalismo tenga una historia y un desarrollo de personajes tan pobre.

Hay momentos en que el intercambio verbal entre personajes parece de carpa, pero sin la gracia sostenida de una cotidianidad cuyo comentario varía de función a función, pues tiene un cometido interpretativo, informativo y político semejante al del cartonista del diario. Cuando esto pasa, provoca la sensación de una falta de estructura, de un pensamiento dramatúrgico, que hace ver al montaje con escasa unidad dramática, a pesar de su deslumbrante belleza visual.

Si Trupus calacus contara con el trabajo de un dramaturgo, los personajes tendrían volumen y afecto, cercanía y empatía con un espectador que difícilmente puede sostenerse más de cincuenta minutos en el estallido de novedad que provocan objetos, luces, telas y escenarios.